Hemos celebrado el domingo pasado el Día Internacional de la Mujer. Como todos los años, la conmemoración estuvo acompañada por numerosas manifestaciones de felicitación y cariño de parte de padres, hijos, esposos, compañeros de trabajo y colaboradores, hacia aquellas mujeres con las cuales compartimos nuestros entornos familiares, laborales o de amistad. Son ellas quienes, con su especial genio femenino, expresión querida por san Juan Pablo II, hacen un aporte único al progreso de nuestra ciudad y del país.
El 8 de marzo recuerda una fecha especial en las luchas históricas de las mujeres por lograr igualdad de condiciones en materia de derechos tanto laborales como políticos. El esfuerzo por alcanzar una sociedad que reconozca a las mujeres en su igual dignidad con el hombre debe continuar, asegurándoles cada vez oportunidades más paritarias en los campos laborales, educativos y sociales.
Sea la ocasión para que desde estas páginas se pueda también reconocer el incalculable aporte de las mujeres en la vida de la Iglesia, pasada y actual. Son ellas quienes desde los inicios de su predicación acompañaron al señor Jesús en sus recorridos por Galilea y quienes estuvieron firmes al pie de la cruz. Fueron también ellas las primeras testigos de su resurrección y las primeras apóstoles en llevar la buena noticia de su victoria sobre la muerte. Desde aquel momento han sido ellas quienes han difundido y sostenido con fuerza, pasión y constancia la experiencia cristiana en tantos ambientes, familias, comunidades y sociedades.
Tantas veces lo han hecho a través de grandes obras de Iglesia, como en los casos de fundadoras de comunidades religiosas esparcidas por todo el mundo como santa Clara de Asís o de grandes reformadoras como santa Teresa de Ávila; en otras ocasiones lo han impulsado desde la ardua labor cotidiana del cuidado del hogar, de la educación de los hijos o desde un servicio de voluntariado discreto y generoso. No hay que olvidar tampoco su invaluable y mayoritaria presencia en múltiples grupos eclesiales y comunidades parroquiales. Su especial apertura al encuentro con el Señor, al cuidado de la vida, a la sensibilidad por las realidades de sufrimiento, hacen que su vivencia de la fe sea más constante y valiente.
Mucho se ha hablado, sobre todo durante los últimos años, en el seno de la Iglesia sobre el papel de la mujer, su aporte específico a la evangelización y la posibilidad de abrir para ella nuevos espacios de participación en ámbitos de la Iglesia donde anteriormente no tenían presencia. En ese sentido, el papa Francisco encomendó por primera vez en la historia a varias mujeres cargos de responsabilidad en el Vaticano como fue el caso de sor Simona Bambrilla MC, quien fue nombrada en 2025 prefecta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada. Igualmente, sor Raffaella Petrini fue nombrada en 2025 presidenta de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, un cargo administrativo de gran relieve dentro del Estado Pontificio.
Por otro lado, quiso el Pontífice, en el contexto del Sínodo sobre la Sinodalidad en 2021, instaurar una comisión que estudiara el alcance y la función del diaconado femenino en la Iglesia primitiva y las posibilidades de ofrecer este servicio ministerial hoy. Los resultados de la comisión se presentaron en diciembre del año pasado, llegándose a la conclusión de que el diaconado femenino primitivo tenía un alcance diferente al ministerial de hoy y recomendando que por ahora no se instaurase este ministerio hasta tener mayor claridad al respecto. Sin embargo, la comisión exhortó para que se abriera a las mujeres el acceso a todos los ministerios ya existentes en el servicio de la comunidad. Es así que en nuestra Arquidiócesis de Bogotá la mayoría de los catequistas parroquiales, ministros extraordinarios de la comunión y lectores son mujeres que, con gran amor, de forma discreta y decidida, prestan su servicio desinteresado en estos ámbitos eclesiales, semana tras semana.
No obstante, es necesario afirmar que el reconocimiento de la inigualable dignidad de las mujeres va más allá del tema de los cargos en la Iglesia o de su participación en ciertos servicios eclesiales. Trabajar para reconocer el valor de su condición debe implicar resaltar su aporte específico a la vida de la fe desde lo que ella misma es: profesional, madre, esposa, consagrada, voluntaria, educadora, líder. Su presencia específica enriquece la evangelización y su fe característica la sostiene.
Felicidades de nuevo a las mujeres quienes, como María, madre de Jesús, engendran en la Iglesia vida nueva, tan necesaria para nuestra sociedad, por el ejercicio de la fe, la caridad y la esperanza.
Dirección - elcatolicismo.com.co
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