La plaza de Bolívar de Bogotá concentra las principales sedes de las autoridades nacionales. Al sur se sitúa el Capitolio Nacional, sede del Congreso de la República. Al norte, el Palacio de Justicia, sede de las altas cortes. Al occidente, en el Palacio Liévano, la Alcaldía Mayor de Bogotá. Detrás del Capitolio está la Casa de Nariño, sede de la Presidencia de la República. A todas estas instituciones, me falta nombrar una, hoy las distingue un signo exterior común: están detrás de rejas y vallas metálicas. Como si le tuvieran miedo al pueblo, a la gente. A su alrededor circulan policías, agentes secretos perfectamente identificables, perros antipáticos, detectores de metales y seguramente de mentiras –que por lo visto no funcionan óptimamente- y solo falta que a todos estos edificios les caben un foso alrededor y lo llenen de cocodrilos o, eventualmente, de tigres para que nadie pase.
En contraste, al oriente de la plaza no hay rejas ni vallas. Lucen de cara al ágora y a las personas la catedral católica de Bogotá – en verdad el único templo con pinta de catedral en Bogotá-, la capilla del Sagrario y la Curia de la Arquidiócesis. Nada de rejas y más bien puertas siempre abiertas. Incluso, por las calles colindantes, la 10 y la 11, los andenes están tomados por vendedores ambulantes que ofrecen desde una pulsera hasta sustancias alucinógenas para ir al más allá con métodos diferentes al místico y espiritual. Variado paisaje. Pero están apoyados sobre los únicos edificios que no los sacan a golpes, los edificios de la Iglesia. Como está sucediendo también con el frente de la Universidad Javeriana, cada vez más rodeada de estos vendedores informales. Pero se les deja trabajar en paz.
Primera conclusión: todas las entidades del Estado, amuralladas, o mejor, enrejadas con hierro de varias pulgadas, especialmente la presidencia como si hubiera un tigre enjaulado, mientras la Iglesia se sitúa sin obstáculos para todo el que la busque. Los enrejados y los que no lo están: un contraste que me parece diciente y revelador. Daría la impresión que desde las entidades estatales se le tiene miedo a la gente o que algunas personas querrían atacar a estas entidades. El caso más llamativo es el de la Casa de Nariño, que no solo está de rejas hasta el último rincón, sino que se ha apropiado de la carrera séptima y parte de la octava, con toda desfachatez.
Esto llegó a su culmen en el gobierno anterior que, después afirmar que sus plazas y patios eran para el pueblo, después las blindó como si temiera al mismo pueblo. Vivir para ver. En cambio, la catedral, con su porte distinguido, la capilla del Sagrario y la Curia se sitúan con las puertas de par en par y las personas que circulan por la plaza mayor y quieren entrar a orar o a la santa misa lo pueden hacer con total tranquilidad y siempre son bien acogidos. Estar sin rejas tiene sus riesgos. A veces se han tomado la catedral, con frecuencia pintan frases dicientes e hirientes y hasta con mala ortografía –esto último debería incluirse dentro de los pecados capitales, pienso yo-, pero la relación entre el pueblo y la Iglesia no se interrumpe ni se rompe con rejas. De vez en cuando se pone una malla para que los tira tintas no dañen la piedra bogotana y punto.
En la imagen de la cual me valgo –con o sin rejas- siento que se reflejan dos modos de situarse hoy ante la gente, ante el pueblo. El Estado moderno, que habla mucho de democracia, en realidad ha tendido a tornarse autoritario. Pese a todos los discursos en favor del pueblo, parece quererlo muy lejos y desearlo como un sujeto callado y silencioso, cosa por lo demás imposible en esta era en que todo el mundo está entrenado para manifestarse, bloquear, sabotear, exigir, etc.
La Iglesia, en cambio, especialmente desde el papa Francisco, está haciendo un esfuerzo grande por situarse cada vez más de frente y al servicio de las personas. Iglesia en salida, para usar expresiones en boga. Iglesia de puertas abiertas, al menos en sus actitudes, porque es cierto que la inseguridad en Bogotá hace que muchos templos tengan que estar clausurados por precaución, incluso por seguridad de los sacerdotes y sus empleados.
Pensando más allá de los edificios del Estado y de la Iglesia, varias realidades parecen asomar con fuerza en estas presentaciones actuales. Una es el temor, el miedo que domina buena parte de la vida social y política de nuestra sociedad. Hay que atrincherarse material, espiritual, intelectualmente. Otra puede ser la obsesión con el poder y el domino, los cuales se quieren conservar a toda costa y defender con todas las herramientas –y armas- que estén disponibles, como la fuerza disponible de otras épocas. No menos evidente es el sentimiento de los enrejados de que pueden ser una élite especial y que no cualquiera puede acceder allí. En cambio, las puertas abiertas de la Iglesia dejan ver que su misión y razón de ser está en la gente misma y no en el encierro de la institución y sus pastores. Aún más: la razón está en el tipo de personas que suelen acercarse, las de a pie, las que confían en Dios y en la oración, las que quieren conversar y confesar, aquellas cuyos mundos interiores se gozan en empaparse así sea por un breve instante de la gracia divina, de la luz espiritual, de los rayos que emanan del Santísimo Sacramento.
Acaba de pasar la fiesta de san Francisco de Asís. Su famoso himno nos sirve para añadir: Señor, donde haya rejas, ponga yo puertas, donde haya exclusión, ponga yo acogida, donde haya miedo lleve yo confianza, donde haya hierro ponga yo el suave yugo del amor.
Por: Pbro. Rafael De Brigard. Vicario VET Padre Misericordioso-Arquidiócesis de Bogotá
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