El bien germina ya…
Transcurría esa mañana como la de cualquier otro lunes. Las familias se alistaban para otra semana de labores; los niños para el estudio, los padres salían hacia su trabajo. De repente, siendo las 7:36 a.m. la tierra se sacudió con violencia. Durante dos eternos minutos las ciudades y los campos colombianos se estremecieron y las gentes se llenaron de pánico e incertidumbre ante lo que estaba sucediendo. Poco a poco conocimos, a través de los medios de comunicación, de las redes sociales, que un terremoto de 7.4 grados Richter había azotado buena parte de las regiones andina y pacífica del país. El sismo había dejado una estela de destrucción en amplias zonas del Eje Cafetero, Valle del Cauca, Chocó y Cauca. Colombia comenzaba a atravesar las consecuencias de una de las mayores catástrofes naturales de este siglo. Numerosos los municipios afectados, miles de construcciones averiadas y un inmenso dolor ante las vidas humanas perdidas, que después de una semana superan las 300; más de 200 personas aún desaparecidas.
Mucho que llorar dejó el inclemente terremoto en la mañana del lunes 10 de agosto, día que quedará en la memoria de la nación como uno de los más duros que hemos vivido. La totalidad de pérdidas humanas, familiares, económicas y emocionales de esta tragedia devastadora aún están por contabilizarse.
El trágico panorama que el sismo ocasionó hizo aparecer, al mismo tiempo, otra conmovedora realidad: Ante la magnitud de la tragedia el país entero se ha volcado solidariamente a la ayuda de los necesitados.
Primero fue la eficiente y abundante labor de los rescatistas. Miles de personas se hicieron presentes en las zonas afectadas, algunos profesionales, otros voluntarios, para salvar el mayor número de vidas posibles en las cruciales 72 horas posteriores al sismo. Luego, vino una cascada de solidaridad nacional en favor de las víctimas. Miles de toneladas de alimentos, ropa, elementos de primeros auxilios y aseo partieron desde todos los puntos del país hacías las regiones golpeadas. Cientos de caravanas con ayuda humanitaria están recorriendo las carreteras nacionales para llegar hasta la última población.
El recién estrenado gobierno nacional se puso también al frente de la crisis, visitando las áreas afectadas, creando puestos de mando unificado en diversas ciudades y estructurando un plan nacional de reconstrucción de las zonas devastadas. Asimismo, los empresarios se manifestaron haciendo generosas donaciones para ayudar a los damnificados y emprender prontamente la reconstrucción.
Como en toda ocasión de sufrimiento humano también la Iglesia católica se hizo presente. La Conferencia Episcopal lanzó la campaña “Con Colombia hasta el último rincón” en apoyo a las víctimas del terremoto. Las ayudas materiales, la atención humanitaria y el acompañamiento espiritual se han canalizado a través de las diócesis y parroquias afectadas.
La Arquidiócesis de Bogotá también activó su propia campaña de solidaridad, recogiendo ayudas materiales y dinero a través del Banco Arquidiocesano de Alimentos. Ya se han recolectado más de 320 toneladas de alimentos y víveres que se están distribuyendo a los damnificados. Al mismo tiempo, varias parroquias de la ciudad organizaron sus propios centros de acopio y campañas de solidaridad. Las innumerables ayudas se han ido recolectando abundantemente en diversas comunidades parroquiales, tanto en sectores populares como acomodados.
Todos los corazones se han ido dejando tocar por la alegría de la solidaridad para con quienes lo han perdido todo.
Pero la Iglesia arquidiocesana no solamente ha brindado su mano en ayuda material sino ante todo en asistencia espiritual. Por iniciativa del cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, se convocó la misión “Primeros Auxilios Espirituales”, una iniciativa que busca llevar asistencia espiritual, oración, escucha y cercanía a las comunidades víctimas del terremoto y a los sacerdotes que están al frente de ellas.
A esta bella propuesta respondieron con presteza 80 sacerdotes, quienes este martes, 18 de agosto, junto al cardenal y a sus tres obispos auxiliares: Alejandro Díaz, Edwin Vanegas y Germán Barbosa, han partido a hacer presencia en las diócesis más afectadas por la catástrofe: Pereira, Cartago, Buga, Buenaventura, Palmira y Cali. Corazones sacerdotales acompañando a los compatriotas que sufren, donde más se necesita, sin pedir nada a cambio. Se cumple una vez más las palabras del Evangelio: “Lo que han recibido gratis, denlo gratis”.
Siendo testigo de la admirable respuesta solidaria del pueblo colombiano, de su resiliencia, de su unidad para afrontar la adversidad, nos llega a la mente las sabias palabras del himno nacional, cuya letra fue compuesta por el presidente Núñez en 1850 : “En surcos de dolores, el bien germina ya”.
Ante el sufrimiento desbordado, más unidad, más trabajo, más generosidad. Esta vez, como otras tantas en el pasado, saldremos con la guía providente del Señor, ¡más unidos y más humanos!
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