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Menos dependencia

16 de septiembre de 2026
Imagen:
de referencia.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicó recientemente los resultados de las pruebas PISA practicadas a estudiantes adolescentes de 91 países del mundo durante el 2025. Los números no pueden ser más desalentadores. Los estudiantes colombianos, en comparación con las pruebas realizadas hace diez años, descendieron cinco puntos porcentuales en matemáticas y doce puntos en lectura. En ciencias, por el contrario, los promedios se mantuvieron estables. Los números regionales también mostraron descensos pronunciados en casos como Argentina, Ecuador o México y estabilidad en los resultados en Chile o Brasil. Las caídas en los rendimientos estudiantiles no fueron solamente un fenómeno latinoamericano. También los números descienden en sociedades del llamado primer mundo como Estados Unidos, Finlandia y Alemania. El descenso es generalizado y, por ende, altamente preocupante. 

Desde entonces, todas las alarmas se han disparado y se han ido multiplicando los análisis para intentar comprender que está ocurriendo con nuestros jóvenes y por qué el sistema educativo actual parece verse limitado en su misión de guiar a las nuevas generaciones hacia un mejor desempeño académico. 

Analistas han señalado que en los adolescentes de hoy se están viviendo los efectos de la pandemia de hace seis años. La ruptura del proceso educativo que generó la reclusión en las casas y el abrupto tránsito de niños de entre 8-10 años al modelo sincrónico-virtual durante varios meses, pueden haber provocado en los estudiantes un irrecuperable vacío en la capacidad de análisis y concentración, que será difícil recuperar.

Con todo, no es esta la única causa en la caída. Entre los casos analizados también aparecieron países que mejoraron sus números en matemáticas, ciencias y lecturas, las tres competencias evaluadas; entre ellos están Japón, China y Singapur. Los estudiantes de estas naciones del Lejano Oriente también sufrieron los efectos de la pandemia y tuvieron que afrontar prolongados encierros. Estos ejemplos apuntan a la existencia de otros factores que están influyendo fuertemente en la caída de los resultados evaluados. 

Los analistas, quienes en estos días se han dedicado a dar explicaciones plausibles a estos preocupantes datos, han comenzado a señalar varios factores: falta de calidad en contenidos educativos, programas desactualizados, poca inversión estatal en la educación, maestros con preparación deficiente. Todos estos factores sin lugar a dudas, ejercen su peso a la hora de verificar el desempeño de nuestros estudiantes. Influye, sobre todo, la calidad en la preparación de los maestros para el adecuado desempeño de su tarea. Sin embargo, varios estudios apuntan a un elemento que desde hace varios años ejerce una fuerza disruptiva en la educación: la omnipresencia de los teléfonos celulares en las aulas de clase y su uso desmedido como recurso educativo.

Nadie niega que el celular inteligente nos ha facilitado a todos la vida. Ha mejorado las comunicaciones, ha agilizado procesos, ha centralizado funciones que antes nos brindaban múltiples aparatos. Todo eso ha redundado en mayor bienestar. Sin embargo, esta desmedida hiperconectividad no ha venida exenta de dificultades. Situaciones de crecimiento en indicadores de ansiedad y depresión se han asociado con frecuencia al uso desbordado de esta tecnología, impidiendo el adecuado descanso nocturno, los momentos de ocio y afectando la calidad de las relaciones sociales. Estas dificultades se presentan con mayor intensidad en población infantil y adolescente, ya que su capacidad de auto-regulación del uso de estos dispositivos es mínima, debido a su mismo proceso de crecimiento. Ha llegado entonces la hora de plantearnos como sociedad, de forma seria y urgente, el uso de estas tecnologías en las aulas de clase y espacios educativos. 

En distintos encuentros con los jóvenes, el papa León ha advertido sobre la necesidad de limitar el uso de los celulares tanto en las aulas como en las relaciones personales. En una jocosa frase señalo ante cientos de ellos: “No necesito un celular si mi cerebro funciona”. La invitación del Papa no debe ser tomada a la ligera. Ya la Alcaldía Mayor de Bogotá prepara una reglamentación que restringa el uso de celulares en colegios distritales. Otras instituciones privadas de la ciudad están optando por el mismo camino. 

Vale la pena apoyarse en experiencias de instituciones educativas que ya la han implementado para promover unas políticas que regulen en los colegios parroquiales el uso de celulares en aulas y espacios educativos. Inclusive estas restricciones deberían extenderse e nuestros espacios catequéticos con niños y jóvenes en las parroquias, ya que en la actualidad la educación en la fe atraviesa por los mismos desafíos. Tecnologías sí, pero para el crecimiento en conocimientos, no para el rezago educativo, como nos invitó el papa León. ¡Mas humanidad, menos dependencia! 


Fuente: Dirección - elcatolicismo.com.co

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