Estas tres sencillas palabras podrían resumir la maravillosa experiencia vivida por un grupo de casi 80 sacerdotes liderados por el señor arzobispo de Bogotá y sus obispos auxiliares la semana pasada. En la noche del viernes 14 de agosto, luego de haberse concluido la última tanda de ejercicios espirituales, el cardenal tuvo la inspiración de realizar una misión de primeros auxilios espirituales para acompañar a los sacerdotes y comunidades golpeadas por el terremoto que azotó con dureza este mes el centro y suroccidente del país.
De inmediato se puso en marcha una convocatoria, a través de los vicarios episcopales territoriales, para conformar un grupo de sacerdotes que quisieran salir en misión con el arzobispo desde el martes 18 de agosto hasta el sábado 22. La misión, desde el principio, tenía un fuerte sabor a Evangelio. Íbamos a ir ligeros de equipaje, sostenidos por la providencia divina y con el oído y el corazón dispuestos a acompañar y escuchar a los más golpeados por la pérdida de seres queridos, casas y bienes. Sobre el plan específico que se debía realizar en los territorios de misión, el cardenal Luis José Rueda invitó a confiar en las sorpresas del Señor y nos recordó que el plan lo iba elaborando la providencia divina, paso a paso, a lo largo de los días.
Quienes tuvimos la oportunidad de participar en esta singular experiencia vimos que esas palabras proféticas del Pastor se realizaron. El Señor diseñó el plan, nos envió a los sacerdotes y comunidades más necesitadas, propició los encuentros, la capacidad de escucha y las palabras adecuadas. Algunos acompañamos sacerdotes profundamente golpeados por la inmensidad de la catástrofe en sus territorios, otros visitamos albergues donde cientos de personas esperaban no solamente ayuda material sino una palabra de consuelo y un oído que los escuchara. Otros más ofrecimos durante horas el sacramento de la reconciliación o la unción de los enfermos a quienes estaban todavía emocionalmente afectados por el terremoto. Los signos de esperanza se fueron multiplicando a lo largo del camino. Recordamos el fin del evangelio de Marcos y nos alegramos porque una vez más estas sabias palabras volvían a hacerse carne: “Ellos salieron a predicar por todas partes. El Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban” (Mc 16,20).
Esta misión se concluyó en la mañana del sábado 22 luego de un largo viaje. Una espera de más de cuatro horas detuvo el tráfico en la noche antes de atravesar los túneles que cruzan “La Línea”. Habíamos recorrido las poblaciones más golpeadas por este inclemente fenómeno natural: Pereira, Cartago, los pueblos del norte del Valle, Buga, Palmira, Cali y Buenaventura. Allí vimos los rostros de Cristo sufriente en estos compatriotas nuestros que cargaban con las consecuencias del drama humano dejado por el terremoto. Son estos rostros, sus experiencias, sus palabras las que llevamos en el corazón de vuelta a nuestras habituales labores sacerdotales en Bogotá.
Esta experiencia misionera, descomplicada, urgente, confiada a la Divina Providencia, fue posible también gracias a la coordinación efectiva de monseñor Ricardo Pulido, encargado de la diaconía para el desarrollo humano integral, y de monseñor Darío Álvarez, vicario en la VET Inmaculada Concepción, quienes en un fin de semana lograron organizar la logística del viaje y el transporte. Detrás de todo este movimiento espiritual, estuvo la voz y el liderazgo del cardenal Rueda, quien con su palabra oportuna y su deseo de servir, contactó a los señores obispos en los territorios y les explicó el objetivo de la misión. Ellos nos abrieron las puertas y el corazón de sus diócesis para que sus presbiterios se sintieran acompañados y sostenidos en estos momentos de dolor e incertidumbre.
Gracias a todos los que hicieron posible esta bella experiencia. Ha sido la concreción del lema de los ejercicios espirituales del presbiterio: “Corramos juntos”. Hemos corrido para organizar, para anunciar, para acompañar. Que esta y otras muchas experiencias futuras, nos hagan ser una Iglesia más misionera, en salida, que está siempre presente para cualquiera que necesite recibir primeros auxilios espirituales.
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