Jesús volvió a hablar en parábolas. El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Los convidados no quisieron ir. ¿Qué hizo entonces el rey?
Isaías ya lo había hecho en 25, 6-8; describir la historia de la salvación, la alegría de los tiempos mesiánicos como un banquete de bodas. Este mismo simbolismo lo utiliza Jesús para revelar de una manera nueva y sorprendente lo que es el Reino de los cielos: un banquete al cual todos estamos invitados.
Una gran invitación a nombre de Dios para despertar la confianza en el Padre, suprimir los miedos, encender la alegría y el deseo de Dios: Él tiene preparada una fiesta para todos sus hijos e hijas. A todos los quiere sentados a la misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plena. Jesús no impone nada a la fuerza, invita, despierta la confianza en el Padre, enciende y fortalece la esperanza.
En la primera parte de la parábola Jesús habla de invitados que se excusan, que no quieren asistir; sus tierras y negocios son más importantes. Habla de otros que maltratan a los criados hasta matarlos. A pesar de tanto rechazo y menosprecio, habrá banquete, Dios quiere que la historia humana termine en una fiesta llena de gozo.
La parábola es de gran actualidad. Son muchos los colombianos que no quieren oír, que no sienten la alegría de creer y esperar. Están muy ocupados en sus negocios, en sus tierras, en tener poder político y económico, en ganar posición social. No se dan cuenta de que están defraudando a Dios, de que están rechazando su invitación al banquete final. Con su accionar fuera de la ley están diciendo que no necesitan a Dios.
¿Será que los cristianos de hoy no queremos aceptar la invitación de Dios? ¿Será que el anuncio de esa fiesta final hecho por Jesús, nosotros sacerdotes, no lo estamos haciendo con fe y alegría en nuestra catequesis y en nuestra predicación dominical como lo hizo el mismo Señor Jesús?
El Evangelio en la Eucaristía de este domingo nos abre la puerta para que veamos nuestra vida con la esperanza cierta del banquete final preparado por Dios; es una invitación apremiante a trabajar sin descanso porque los colombianos de hoy recuperemos la conciencia de humanidad, que no defraudemos a Dios, que todos le digamos SI a su invitación al banquete eterno.
También nosotros somos invitados al Reino de Dios, que es de amor y fraternidad, no por nuestros méritos, sino por la gratuidad de Dios. Y esa gratuidad reclama nuestra responsabilidad como verdaderos cristianos: no defraudar a Dios.
No le demos mayor importancia a nuestros negocios y preocupaciones que a la invitación de Dios. Él tiene preparada una fiesta para todos sus hijos - es el final último de la historia humana-, pues a todos nos quiere ver sentados junto a Él, disfrutando para siempre de la vida eterna.
*Padre Carlos Marín G.
Fuente Disminuir
Fuente





