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Del altar a la calle: ¿cuál es el mandamiento más importante?

19 de marzo de 2026
Del altar a la calle: ¿cuál es el mandamiento más importante?
Imagen:
de referencia - Atención pastoral a habitante de calle.

“Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se reunieron. Y uno de ellos, intérprete de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: ‘Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la Ley?’, Jesús le respondió: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas’” (Mt 22, 34-40).

La pregunta que se le formula a Jesús no pertenece únicamente al pasado. Sigue resonando hoy en el corazón de la Iglesia: ¿Qué es lo esencial para un creyente?, ¿se trata de un llamado únicamente a la vida sacramental o es indispensable, de manera paralela, la coherencia en la práctica del amor?

El Evangelio no establece una oposición entre ambas realidades. Por el contrario, las integra. No es posible vivir auténticamente la vida sacramental sin amor concreto al prójimo. Tampoco puede hablarse de amor cristiano si este no brota de una profunda comunión con Dios. Jesucristo une inseparablemente el amor a Dios con el amor al hermano; vincula la verdad con la misericordia; relaciona la salvación personal con la responsabilidad por la salvación de los demás. 

Desde esta perspectiva, se hace urgente la vivencia de un amor que no se quede en declaraciones ni en buenas intenciones, sino que se traduzca en compromiso real. Un amor al pobre, al pecador, al herido; un amor que sale al encuentro de quienes viven en las periferias humanas y espirituales de nuestra ciudad. 

Este desafío implica revisar nuestras prioridades pastorales y preguntarnos si nuestras estructuras favorecen verdaderamente el encuentro con los más necesitados.

La vida sacramental no puede permanecer ajena a la realidad concreta de las personas. Si queremos ser cristianos coherentes, necesitamos transformar nuestra manera de mirar a los pobres y vulnerables. Tal vez sea necesario replantear nuestro orden pastoral: primero el compromiso efectivo con el hermano, y desde allí una vivencia más auténtica del sacramento, que no sea rito vacío sino expresión de una fe encarnada.

En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos ofrece un camino claro de preparación hacia la Pascua a través de tres prácticas fundamentales: el ayuno, la oración y la limosna. No se trata de cumplirlas como un formalismo religioso ni como simples ejercicios externos, sino de asumirlas como un verdadero itinerario de conversión.

El ayuno nos educa en el desprendimiento; la oración nos devuelve al centro, que es Dios; la limosna nos abre al rostro concreto del hermano necesitado. Estas tres ayudas, vividas con sinceridad, nos invitan a salir de nosotros mismos y a reconocer que, como comunidad eclesial, también necesitamos conversión.

Entonces, la pregunta decisiva no es cuántos sacramentos recibimos, sino cuánto hemos amado. No es cuántas celebraciones organizamos, sino cuántas heridas hemos ayudado a sanar. No es cuántas normas defendemos, sino cuántas vidas tocamos con misericordia.

Si nuestra Cuaresma no nos conduce al encuentro real con el pobre, si no cuestiona nuestras seguridades, si no incomoda nuestras estructuras, seguirá siendo solo una tradición piadosa más. El mandamiento principal no admite reducciones ni excusas: amar a Dios pasa inevitablemente por amar al hermano.

Solo así nuestro camino cuaresmal será verdaderamente auténtico. Solo así encontraremos el camino a Cristo, que no se queda en los templos ni en los discursos, sino que camina entre los heridos de la historia. Él nos invita a compartir sus padecimientos y a avanzar con valentía hacia la Pascua de la Resurrección. Y esa Pascua comienza cuando el amor deja de ser teoría y se convierte en decisión.

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*Por: Padre Juan Felipe Quevedo, párroco en Nuestra Señora de los Dolores - Barrio San Bernardo.

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