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Un amor más grande

3 de febrero de 2026
Imagen:
de referencia.

Profundo malestar causó entre los fieles católicos unas palabras pronunciadas por el presidente de la república en la reapertura del Hospital San Juan de Dios en Bogotá, la semana pasada. En una larga intervención, el jefe de Estado abordó múltiples y polémicos aspectos sobre distintos temas, pero fue la referencia a una posible relación íntima entre Jesús de Nazaret y María Magdalena, así como la afirmación de que un hombre como Él no podría haber existido sin amor y de ahí que muriera rodeado de mujeres que lo amaron hasta el final, lo que causó molestia generalizada entre los creyentes cristianos, tanto católicos como evangélicos. 

Acertado fue el pronunciamiento de la Conferencia Episcopal (CEC) en un breve y contundente comunicado en el que, citando a la constitución y a las leyes que tutelan la libertad religiosa en Colombia, solicitó respeto por la figura de Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Fueron igualmente certeras las intervenciones de diferentes prelados en medios de comunicación, como por ejemplo las palabras de monseñor Francisco Javier Múnera, arzobispo de Cartagena y presidente de la CEC, quien aseguró en cadena radial nacional que el objetivo del comunicado no era exigir una retractación ni entrar en una polémica política sino defender la fe de los creyentes, sobre todo la de los más sencillos. La fe basada en Cristo, en sus palabras y obras, en su presencia amorosa y liberadora.

Frente a estas aseveraciones ligeras desde el punto de vista histórico y teológico sobre Jesús, unimos nuestra voz al llamado hecho en relación al respeto por su figura e invitamos a un acercamiento asiduo al estudio de los evangelios y de la tradición de la Iglesia para crecer en la comprensión de sus palabras y obras. 

En orden a este crecimiento, resulta oportuno clarificar a qué tipo de amor se referían los evangelios cuando hacen referencia al amor de Jesús por sus discípulos, en particular, por las mujeres que lo siguieron hasta la cruz.

Para comprenderlo retomaremos una tradicional distinción del griego clásico. En esta lengua, no existe una sola palabra para referirse al amor humano, sino tres: 

El vocablo griego eros intenta expresar aquel amor erótico, pasional, movido por la atracción y que se expresa básicamente en una relación sexual. La expresión filia, en cambio, busca enfatizar el amor de amistad, aquel que desea establecer una relación que supere las barreras de lo físico para entablar un contacto con la personalidad del otro. Busca este tipo de amor no solamente una satisfacción de placer momentáneo sino el bienestar de la otra persona y la creación de un vínculo afectivo equilibrado. Existe un último nivel de amor, superior, que no solamente desea el bien del otro, sino que lo realiza y es capaz de dejar de lado su propia satisfacción con tal de alcanzar la plenitud de la otra persona. Es el amor de entrega total, denominado con el griego ágape. Un amor que trasciende los límites de la benevolencia, alcanzando la donación total por el ser amado.

Esta clásica estructuración tripartita fue brillantemente retomada y explicada con detalle por el papa Benedicto XVI en su primera encíclica Deus Caritas est (Dios es amor), publicada en 2005. En los numerales 3 al 9 el papa Ratzinger clarifica la distinción entre los tres tipos de amor, la interacción entre ellos y la llamada del corazón humano a vivir un amor más pleno, un amor de entrega total. Es este tipo de amor superior y eterno, el amor tipo ágape, el que hemos visto realizado en Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, quien, con su muerte y resurrección, nos ha mostrado la plenitud del amor divino, entregando su vida por sus amigos y enemigos. 

Es este amor el que Jesucristo mostró a sus discípulos y que los impulsó a seguirlo. Es este mismo amor también el que recibió María Magdalena, una mujer que según nos describe en su evangelio Lucas (8,2) había experimentado muchos momentos de tormento físico y sufrimiento interior. Es este amor el que recibieron las mujeres que lo acompañaban ya en su ministerio público en Galilea y que le fueron fieles hasta su muerte en cruz. Un amor que las respetó en su feminidad, que las valoró en su libertad, que no buscó poseerlas o cosificarlas, sino dignificarlas, liberándolas del egoísmo, del servilismo y de la culpa. 

Es este mismo amor el que dos mil años después buscamos los creyentes recibir cada vez que nos acercamos a Cristo, en su Palabra, en los sacramentos, en la oración, en cada eucaristía dominical. 

Es este amor con el que queremos llenar nuestras vidas para que nuestras familias sean lugares más libres, más caritativos, menos divisivos, menos tóxicos. 

Es este mismo amor el que 2000 años después buscamos los creyentes recibir cada vez que nos acercamos a Cristo en su Palabra, en los sacramentos, en la oración, en cada eucaristía dominical. 

Es este amor con el que queremos llenar nuestras vidas para que nuestras familias sean lugares más libres, más caritativos, menos divisivos, menos tóxicos. 

Sean los sucesos de los últimos días una nueva oportunidad para seguir cultivando el verdadero amor de Cristo entre nosotros. Un amor más grande, que nos permite mirar a los ojos de los otros como hermanos y hermanas, con respeto por la diferencia, sin pensar solamente en el beneficio propio. Un amor que puede hacer de nuestro país un espacio más feliz y más humano.   


Dirección - elcatolicismo.com.co. 

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