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Con Dios en la boca

5 de octubre de 2026
Imagen:
Portuguesa Reporta

Al pie de las noticias aparecen los comentarios. En uno de ellos, referido a la reciente visita del Papa León XIV a Francia, decía la autora: es el único líder del mundo que actualmente habla de Dios. Es cierto. Y no solo porque eso es lo que se espera del pontífice, sino porque los hace con absoluta naturalidad y firmeza. La recepción que dio el pueblo francés y dentro del mismo los jóvenes, enfatiza una vez más que eso es lo que espera el mundo silenciado -el de las multitudes- de los pastores y sin duda de la Iglesia católica. Hablar de Dios, contar las cosas de Dios, proponer la Palabra de Dios, promover la justicia, la caridad y la paz en nombre de Dios. También celebrar los misterios de la fe, convocar a la oración, presidir la caridad y la misericordia.

La mayoría de los llamados líderes mundiales están totalmente en otros temas y acciones. Les fascina la guerra, les encantan las acciones destructivas, sueñan con expandir sus fronteras hasta el infinito, y se ilusionan con los monumentos que los lambones les levantarán en su honor. Odian a los pobres y a los extranjeros. Los arrojan al mar como si fueran basura. Y los que no están en este plan abominable no hablan sino de la economía, de las tasas de interés, del precio del petróleo, de entregarles el mundo a las grandes corporaciones a cambio de algunos favores ocultos o no tanto. Y casi todo el resto de los dirigentes del mundo, entre ellos los de América Latina, dan palos de ciego día y noche, pronuncian discursos insulsos, de sienten más poderosos que el mismo universo y sus fuerzas inconmensurables, pero no son sino reyezuelos que la historia apenas si registra en sus anales. Los actuales líderes mundiales, en su gran mayoría, no parecen confiables y tampoco parecen tener claro hacia dónde conducen a la humanidad entera. Son tiempos oscuros en este campo de la vida humana.

Pero volvamos al Papa León XIV y, para ser justos, a los papas. La historia de estos hombres al mando de la Iglesia, en las décadas recientes, es una verdadera historia de salvación. Podríamos quedarnos rememorando la acción silenciosa de Pio XII para salvar miles de ciudadanos judíos de la demencia nazi. Recordaríamos al papa bueno, Juan XXIII, con su evangélica actualización de la Iglesia, para seguir siendo significativa en el mundo moderno. O reabrir los documentos y alocuciones de Pablo VI advirtiendo de las consecuencias, hoy todas a la vista, del control natal y los efectos desorbitados de los anticonceptivos a la mano de todos y que al final del día nos han dejado con un desorden moral de proporciones catastróficas, además de un mundo sin niños y sin nuevas generaciones que lo nutran de nueva vitalidad. También vendría a la mente el potente pontificado de Juan Pablo II, vocero universal de Dios, cuyo evangelio llevó hasta las fronteras más recónditas del globo terráqueo. Y, después, el sapientísimo Benedicto XVI, custodio celosísimo del ser de Dios entre nosotros y poseedor de una inteligencia que, me parece, le quedó grande al mundo de aquel entonces. Y el papa Francisco, hombre disruptivo, como suele decirse hoy, que nos recordó de mil y una maneras que la esencia de Dios es la misericordia, pero también que no tenemos sino una casa, este planeta y que cuidarlo significará nuestra supervivencia o todo lo contrario si no se cambian los paradigmas de explotación de los recursos naturales. Y ahora León XIV, con un llamado que empieza a ser sinfónico y cuyo tema recurrente es el ser humano, el cuidado de lo humano, la identificación de lo que nos hace humanos y cómo todo en el mundo, especialmente las grandes instituciones, Iglesia católica incluida, deberían empeñarse sobre todo en el cuidado de esta pequeña pero admirable creatura -el ser humano-, obra suprema del amor y la sabiduría divinas.

Hace bien el Romano Pontífice en hacerse vocero de Dios. Para eso y sobre todo eso, fue escogido por inspiración del Espíritu Santo, por el colegio de cardenales. Pesada carga como ha sido la de todos los profetas, según constata el viejo testamento, pero también el nuevo al contarnos la vida y muerte de Jesús y después la gesta única e irrepetible de los apóstoles. El mundo sigue siendo duro de corazón, resistente al plan de salvación obrado por Dios y difícil de enrutar por los caminos de la conversión pues que se encuentra engolosinado con sus propios logros y se niega obstinadamente en reconocer peligros y limitaciones que pueden ser su propia condenación. No obstante, León XIV, haciendo honor a sus antecesores hasta el apóstol Pedro tiene un solo mensaje: la voluntad de Dios y la salvación del hombre y una mirada especial a los más pobres y vulnerables que ahora son multitudes y que por una día se asomaron a los Campos Elíseos en París para recordarle a los dirigentes que la inmensa mayoría de la humanidad abomina la guerra, detesta los desequilibrios económicos, rechaza la lluvia de mensajes nocivos que todos los días salen de las salas de redacción y de las redes sociales y se aferra con todas sus fuerzas a la esperanza que viene solo de Dios, aquel que es predicado por el Papa León y por la Iglesia católica y que no hay motivos para desesperar. 

En medio de todo, está claro, clarísimo, que la humanidad como conjunto de seres humanos, quiere a Dios en medio y lo experimenta y que se goza enormemente cuando el papa romano, cuando la Iglesia fundada por Jesucristo, se empeñan con todas sus fuerzas para llevar un mensaje de origen divino hasta los confines del orbe. Y es un mensaje que se vuelve encuentro de multitudes, vigilias de oración, eucaristía solemne, fraternidad universal. Mientras el papa y toda la Iglesia estén dedicados a esta bella y tenaz tarea, la presencia de Dios seguirá siendo imborrable e irremplazable en medio de estos millones de seres minúsculos, pero mirados con misericordia que son los seres humanos y que en Él lo pueden todo.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
Fuente:
Rafael De Brigard, Pbro. - Vicario VET Padre Misericordioso
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