Con la mira en la reconstrucción…
El dolor por los tristes sucesos ocurridos a causa del terremoto del pasado 10 de agosto en amplias zonas del país sigue latente. Cientos de vidas apagadas; tantas familias sufriendo por sus pérdidas y ahora en complejas condiciones humanitarias, emocionales y psicológicas; miles de casas y edificaciones de toda índole destruidas; las ciudades afectadas; las oportunidades evaporadas en un par de minutos.
En medio de esta devastación, aferrados a la esperanza, con corazón agradecido por la generosidad de un país que se ha unido en ayuda y cobijo, las ciudades y pueblos afectados por el terremoto son conscientes que es momento de “poner la mira” en la reconstrucción.
Una de las muchas historias que muestra esta realidad se escuchó de boca de un sacerdote que participó en la misión de primeros auxilios espirituales en semanas anteriores. Un señor entrado en años estaba profundamente conmovido por la destrucción de su casa. Cuando el presbítero se acercó a darle unas palabras de consuelo, el hombre le contestó con una mezcla de realismo y fortaleza: “Padre, no hay tiempo para ponerme a llorar por lo perdido, tengo que pensar en cómo levantar de nuevo mi casa”.
Este pequeño ejemplo sintetiza la resiliencia del pueblo colombiano, que no se deja amilanar ante las grandes adversidades, sino que, con profunda fortaleza y confianza, pone sus ojos en la posibilidad de volver a comenzar.
Fueron frecuentes las admirables escenas de familias enteras poniendo manos a la obra para volver a levantar los muros y techos caídos de sus casas, pocos días después de la catástrofe. Una imagen que evoca la urgencia de esta tarea y el esfuerzo común que ella implica. Aun así, sabemos que la deseada reconstrucción de las poblaciones devastadas tardará meses, inclusive años. Las afectaciones a construcciones, tanto residenciales como públicas y a la infraestructura son múltiples. Este esfuerzo que las personas de estas regiones ya han emprendido con gran presteza, necesita buena voluntad, tiempo y mucha colaboración externa.
No se tienen datos certeros de la totalidad de los costos de los daños ocasionados por el terremoto, pero se calcula que la obra de reconstrucción tendrá un valor aproximado de entre unos 30 a 40 billones de pesos. No son para nada cifras menores. El gobierno nacional proyecta hacer un fondo único de reconstrucción, llamado ‘Fondo Milagro’, para gestionar la totalidad de los recursos provenientes del erario público, el sector privado, donantes y entidades internacionales para lograr sacar adelante las grandes obras que se requerirán para volver a poner en pie y mejorar las zonas perjudicadas. La financiación de la totalidad de los recursos no está garantizada y será necesaria una buena gestión, promoción adecuada y responsabilidad para lograr recaudar esa gran cantidad de dinero y manejarlo con la mayor pulcritud.
Los esfuerzos del fondo estarán centrados sobre todo en infraestructura pública, viviendas, vías, y reactivación del sector comercial. Sin embargo, estos no son los únicos sectores afectados. Existen numerosos edificios de uso común, como por ejemplo los templos, de carácter patrimonial o no, que fueron duramente golpeados por el sismo. Un informe de la Diócesis de Cartago indica que el 56% de sus parroquias están afectadas por los efectos del terremoto. Actualmente se encuentran cerradas al público y deben ser, según la evaluación de los peritos, fuertemente intervenidas o demolidas totalmente. También un informe entregado por la gobernación del Valle indica que 17 iglesias en el departamento ya han sido programadas para ser demolidas en los próximos días. La afectación de este tipo de edificaciones tanto en el Eje Cafetero, como en el Valle del Cauca y el Chocó es significativa.
Frente a este difícil panorama, estamos llamados a ser cada vez más conscientes de la necesidad de nuestra ayuda solidaria para la reconstrucción de estos espacios de oración y culto. Los templos de las ciudades y pueblos más allá de su valor religioso poseen un valor simbólico que representa identidad local, sentido de comunidad y mirada hacia la trascendencia. Para las diócesis que han sufrido estas pérdidas es imposible afrontar su reconstrucción solamente con los escasos recursos con los que cuentan para su sostenimiento.
En este caso se hace indispensable la ayuda solidaria de las diócesis y parroquias hermanas en todo el país, para que entre todos la reconstrucción sea posible en modo más efectivo. Si nos unimos, una vez más, lo lograremos.
Seguramente en esta ocasión, como en el pasado, la caridad cristiana de los creyentes colombianos se manifestará como una fuerza renovada en medio de las incertidumbres que estas comunidades parroquiales están experimentando.
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