El Papa pide no delegar decisiones humanas a los algoritmos

El bien común es el desarrollo paralelo del individuo y de la sociedad, y el criterio a través del cual evaluar la bondad de los proyectos sociales y políticos. Una red de relaciones que corre el riesgo de marchitarse en una época de desarrollo tecnológico que delega cada vez más en la máquina la acción humana, individualizando y personalizando excesivamente, anestesiando los efectos de acciones «vergonzosas» contra la vida, como el homicidio, el genocidio, el aborto, la eutanasia y el suicidio voluntario.
El peligro es una deriva de la diversidad: ya no un potencial enriquecimiento, sino una amenaza. Estos son algunos de los conceptos expresados por el Papa León XIV en la catequesis de la audiencia general de esta mañana, 16 de septiembre, en la Plaza de San Pedro.
Desarrollo tecnológico y relaciones sociales
Esta es la cuarta reflexión del ciclo dedicado a la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et spes, y se centra en su segundo capítulo, dedicado a la «comunidad humana».
“Por un lado, el desarrollo tecnológico, la difusión de los medios de comunicación y de las redes sociales, así como el recurso cada vez mayor a la inteligencia artificial, abren nuevas posibilidades, derribando barreras y distancias; por otro, las relaciones tienden a ser cada vez menos personales, más virtuales, y existe el riesgo de acostumbrarnos a delegar en los algoritmos decisiones que corresponden únicamente a la conciencia humana. Lograr que las relaciones sociales tengan un contenido real y una profundidad personal es, en este sentido, la contribución que la comunidad cristiana se propone ofrecer”.
El ser humano «necesita absolutamente una vida social»
Tomando fuerza del proyecto creador de Dios, que contemplaba a los hombres como «una sola familia», el Pontífice afirma que «el perfeccionamiento de la persona humana y el desarrollo de la sociedad» deben considerarse conjuntamente, pues están «estrechamente interdependientes». Contraponerlos o separarlos, por tanto, equivaldría a frustrar ambos. Así lo confirma la historia más reciente, haciendo aún más necesario reafirmar que la persona humana «necesita absolutamente una vida social» y «debe ser principio, sujeto y fin de todas las instituciones sociales».
“La diversidad de las personas y de los pueblos en el mundo no debe considerarse un peligro o una amenaza, sino una posibilidad de enriquecimiento y crecimiento. La confrontación, que a veces degenera en violencia, es fruto del poder del pecado y de cómo este condiciona las mentalidades y las acciones, en todos los niveles, provocando destrucción y muerte. Es necesario abrirse cada vez más a la lógica de la reciprocidad, de la participación y del cuidado, como ocurre también entre los distintos miembros del cuerpo humano”.
La definición de «bien común»
Para reafirmar mejor estos conceptos, León XIV retoma la definición de bien común ofrecida por Gaudium et spes:
“El conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten tanto a los grupos como a cada uno de sus miembros alcanzar su propia perfección de manera más plena y más rápida”.
Salvaguardar la vida humana
A partir de este planteamiento, se han identificado algunas consecuencias prácticas. Ante todo, el respeto a la persona humana:
“Todo lo que atenta contra la vida misma, como cualquier forma de homicidio, el genocidio, el aborto, la eutanasia e incluso el suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas infligidas al cuerpo y a la mente y las coacciones psicológicas; todo lo que ofende la dignidad humana, como las condiciones de vida infrahumanas, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, el tráfico de mujeres y jóvenes, o también las condiciones laborales degradantes, en las que los trabajadores son tratados como simples instrumentos de lucro y no como personas libres y responsables: todas estas cosas, y otras semejantes, son ciertamente vergonzosas”.
Superar la «mentalidad individualista»
En consecuencia, el bien común implica respetar a quienes piensan y actúan de manera diferente a la propia, ya que todo ser humano exige la misma justicia social, superando una «mentalidad individualista» y adoptando una actitud de responsabilidad y participación.
“Esta visión de la humanidad como «comunidad de personas» es un valioso legado que nos dejó el Concilio Vaticano II. Nos ayuda a todos a realizar un discernimiento personal y comunitario, para valorar con responsabilidad los proyectos sociales y políticos de hoy, de acuerdo con los criterios de la dignidad de la persona humana, la justicia social y la libre participación en la construcción del bien común. Porque el futuro de la humanidad depende del compromiso de cada uno para colaborar con Dios y con los hermanos en la construcción de un mundo más humano”.
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