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Editorial

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Esperanza y más esperanza

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EFE Salud
Como si de un rito obligatorio se tratara, legisladores y juristas del Estado colombiano se presentan, de tanto en tanto, con decisiones

Y noticias que poco a poco van minando los cimientos de una cultura de la vida para situarse en la orilla opuesta. La apertura, prácticamente sin límites, a toda clase de intervenciones que ponen fin a la vida, con las razones más variadas, ha ido creando una nueva cultura que ve en el provocar la muerte una opción más, entre tantas otras, para “solucionar” las dificultades más grandes de la existencia humana.

¿Cuál será el límite de esta corriente que ha relativizado el valor de la vida? Difícil decirlo, pero sí se pueden vislumbrar en el horizonte prácticas aún más absurdas y que eventualmente dejarían la vida humana, ya no en manos de al menos cada persona, sino como una realidad que el Estado u otras instancias administrarán según conveniencia. Camino muy peligroso.

Todas estas decisiones y la puesta en práctica de las mismas, cada vez más extendida, se convierten en un gran interrogante, a la vez que en un reto para toda persona que quiera evangelizar. Rápidamente se advierte en la sociedad colombiana una suerte de desesperanza generalizada, muy bien opacada por la cultura del espectáculo que todo lo banaliza y ridiculiza.

Con fuerza, cada vez mayor, se pretende crear el espejismo de una existencia sin sufrimientos ni enfermedades, sin pruebas dolorosas y sin nada que pueda quitarle el aspecto gozoso que debería tener toda vida. Se trata por todos los medios de no permitir siquiera una reflexión sobre el sentido del sufrimiento, de su valor redentor, de las muchas situaciones nuevas y positivas que suelen generarse en torno a esos momentos inevitables de la vida humana. Un mundo ajeno a la esperanza.

Cada época y cada sociedad le pone retos específicos a la Iglesia y a su evangelización. En el caso colombiano, la comunidad creyente y evangelizadora está abocada a seguir promoviendo el valor absoluto de la vida, a pregonar sin tapujos su dignidad en todo momento y a invitar sin cesar a todas las personas e instituciones a rodear con sentido de solidaridad y caridad la vida debilitada en cualquier sentido.

Desde el Evangelio y desde la enseñanza de la Iglesia no cabe el más mínimo asomo de aprobar cualquier acción que intencionalmente se dirija a dar por terminada la vida. Se ha repetido mil veces que no se trata de conservarla a toda costa, pero sí a cuidarla con los medios ordinarios paliativos hasta su fin natural.

Toda la historia de la humanidad recoge un lamento que no se puede acallar por tantos millones de vidas que son eliminadas cuando no tendría por qué ser así. Y ese grito llega al cielo.

La sociedad colombiana vive a veces en estado de esquizofrenia. A ratos proclama a los cuatro vientos que la vida es sagrada, que toda vida debe ser respetada, que hay que proteger a los más vulnerables y amenazados. Al mismo tiempo, legisla para la muerte, sentencia contra la vida, desampara a los débiles, oprime a las conciencias que aman definitivamente la vida y se ensaña con violencia con todo tipo de personas.

Falta mucho camino por recorrer para que la ciudadanía en Colombia sienta que su bien más preciado, la vida, goza de todos los amparos y protecciones que necesita para subsistir.

Por eso mismo, el evangelizador está llamado a sembrar más y más esperanza, de modo que en esta tierra se pueda llamar a la vida confiadamente, se le proteja en su crecimiento, se le acompañe en su debilidad y se le cuide delicadamente hasta que vuelva a la tierra de la cual surgió.

Cuantas veces sea necesario, los discípulos de Cristo deben proclamar que la vida es un don de Dios y que solo a Él le corresponde sembrarla y recogerla según sus designios.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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