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Más inversión en servidores que en trabajo humano

9 de febrero de 2026
Iglesia
Imagen:
MSN
En 2026, por primera vez en la historia reciente, en Estados Unidos

Se invertirá más dinero en la construcción de centros de datos que en la edificación de oficinas, campus corporativos y espacios destinados al trabajo humano. No se trata de una curiosidad estadística. Es un indicador estructural, señala que el centro de gravedad de la economía se está desplazando de los lugares de la presencia a los del cálculo.

 

Un gráfico de la Oficina del Censo de Estados Unidos, difundido en diciembre de 2025 y ampliamente comentado entre analistas financieros y operadores del sector inmobiliario, hace visible este cambio de época. Desde 2020, la inversión global en espacios destinados al trabajo humano (oficinas, sedes directivas, campus empresariales) se encuentra en progresivo retroceso, mientras que el gasto en la construcción de centros de datos crece a un ritmo acelerado.

Según las proyecciones, de aquí a 2026 el capital destinado a estas infraestructuras digitales superará de manera estable al invertido en los entornos de trabajo tradicionales.

 

Detrás de esta curva económica no hay únicamente una tendencia tecnológica. Hay una transformación antropológica y geopolítica. La inteligencia artificial ya no es un sector de la innovación, se ha convertido en la infraestructura invisible sobre la que descansan la producción, las finanzas, la investigación científica y la seguridad de las naciones. 

Quien controla la capacidad de cálculo controla también la organización del trabajo y la construcción de la opinión pública.

 

Observado a escala global, el fenómeno revela una dimensión a menudo ausente del relato público. Un solo centro de datos de última generación puede consumir el equivalente energético de una ciudad de cien mil habitantes. Requiere suministro eléctrico continuo, grandes cantidades de agua para la refrigeración y condiciones climáticas estables que permitan contener los costes operativos.

 

Por este motivo, las grandes empresas tecnológicas privilegian territorios fríos y escasamente poblados —Islandia, Canadá, Escandinavia— o regiones remotas como la Patagonia. La geografía de lo digital sigue respondiendo, de manera nítida, a la lógica de los recursos naturales.

 

Según Our World in Data, hoy Internet absorbe aproximadamente el 1,7 % de la demanda energética mundial. Sin embargo, la expansión de la inteligencia artificial podría llevar a los centros de datos a consumir entre el 4 y el 5 % de la energía global de aquí a 2035, de acuerdo con las estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía. Otros estudios apuntan a porcentajes aún más elevados, de hasta el 10 % de la producción mundial.

 

El paradojo es evidente: la tecnología más inmaterial jamás concebida depende de forma creciente de recursos finitos y disputados (tierra, agua, energía).El sorpasso entre los espacios humanos y los espacios digitales no es solo un dato económico. Es la señal de una época en la que los lugares de la relación —fábricas, escuelas, oficinas— ceden centralidad a infraestructuras que no conocen la comunidad, sino únicamente la eficiencia.

 

La sociedad global se reorganiza en torno a sistemas que no producen socialidad, sino resultados. El trabajo, de manera progresiva, deja de ser una experiencia compartida y se convierte en una variable que optimizar o sustituir.

 

Así lo afirmó sin ambigüedades Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, en su intervención en el Foro de Davos: la inteligencia artificial podría empezar a sustituir de forma masiva a ingenieros informáticos y trabajadores de oficina mucho antes de lo previsto. No en décadas, sino en pocos años. Una velocidad que el propio Amodei definió como sorprendente por su intensidad y su impacto. El paso de los lugares del trabajo humano a los de las máquinas es el símbolo de una transformación más profunda. La inteligencia artificial redefine los límites del poder, pero también los del sentido. La cuestión ya no es únicamente tecnológica: es política, ambiental y moral.

 

El futuro ha dejado de ser un umbral por cruzar. Es el tiempo en el que ya vivimos. En su intervención ante los movimientos populares, el Papa León XIV evocó la encíclica Rerum Novarum de León XIII, escrita a finales del siglo XIX para afrontar el impacto social de la revolución industrial.

 

Aquel texto fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia nació para enfrentarse al conflicto entre capital y trabajo.

 

Hoy ,explicó el Pontífice, nos encontramos ante nuevas Rerum Novarum.

Las “cosas nuevas” ya no son las fábricas, sino los algoritmos; ya no los señores del vapor, sino los señores de los datos.

 

Y, paradójicamente, es precisamente la tierra, el agua y la energía (las nuevas materias primas del mundo digital) donde la Iglesia sigue encontrándose con una humanidad herida. Como recordó el Papa: «La exclusión es el nuevo rostro de la injusticia social. La brecha entre una pequeña minoría y la inmensa mayoría de la humanidad se ha ampliado de manera dramática».

 

León XIV invita con frecuencia a un discernimiento análogo al de finales del siglo XIX: acompañar el progreso sin someterse a su dominio, sostener la investigación sin abandonar la justicia, reconocer en la técnica una vocación, no un ídolo.

La suya es también una lectura teológica de la geopolítica, detrás de cada red hay una decisión de poder, pero también una pregunta de sentido. Una pregunta que, para la tradición católica, precede a toda técnica y a toda forma de dominio.

Fuente:
Vatican News
Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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