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En medio de la fragilidad y vulnerabilidad, todos somos uno

14 de agosto de 2026
Imagen:
de referencia - Reuters

El pasado 10 de agosto, Colombia vivió una de las catástrofes más temibles y complejas de la naturaleza, un terremoto de magnitud 7,4 nos sacudió en las primeras horas del día. Un lamentable suceso que para muchos, a Dios gracias, no pasó de un fuerte susto, pero que para miles, en distintas zonas del país, especialmente en el noroeste, ha significado dolor, pérdida, un giro completamente inesperado en sus vidas.

El miedo, la incertidumbre, el caos… La vida se paraliza por un momento. Todo el daño alrededor nos recuerda lo frágiles y vulnerables que somos; nos muestra que las cosas pueden cambiar en tan solo 45 segundos, entonces nos asiste, en medio de esa mezcla de sentimientos, un profundo cuestionamiento: ¿Qué pasa cuando se experimenta la fragilidad y vulnerabilidad humana? Quizá podemos empezar por referirnos a un estado en el que muchos no quisiéramos estar, y qué además nos cuesta reconocer; no obstante, es una realidad: todos, en distinta magnitud, nos hemos “quebrado por múltiples razones, lo cual es humano, respetable y requiere su tiempo, el proceso de vivirlo. 

Por un instante somos conscientes de las diversas formas de ser y estar en el mundo, nada lineal, todo cambiante en medio de un entorno y contexto determinado; nada absoluto, todo sujeto a la incertidumbre de la misma vida; y, por ende, nada perfecto, todo expuesto a quebrantarse en algún momento, dejándonos en ese estado, frágiles y vulnerables, pero también con el reto de no cerrar el alma, el corazón y la mente a la esperanza, y entonces surge una nueva pregunta: ¿qué podemos aprender de la fragilidad y vulnerabilidad humana?

Hace menos de dos meses veíamos cómo nuestros hermanos venezolanos se enfrentaban a esta misma realidad, la catástrofe natural acabo con más de medio Estado de La Guaira, dejando miles de personas fallecidas, miles de heridos, múltiples vidas afectadas y un territorio irreconocible; hecho que nos conmovió profundamente. 

Ahora, Cali, Armenia, Pereira, Manizales, Chocó, viven un panorama similar, siendo los territorios más afectados de nuestro país. Podríamos en este momento hacer un ejercicio personal de preguntarnos a sí mismos por la sensación que esta situación de ambos países ha dejado en cada uno y, a su vez, comunitariamente reconocer aquel deseo de ayudar que empezó a emerger al percibirse el daño, el dolor, en el que quedaron inmersas todas estas familias. 

En ese sentido, ¿es acaso la fragilidad y vulnerabilidad humana un estado que posibilita la solidaridad y empatía?, ¿es esto reflejo de una humanidad que nos invita de manera silenciosa a no perder la esperanza y a cuidar ese impulso interno que nos mueve y da cuenta de una esencia buena en cada uno de nosotros?  Al respecto, vale la pena destacar que es un fuerte aliciente descubrir que la bondad nos sigue uniendo y que no conoce fronteras. En el ayudar descubrimos que somos capaces de dar, incluso lo que a veces ni siquiera sabíamos que teníamos para dar. 

Por un momento, todo aquello que venía siendo auge y motivo de discordia en nuestra sociedad parece pasar a segundo plano, y la unidad de muchas personas en favor de quienes más lo necesitan no ha dejado de gestarse de una forma tan natural que brota la propia esencia de humanidad innata en el ser: 

¡La bondad hace parte de nosotros!, y cuando se trata de ayudar a quienes sufren, las diferencias de pensamiento, credo, cultura, etc., pierden peso en medio de la discordia, para unirse en solidaridad. En la realidad del ahora, ¡todos somos uno, todos somos Colombia, todos somos una sola familia!
 

El Santo Padre Francisco nos dejó como enseñanza el valor de la fraternidad en su encíclica Fratelli tutti. La fraternidad como pilar fundamental de la construcción social y de la humanidad. Una sociedad que promueve la cultura del encuentro, que rechaza la indiferencia, que tiende puentes de humanidad para hacer el bien, es una sociedad que reconoce que por encima de las diferencias que claramente existen, prima el principio del bien común (DSI), más aún cuando estamos expuestos, cuando la fragilidad nos cubre.

Así mismo, el papa León XIV desde su enseñanza en Magnífica Humanitas nos habla de una civilización del amor, poniendo al servicio de quienes más lo necesitan aquellas herramientas tecnológicas que hoy en día hacen parte de nuestra dinámica cotidiana y que, si no desvirtuamos su uso, son un medio para hacer el bien. Inmersos en este panorama desolador, los medios digitales han sido plataforma para reconocer también la solidaridad y empatía de tantos y tantas que nos muestran cómo el amor moviliza a la unidad. 

La fragilidad y la vulnerabilidad no son estados ajenos a ninguno de nosotros, y en cualquier momento podemos vivirlos. Sin embargo, debemos saber que no tenemos que transitarlos solos; que es innato en el ser humano la bondad, y que en la libertad de la decisión propia de la persona, la ponemos a disposición cuando se trata de ayudar, acompañar y permanecer en medio de la dificultad. 

Hoy, seguimos reconociéndonos y mostrándonos en humanidad. Cada quien da lo que puede dar: un alimento, una bebida, su tiempo, dinero, un gesto de cariño expresado a través de un mensaje, una carta, una plataforma o medio digital para compartir información… ¡Cada quien se da en humanidad!, porque hace parte de lo que somos y, particularmente, para nosotros los creyentes hace parte de nuestra tarea como discípulos y misioneros.

En medio de la fragilidad y la vulnerabilidad todos somos uno. Hoy seguimos unidos en oración y solidaridad por nuestros hermanos.


*Por: Tatiana González Barrera, trabajadora social. 
Asistente Diaconía para el Desarrollo Humano Integral Arquidiócesis de Bogotá.

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