El Evangelio como camino de reconciliación para Colombia
"Pero yo les digo que todo el que se enoje con su hermano será culpable en el juicio. Cualquiera que le llame a su hermano ‘necio’ será culpable ante el Sanedrín; y cualquiera que le llame ‘insensato’ será expuesto al infierno de fuego" (Mt 5,22).
En este tiempo en el que Colombia vuelve a mostrar señales preocupantes de división y confrontación, considero fundamental responder desde la fe al momento que estamos viviendo como país y como creyentes. A raíz de los procesos electorales, preocupa el desbordado nivel de polarización que termina exacerbando las emociones, olvidando los dolorosos episodios de violencia que han marcado nuestra historia.
De muchas maneras se insiste en separarnos: por un color político, una creencia religiosa, una preferencia ideológica o una condición social. Desde estas diferencias, se busca deslegitimar la dignidad y la igualdad del otro como persona. Sin embargo, ninguna idea política, religión o preferencia puede ser motivo para negar la dignidad de quien piensa distinto. El otro sigue siendo tan valioso como yo.
Las campañas políticas y las discusiones públicas con frecuencia nos presentan a quien piensa diferente como un enemigo. A través de insultos, discursos agresivos y mensajes que alimentan la confrontación, se nos hace creer que quien no comparte nuestras ideas debe ser rechazado o destruido. Frente a esta realidad, el Evangelio se vuelve más actual y necesario que nunca.
La fe cristiana nos recuerda que el otro es nuestro igual y, aún más, que es imagen de Dios. Hemos sido creados a su imagen y semejanza, y esa dignidad no desaparece por una preferencia política, una ideología o una diferencia de opinión. Las diferencias no están llamadas a destruirnos, sino a enriquecernos y ayudarnos a crecer como sociedad.
Por ello, la responsabilidad de los creyentes es hoy más grande que nunca. No solo tenemos la tarea de escoger a nuestros gobernantes, sino también la de demostrar que las diferencias no son un obstáculo para la convivencia. Los cristianos no podemos caer en la trampa de la polarización y el odio, porque estos nos alejan cada vez más de Cristo, nuestro modelo de vida.
No podemos permitir que una idea política nos lleve a despreciar a nuestro hermano. No podemos justificar la anulación de la dignidad del otro por pensar diferente. Tampoco podemos creer que la fe pertenece a una corriente política determinada o que puede ser utilizada como una bandera partidista.
La fe no debe politizarse. La fe nos ayuda a tomar decisiones responsables, nos impulsa a defender la vida y la dignidad de todas las personas, y nos enseña a reconocer en el rostro del otro el rostro mismo de Cristo. Una fe auténtica siempre suscita amor, comprensión y respeto.
Hoy más que nunca Colombia necesita esa fe que nos permite descubrir en la diferencia una oportunidad de complementariedad y crecimiento. Necesitamos una fe que nos ayude a ver en el otro no a un enemigo, sino a un hermano.
Para terminar, es importante recordar que la coherencia de la fe no se mide por la defensa de un partido político, una causa o una bandera. Somos verdaderamente coherentes cuando comprendemos que el otro es sagrado; que la vida de nuestro hermano es sagrada; que sus pensamientos, sus convicciones y su dignidad son sagrados. Por ello, nadie tiene derecho a aniquilar las ideas, las creencias o la manera de pensar de otra persona. Cuando convertimos al otro en un enemigo al que debemos destruir, negamos el Evangelio que decimos profesar.
Hoy Colombia necesita creyentes coherentes con el Evangelio. Necesita hombres y mujeres capaces de romper la lógica de la polarización y del odio. Necesita creyentes que muestren al Cristo crucificado, aquel que prefirió entregarse por amor antes que imponerse por la fuerza; aquel que, teniendo la razón, eligió el camino del perdón y la misericordia.
La verdadera coherencia cristiana no se encuentra en los discursos ni en las consignas, sino en la capacidad de asemejarnos a Cristo. En un país herido por la división, el creyente está llamado a ser constructor de puentes, sembrador de reconciliación y testigo de un amor que reconoce en cada persona, incluso en quien piensa diferente, a un hermano.
*Por: Padre Juan Felipe Quevedo, párroco en Nuestra Señora de los Dolores - Barrio San Bernardo.
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