Los primeros cristianos se preguntaban entre ellos si después de Jesucristo tenían que seguir cumpliendo los preceptos establecidos en la Ley de Moisés. La confrontación con el pensar y el obrar de fariseos y escribas, provenientes del Judaísmo, era recia y hacía difícil dar una respuesta.
Jesús, con sus enseñanzas como verdadero Maestro, les dice que Él no ha venido a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud, esto es, a que se cumpla sin casuística, sin trampas, sin hipocresía; a vivirla con integridad, como expresión manifiesta de la voluntad de Dios.
Ese es el significado de lo que dice San Mateo en el (Cap. 5, vers. 20):”si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos (Biblia de Jerusalén). No se trata simplemente de ser mejores que los fariseos como algunos traducen el texto griego.
Es la justicia de Dios, es la luz de Cristo, es la fuerza del Espíritu. Si lo entendemos de esta manera, empezaremos, a descubrir también nosotros, el sentido y el fondo de la predicación de Jesús. El llamado es a ser buenos como lo es Dios, que es bueno, que es perfecto.
Jesús se los dice a sus discípulos: “vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (vers. 48), con su Palabra, Jesús revela a los suyos la novedad de su mensaje, la belleza, la originalidad, la radicalidad del Evangelio, y también, en buena lógica, del pensar y del vivir cristiano. Es Jesús enseñando una vez más la llegada del Reino de Dios.
Es en esta perspectiva, con esta visión, como debemos proclamar y vivir el Evangelio de San Mateo en la eucaristía de este domingo. Ante la tensión entre el Evangelio y la Ley, Jesús pide a los suyos una actitud en su vida que vaya mucho más allá de la letra de la ley y de la costumbre puramente social.
Nosotros, hoy, estamos viviendo en un mundo en el cual todo se relativiza y vulgariza; tanto la palabra como los gestos, las actitudes han ido perdiendo su dignidad, su valor, su verdadero sentido, en nuestra vida personal y social. Hay confusión tanto en el pensamiento como en la acción.
De aquí la necesidad de dejarnos interpelar por la Palabra de Dios no solo en este domingo sino todos los días. Es el llamado, es la invitación, es la necesidad de ser siempre justos y sabios como Dios lo es, es ser perfectos como lo es el Padre que está en el cielo, es ser luz en el mundo como lo es Cristo, es el mantenernos firmes en la fe con la fuerza que nos da el Espíritu Santo.
Es la belleza, es la radicalidad de la Palabra de Dios.
Padre Carlos Marín G.
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