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Opinión

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Aguardiente 

Imagen:
elfarmaceutico.es
Reseña del libro de Torgny Lindgren

A veces idealizamos con mucha facilidad. Se idealiza a las personas, los países, las carreras profesionales y las vidas familiares. Sobre todo, si nuestra propia situación nos parece caótica, si las circunstancias que acompañan a nuestras existencias parecen oscuras, entonces podemos confundirnos con más facilidad. Eso de ver gigantes nos hace sentir enanos.

Hace unas semanas se celebraba la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) y aparecía Suecia, con todo su esplendor, como país invitado. Fue un excelente invitado de honor: el país europeo tiene mucho que pueda iluminar la situación, a veces tan fragmentada, de nuestro país. Recordemos, solo de paso, que Suecia, aun siendo pequeño, despunta en varias esferas culturales, pues además de dar escritores de calidad, se puede gloriar de ser uno de los países más igualitarios (según la Unión Europea), con mayores industrias sostenibles e innovadoras (de allí son IKEA y Spotify).

Pero para darnos una impresión más justa, más realista -sin dejar de felicitar- proponemos un autor, una novela, que ofrece, según creo, fogonazos del espíritu sueco, de su vida profunda, de sus virtudes y de sus enfermedades, que, escondidas en un caparazón casi perfecto de Sociedad Bienestar, operan disfrazadas y mortales.

Se trata de Torgny Lindgren (1938-2017), con su novela Aguardiente (Norrlands Akvavit). Esta obra despierta, poco a poco, a su lector, en un mundo totalmente novedoso, un paisaje casi deshabitado, de hombres disciplinados y solemnes. Se nos propone, con una presentación aparentemente calmada, una situación que desvela la realidad espiritual de un pueblo entero.

El argumento es inquietante: Olof Helmersson, un hombre de más de ochenta años, que en su juventud fue predicador, que pasó convirtiendo y liderando un movimiento de renovación religiosa, es ahora un apóstata. La vida, los desaires y pensarlo todo con tiento, lo ha convencido de su error, que básicamente es el de convencer a las personas de que Dios existe, es decir, de haberlas engañado.

Olof, armado de buenas intenciones, casi cincuenta años después de su celo juvenil, emprende la misión definitiva: descristianizar, desencantar, deshacer aquello que él mismo había construido. Es un anciano, pero se propone con fuerza, arrancar las raíces de la fe cristiana que él mismo, con vehemencia juvenil, se había encargado de dejar bien hondas.

No es de asustarse, no propongo nada nocivo. De hecho, Lindgren se convirtió al catolicismo y murió creyente. La cuestión es precisamente ofrecer un panorama de la secularización que sufre su tierra, o mejor, toda Europa; se trata, según mi opinión, de desmitologizar Suecia, pues revestida de grandes perfecciones, esconde sus heridas más hondas, que, en definitiva, pueden llegar a ser también las nuestras.

Ahora, así las cosas, Olof, este predicador del ateísmo, emprende su misión como una especie de Don Quijote moderno: acomete empresas que sus contemporáneos juzgan inútiles, descabelladas. ¿Cómo puede arrancar a Dios de las almas cuando nunca lo han tenido? Se encuentra con una sociedad indiferente ante el hecho religioso, para quien el cristianismo es sólo un reducto cultural, y Dios se va viendo remplazado por el Estado.

 El bosque avanza, la maleza se encarga de devorar lo abandonado, y lo que este predicador se proponía remover por la fuerza, ahora resulta que no está, mejor dicho, que se desmorona de forma natural. La secularización deviene, se instala mansamente, sin violencia, sin necesitar la fuerza de un líder carismático. En otras palabras, Olof ya no es necesario, su obra se ha ido diluyendo sola.

Entre todos los antiguos conversos no queda sino una pobre anciana - ¡solo una! - que conserva la fe hasta entregar el espíritu. Una vez muerta ella, la obra, la parroquia, ha desaparecido definitivamente. El cristianismo fenece.

Es la secularización que avanza, propuesta cada vez con más fuerza como un mundo mejor. Una atmósfera que, en todo caso, conserva algo de cristianismo, como una estructura que se vacía, como una especie de cuerpo que anhela un espíritu que ya no lo posee. Se nos ofrece, con esta novela, un recorrido por una sociedad futura, llena de bondad, llena también de anhelos que no sabe, ya no satisfacer, sino al menos explicarse.

Una cultura que se propone superar la tradición cristiana, el espíritu y la fe, no es necesariamente una cultura feliz, equilibrada y justa, ecuánime e indignada contra el mal. Se evidencia una naturaleza conflictiva, que entre aquellos que inclusive sólo cultivan su jardín, ven cómo brota el mal, cómo lo sufren y lo prodigan. En fin, la cuestión no está resuelta.

Torgny Lingren fue cristiano y de algo tendría que burlarse –espero no de nuestra lectura- cuando en pleno siglo XXI emprende, montado en su bicicleta, no ya el ataque a los molinos, sino una empresa que se realiza sin su ayuda, a un hombre descreído.

Esta puede ser una buena ocasión para repensar la evangelización, confrontando sin complejos a aquellos que creen superada la novedad de Cristo, la actualidad de su persona y mensaje. Dejar de iluminar el misterio del hombre a la luz de Cristo no es sino una especie de amputación, de trauma, de abandono.

Cristo es agua para los hombres de hoy, también para los europeos. Hay algo que muere en la sociedad perfecta por no conocer quién es el que verdaderamente salva. Y se anuncia al Salvador para que el hombre sea invadido por un agua viva (Akvavit), para que sea rico. Más aún, para que sepa cuándo se está empobreciendo. Suecia está bien, pero ojo, ¡no es el paraíso! 

Fuente:

Pbro. Jesús Arroyave Restrepo, párroco en Santa María Micaela y San Mario; capellán Liceo San José.

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