Ha transcurrido un intenso mes desde el inicio de la Copa Mundial de Fútbol que culminó con una clara victoria del equipo español sobre el seleccionado argentino el pasado domingo. Cada cuatro años la fiesta del fútbol da la oportunidad al planeta entero para abandonar las rencillas políticas, sociales y hasta familiares y disponerse a disfrutar, a través del sano esparcimiento deportivo, de una contienda que se decide por habilidades, estrategia, fuerza, un toque de buen ánimo y suerte. Esta ocasión no fue diferente. Este inédito mundial, disputado en tres países diferentes, con la participación de 48 selecciones y 104 partidos jugados, ha sido el más largo de la historia, con la inclusión de países que nunca antes habían tenido parte en una justa mundialista. A pesar de las controversias en algunos arbitrajes polémicos y en decisiones en las que se cruzó la línea entre la política y el deporte, el mundial de fútbol continúa despertando interés generalizado y contribuyendo así a suavizar, al menos durante un período, los crecientes conflictos internacionales que aquejan el panorama mundial.
Esta ocasión sirvió para probar que sí es posible realizar un torneo de esta naturaleza en tres países contrastantes en historia y lenguas, acrecentándose así el fuerte intercambio cultural que caracteriza nuestra época. El experimento, que se ha considerado exitoso, es la plataforma de preparación para el próximo mundial que se disputará en seis países diferentes, de dos continentes, para conmemorar el centenario de realización de la primera Copa del Mundo.
El mundial se enriqueció con la presencia de más países, más culturas y geografías. Valga la pena recordar el fervor que despertó la selección nacional de Cabo Verde, no solamente por su desempeño futbolístico, sino por el esfuerzo humano y deportivo que implicó para un pequeño país insular en la costa noreste de África, habitado por cerca de 500 mil personas en condiciones de alta vulnerabilidad, avanzar en el torneo futbolístico más importante del mundo y enfrentarse con un honroso empate sin goles a la selección española, la ganadora de este torneo. La solidaridad internacional que despertó el desempeño de estos jugadores en el torneo es un buen ejemplo de como el deporte es capaz de promover relaciones libres de prejuicios entre pueblos distantes y hasta opuestos.
Sobre el desempeño de la selección nacional este torneo mundial dejó varias lecciones. Aunque el desempeño del equipo fue decoroso, la expectativa sobre los resultados fue más grande de lo alcanzado. Se hace necesario que la selección continúe el buen trabajo alcanzado, no solamente desde lo técnico sino sobre todo desde lo humano. Más trabajo en equipo, más fortaleza mental para afrontar retos crecientes, menos crítica para con los compañeros. Si los aprendizajes llevan a un fortalecimiento del trabajo en equipo de cara al futuro, se habrá hecho realidad la simpática frase del profesor Maturana ante la derrota deportiva: “Perder es ganar un poco”.
Por otro lado, el seleccionado español, coronado como el mejor del mundo en este certamen, se mostró fuerte desde el inicio, impactó con un juego contundente y con una actitud de alta competencia deportiva. Su entrenador, Luis de la Fuente, supo guiar al equipo con serenidad y discreción, mostrando un liderazgo que hace falta hoy inclusive en las altas esferas políticas. A sus dotes personales unió su experiencia como creyente, ya que en diferentes declaraciones a lo largo del torneo se mostró como católico practicante, hombre de profunda espiritualidad. Su claro liderazgo llevó al éxito al equipo español, aunque siempre sostuvo que la clave del triunfo fue el trabajo conjunto y no la acción de una figura individual. Una prueba más de que la fe en Cristo, en lugar de crear situaciones de aislamiento y fanatismo, es capaz de producir claridad de mente y corazón, dotes de liderazgo y empatía por los dones y necesidades del prójimo.
Muchas podrían ser las lecciones positivas que nos deja esta versión del mundial de fútbol. Tal vez la más grande es que a pesar de las diferencias de pensamiento, de cultura y de educación podemos tramitar las controversias pacíficamente y convivir con los diferentes cuando hay un objetivo común más grande que alcanzar.
En consonancia con la enseñanza del papa León1, gran amante del deporte, este “puede llegar a ser verdaderamente una escuela de vida, en la que se aprende que la abundancia no nace de la victoria a cualquier precio, sino del compartir, del respeto y de la alegría de caminar juntos” Ojalá, habiéndose terminado la contienda, podamos seguir promoviendo estos valores para que la paz desarmada y desarmante se consolide como nuestro gran objetivo mundial.
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1Carta del Santo Padre sobre el valor del Deporte. 06-02-26.
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