Nuestro mundo se encuentra inundado de malas palabras. Palabras de venganza, de desprecio, de queja sobre las situaciones. También nuestro país se ve desbordado de palabras de desprecio, de división, de resentimiento. Como nos ha enseñado el Señor Jesús: “De aquello que rebosa el corazón, habla la boca” (Lc 6,45). Las palabras no son una expresión vacía, un sonido carente de sustrato interior, sino que manifiestan sentimientos y posiciones profundas de las personas y las sociedades; pueden, con su poder infinito, provocar realidad de bien o de mal.
Hechos divisivos y violentos han surgido en múltiples ocasiones de palabras venenosas puestas en boca de líderes o personajes con autoridad. Para crear esta cacofonía inacabable de locuciones peligrosas, nuestra época ha encontrado en las redes sociales los vehículos idóneos para forjar mensajes breves con contenidos efectivos, de carácter sentimental tantas veces banal y agresivo.
Frente a una sociedad infestada de palabras que hacen aflorar las amarguras del corazón, ¿qué papel puede y debe jugar el creyente católico? ¿Debería unirse sin mayor reflexión a esta barahúnda palabrera de las redes sin más? O, por el contrario, ¿debería callar frente al torrente de grosería y desprecio que escuchamos con frecuencia?
El Evangelio, la Buena Noticia del amor de Dios hecho carne en Cristo, es ante todo Palabra. Los misioneros cristianos, desde los primeros apóstoles hasta nuestros días, han recorrido el mundo entero proclamando oralmente aquello que san Pablo llamó la Palabra de la salvación (Hch 13,26). Esta es una palabra fresca, transformadora, una buena noticia que es capaz de espantar el desánimo que se anida en el corazón, de reorientar la existencia y darle un sentido de plenitud. Ese tipo de predicación, sin embargo, no es un libreto aprendido. Viene de la experiencia del encuentro con el Señor Jesús, de haber recibido un anuncio de libertad y haber experimentado su fuerza, del agradecimiento por la vida reconstruida. La Buena Noticia es ante todo Palabra de Dios hecha vida en la historia concreta de una persona.
Resuena en la mente la famosa expresión de san Pablo VI en su conocida exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi: “El mundo contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros o si escucha a los maestros es porque son testigos” (N°. 41). Este testimonio de la vida en Cristo se va haciendo carne mediante la experiencia de fe, con el pasar del tiempo, con la acción de la Palabra de Dios y los sacramentos en la vida de una persona dentro de una comunidad creyente. El mundo entonces espera esta buena palabra de amor y esperanza y la Iglesia está llamada a cultivarla, haciendo crecer en sus hijos su experiencia de fe para poder transmitirla a los demás.
En una reciente conversación con un sacerdote de otra diócesis sostenía con vehemencia: “Es necesario volver a lo esencial de nuestra vida cristiana: el anuncio del Evangelio y el encuentro con los hermanos”. Anuncio y encuentro, dos acciones que el Camino Discipular Misionero de nuestra arquidiócesis ha querido enfatizar y que es necesario resaltar en este año, tiempo dedicado a cultivar la fe.
Para un mundo que anhela una buena palabra de cara al incesante ruido aturdidor del mal y la división de los corazones, nuestra misión como Iglesia vuelve a tener relevancia. Llenar corazones con la palabra del amor de Cristo para que la vida se transforme del caos a la armonía, de la división a la amistad social. Es la misión esencial a la que se nos llama en nuestra época y en la que todos con entusiasmo deberíamos participar.
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