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Recibir, agradecer, custodiar, mejorar y entregar

16 de octubre de 2026
Imagen:
de referencia.

A partir de la reflexión compartida por el cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, durante el Encuentro General del Presbiterio, el pasado 6 de octubre, quisiera extender al lector una breve reflexión sobre el ministerio parroquial:

Cuando un sacerdote llega a una parroquia no llega a comenzar una nueva historia, sino a insertarse en un proceso que tiempo atrás estaba en marcha. Recibe una comunidad para estar bajo su cuidado; debe administrar unos bienes, hacer frente a distintos desafíos, dificultades... También, cosechar los frutos del trabajo de todos aquellos que le antecedieron. Todo esto queda durante algún tiempo, por gracia de Dios, confiado en nuestras manos.

Ya san Pablo se preguntaba en su primera epístola a los Corintios 4,7 lo siguiente: «¿Qué tienes que no hayas recibido?». Esta pregunta que formula el Apóstol nos ayuda a ubicarnos. La parroquia no es nuestra, la comunidad tampoco, mucho menos los bienes materiales de la misma. Todo lo recibimos para ponerlo al servicio de la misión. Lo primero que Dios confía bajo nuestro cuidado es una herencia espiritual. Son todas aquellas personas, familias, grupos, catequistas, servidores y comunidades que han aprendido a encontrarse con el Señor en la parroquia. Son hombres y mujeres que debemos acompañar, alimentar con la Santa Eucaristía y con la Palabra de Dios, personas a quienes debemos fortalecer y ayudar a crecer. Pero, además, una comunidad viva no debería conformarse con lo que previamente ha adquirido, dado que está llamada a dar fruto. Debe entonces formar nuevos servidores, nuevas comunidades y hacer nuevos discípulos. El párroco no llega simplemente a mantener lo recibido, sino a procurar que lo vivo crezca y se multiplique. 

Recibimos también una realidad material. El templo, la casa cural, los salones, los archivos, los recursos, las obras realizadas, las necesidades pendientes. Custodiar estos bienes no es una tarea separada de la labor pastoral. Cuidar los bienes de la parroquia es también cuidar de la Iglesia y facilitar la misión. En la ya citada carta a los Corintios 3,6 san Pablo expresa con mucha sencillez lo siguiente: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer». Nadie hace todo, nadie comienza algo. Más bien, un sacerdote recoge los frutos de lo que otros sembraron y, muy seguramente, otros recogerán los frutos de lo que él cultive.

Esta conciencia nos ayuda a vivir con mayor libertad nuestra labor pastoral. Nos recuerda que somos servidores de una obra inmensa, mucho más grande que nosotros, la cual ha de continuar cuando nosotros ya no estemos allí. Debemos, por tanto, recordar que no somos los dueños del aviso. En ese sentido, hay una idea que me parece indispensable: la preparación para entregar una parroquia comienza el mismo día que la recibimos. No debería comenzar con el decreto de traslado o cuando conocemos el nombre nuestro sucesor. Desde el primer día nos encontramos en proceso de preparar las condiciones que el párroco que asuma ha de recibir para el desempeño de su ministerio. 

Por eso, una buena pregunta de introspección para evaluar la misión que nos ha sido encargada por Dios, nuestro Señor, podría ser: ¿Estoy dejando a mi sucesor mejores condiciones de las que encontré? Allí aparece una dimensión muy concreta de la fraternidad sacerdotal. Preparar buenas condiciones para el sacerdote que ha de relevar la misión es una forma de quererle, cuidarle y respetarle como hermano, inclusive antes de conocerle. La fraternidad no consiste tan solo en encontrarnos, compartir o acompañarnos en momentos difíciles, sino que también se expresa en la forma en la que dejamos el camino preparado para el otro, en evitarle problemas innecesarios, en no dejar cargas que pudimos resolver, en entregarle información clara y una comunidad capaz de continuar transitando el camino del Señor. Esto supone desprendimiento. 

La parroquia no debe construirse alrededor de la persona del párroco, las comunidades deben aprender a caminar, los procesos deben continuar y las obras deben estar al servicio de la misión. Tampoco debemos pretender que los sucesores hagan las cosas a nuestro estilo, dado que cada cual tendrá sus propios dones, su manera de servir y sus prioridades. Nuestra responsabilidad radica en administrar con ecuanimidad y termina en entregar bien, no en gobernar de forma remota. Allí aparece una forma muy sencilla de comprender nuestro paso por la parroquia: llegamos a ser parte de una historia que no comenzó con nosotros, y naturalmente, saldremos de ella sabiendo que tampoco termina con nosotros. 

Recibimos agradecidos, custodiamos responsablemente, mejoramos lo que podemos y entregamos con generosidad. En la Santa Iglesia uno siembra, otro riega, otro cosecha. Nosotros pasamos, pero la Iglesia permanece y Dios continúa bendiciendo y haciendo crecer su amada obra.


Por: Pbro. Fabi Said Castro, párroco Santísima Trinidad - Arquidiócesis de Bogotá.

Vicerrector administrativo y financiero de la Fundación Universitaria Monserrate - Unimonserrate

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