Con estas palabras concluye Pablo de Tarso la exhortación (2Co 5,17-6,2) que hace a la comunidad de Corinto para recibir con entusiasmo la gracia de Cristo y con su fuerza, dejarse reconciliar con Dios y con los hermanos. Estas mismas palabras han resonado en los oídos y en el corazón de nuestras comunidades católicas en la celebración del Miércoles de Ceniza, que recientemente hemos vivido.
La Cuaresma ha llegado una vez más en este 2026 a tocar nuestra puerta, invitándonos a volver nuestra mirada a la fragilidad de nuestra condición y al mismo tiempo, a aprovechar estos días como una oportunidad privilegiada para recibir y ejercer la reconciliación.
Se ha abierto ante nosotros un tiempo extraordinario de gracia, un tiempo suficiente, cuarenta días, para volver a las fuentes de nuestra experiencia de fe. La Cuaresma ha regresado para plantearnos de nuevo una elección de vida: seguir el camino trazado por el Señor para nuestra felicidad o elegir el camino del espíritu del mundo, que aparentemente conduce a la plenitud personal pero que al final termina en decepciones y esclavitudes interiores persistentes. Cuaresma, entonces es ante todo una voz que llama al centro del corazón para crecer en la elección libre del seguimiento de Cristo.
Dentro de este tiempo cuaresmal, las liturgias de los domingos se nos presentarán como el momento para escuchar esa voz que nos indicará los pasos para alcanzar la verdadera libertad. Así, el domingo pasado hemos escuchado en el relato de las tentaciones de Cristo, presentado por Mateo, la propia lucha del Hijo de Dios para llevar a cumplimiento su misión en plena libertad. Cristo, en su elección libre de la voluntad divina, nos indica también a los creyentes la vía para crecer en una auténtica libertad, frente a las propuestas seductoras de mundanidad que nos acechan constantemente. Es Cristo quien vence las tentaciones, y como diría San Agustín: en Él y con Él, también podemos proclamarnos vencedores frente al atractivo deseo de enfocar nuestras decisiones de vida únicamente hacia el ansia insaciable del pan, de la imagen, de las riquezas y del poder.
La Cuaresma, lejos de ser un tiempo de tristezas, de penitencia lúgubre o de renuncias sin sentido, es ante todo una oportunidad para crecer en nuestra respuesta de fe, ejerciendo el precioso don de la libertad en nuestras opciones y acciones.
Durante este 2026, nuestro arzobispo, el cardenal Luis José Rueda Aparicio nos ha invitado en la dinámica del proceso evangelizador del Camino Discipular Misionero a nutrir nuestra fe, a redescubrir el don precioso de creer en el amor de Dios. Es la Cuaresma el tiempo favorable para mirar nuevamente nuestras elecciones bajo el prisma de la fe, volviendo a valorar el don maravilloso que el Señor ha puesto en nuestras manos: creer en Cristo, su amor y su gracia.
Hemos escuchado tantas veces en comentarios y libros que circulan en nuestro ambiente poscristiano que la fe católica consiste en una especie de renuncia ciega a los gustos de la vida, a aquellas cosas que la hacen más bella y agradable. Desde esta visión, el católico viene presentado como una persona frustrada, que ha abandonado sin ningún sentido lo mejor de la existencia a cambio de nada. Además, la fe viene expuesta como una imposición cultural, donde la opción libre del sujeto no tiene ninguna relevancia, sino que la creencia aparece como una especie de coacción, hecha por el contexto familiar o social. Esta posición tergiversada no tiene nada que ver con la realidad de lo que significa la opción libre de la fe cristiana. Como gustaba afirmar el papa Benedicto XVI, la fe se propone, no se impone.
Una vez más, al iniciar este trienio de la fe en nuestra Arquidiócesis, la madre Iglesia nos vuelve a proponer con la Cuaresma plantearnos la respuesta libre de nuestra voluntad frente a la fe. Como una buena educadora, la Iglesia nos entrega la caja de herramientas para poner en práctica nuestra opción libre y así, crecer en la fe. Se nos proponen en este tiempo favorable el ayuno, la oración y la acción caritativa hacia los necesitados para que, utilizándolos, reorientemos nuestras ansias, a veces desenfrenadas, de placer, de poder y de tener hacia el amor a Dios y al prójimo.
Que nuestras opciones cuaresmales, guiadas por el espíritu de Cristo, nos hagan personas más libres para que con alegría y con una mayor conciencia de nuestra necesidad de amar, lleguemos a comienzos de abril a celebrar la vida nueva, victoriosa sobre la muerte, que la Pascua nos entregará.
Dirección - elcatolicismo.com.co
Fuente Disminuir
Fuente






