Inició esta semana en Bogotá la CXX asamblea plenaria del episcopado colombiano. La cita de los obispos en esta ocasión se centrará en el rol del presbítero, su cuidado y crecimiento en medio de sus hermanos en el presbiterio diocesano. El tema se muestra pertinente en el contexto de la experiencia sinodal que vive la Iglesia desde hace unos años.
Con el Sínodo de la Sinodalidad y sus etapas de implementación, los papas Francisco y León nos han hecho una invitación a caminar juntos en comunión, participación y misión. Una reflexión más profunda sobre la persona del sacerdote en nuestra Iglesia colombiana se presenta como un elemento ineludible para lograr que la evangelización hoy en nuestro país se realice de manera más contundente y eficaz.
Con todo, hay que señalar que las consideraciones de nuestros obispos no irán unicamente encaminadas al hacer del sacerdote en la Colombia del siglo XXI sino ante todo al ser sacerdotal. Es precisamente este énfasis el que nuestro cardenal Luis José Rueda Aparicio ha venido trabajando y difundiendo en los últimos años en los encuentros vicariales anuales del presbiterio: el cuidado del sacerdote como persona, su salud espiritual, física, mental. En otras palabras, poner la mirada de la Iglesia, como madre que siempre es, en la persona que está detrás del desempeño ministerial, en el hombre sacerdote.
Grande es la misión divina del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad actual, pero cuidar con mayor cercanía de la persona que lleva adelante esa misión es una manera de reconocer que la gracia divina, parafraseando al gran Pablo de Tarso, se manifiesta en la fragilidad de nuestras propias personas: con todo, llevamos en vasos de barro este tesoro precioso del amor de Cristo para todos; obra de Dios y no nuestra.
Poner la mirada en el ser y no tanto en el quehacer, sin minusvalorar la grandeza de la misión sacerdotal, ha sido una apuesta novedosa y, al mismo tiempo, prioritaria del cardenal Luis José en el cuidado de los que él gusta llamar, sus hermanos sacerdotes. Que ahora la Conferencia Episcopal en pleno haga eco de esta apuesta indica la vital importancia de este tema para los múltiples retos de la Iglesia en una sociedad colombiana en constante cambio.
Otros dos énfasis interesantes ha puesto el episcopado en las reflexiones que se llevarán a cabo durante esta semana. Por un lado, se ha querido resaltar el papel del presbiterio y no solamente del presbítero como protagonista aislado de la evangelización. Se intenta así superar una imagen fuertemente instalada en el imaginario evangelizador de la comunidad eclesial: el sacerdote como un individuo solitario, aislado del mundo, casi un eremita llamado a una misión sobrenatural en medio de una comunidad de fieles. Contrario a esta imagen, el sacerdote en realidad hace parte de una comunidad de hermanos: el presbiterio, quien en obediencia al obispo diocesano discierne, impulsa y actúa el anuncio misionero del Evangelio en medio de una diócesis, porción del pueblo de Dios en un territorio determinado.
Se pretende entonces recordar que el sacerdote hace parte de un cuerpo eclesial amplio: la comunidad de creyentes, del cual es miembro y sujeto. Al mismo tiempo pertenece a una comunidad específica, el presbiterio diocesano, con la cual comparte su misión particular, con todos sus desafíos y alegrías. Este énfasis puede ser un buen antídoto contra algunas de las plagas como la soledad sacerdotal y el clericalismo que han acechado con fuerza a nuestra Iglesia y han hecho tanto daño en presbíteros y fieles en los últimos decenios.
Por otro lado, han queridos nuestros obispos convocar a su asamblea a un grupo de sacerdotes provenientes de sus respectivas jurisdicciones eclesiásticas, que los acompañen en estos días de trabajo y reflexión. Estos hermanos presbíteros asistirán no en calidad de secretarios obsecuentes o de testigos mudos, ¡todo lo contrario! Han sido convocados para ser escuchados tanto en su experiencia presbiteral como en sus propuestas para la mejora de la vida del sacerdote en los distintos contextos nacionales.
La comunión y escucha activa entre obispos y sacerdotes ha existido siempre, pero vale la pena consolidarla y profundizarla por medio de espacios comunes de oración, trabajo y proyección pastoral. Así gana toda la comunidad eclesial y la evangelización se fortalece.
Quiera el Espíritu Santo asistir a nuestros hermanos sacerdotes en esta semana de asamblea plenaria del episcopado para que sus aportes, diligentemente acogidos por nuestros prelados, sean semillas de presbiterios sin aislamiento sacerdotal y con mayor vitalidad misionera.
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