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Ruptura dolorosa

14 de julio de 2026
Imagen:
de referencia - La porte Latine.

Lamentable para todo el cuerpo eclesial resultó ser la decisión tomada por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por monseñor Marcel Lefebvre en los años 70, de ordenar cuatro obispos el pasado 1 de julio sin el mandato pontificio del Santo Padre. La celebración fue presidida por el obispo Alfonso de Galarreta y contó como primer co-consagrante con el obispo Bernard Fellay. Participaron de más de mil sacerdotes, religiosos y religiosos de la Fraternidad y 15 mil fieles, organizados en una gran tienda móvil instalada al lado de la sede del Seminario de la Fraternidad en Ecône (Suiza). El inusual acto, que rompe directamente la comunión con la Sede de Roma, vínculo de unidad universal para toda la Iglesia, repite el gesto realizado en 1988 por monseñor Lefebvre de consagrar cuatro obispos (dos de los cuales han sido los consagrantes actuales) en abierta oposición a la voluntad de san Juan Pablo II. En aquella ocasión, tanto Lefebvre como los obispos consagrados incurrieron en excomunión latae sententiae (es decir, sin necesidad de ser impuesta, automática) por haber realizado un acto grave en contra del derecho canónico y la unidad de la Iglesia. La excomunión fue levantada por el papa Benedicto en 2009 en medio de una gran polémica por unas declaraciones hechas en años anteriores por uno de los obispos ordenados negando el Holocausto judío. Sin embargo, Benedicto XVI continuó con decisión el proceso de reconciliación, abriendo espacios de diálogo con la Fraternidad e instándolos a adquirir compromisos doctrinales y disciplinarios para volver a la plena comunión con la Iglesia.

No se puede negar a la Santa Sede la mano tendida que ha tenido con los seguidores de Lefebvre tanto en pasadas ocasiones como en esta última desafortunada circunstancia. Desde la época de san Pablo VI no faltaron los diálogos para que el mismo monseñor Lefebvre y, luego, sus seguidores pudieran estar en plena comunión con el resto de la Iglesia. Todos los esfuerzos, incluidos los diálogos de buena voluntad establecidos por el papa León desde febrero de este año a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe para evitar las ordenaciones episcopales sin mandato apostólico, han resultado inútiles. 

Hasta las conmovedoras palabras del Papa expuestas en una carta dirigida al superior de la Fraternidad San Pío X días antes de las ordenaciones fueron desatendidas. En modo de súplica el Santo Padre pedía a la Fraternidad no lacerar la túnica de Cristo, demasiado maltratada por numerosas divisiones entre los creyentes a lo largo de los siglos. En vano fueron todos los esfuerzos y palabras. 

La Fraternidad respondió a los insistentes llamados del Papa al diálogo y a la reconciliación con una durísima declaración emitida al iniciar la celebración de las ordenaciones episcopales. En lugar de presentar el mandato apostólico del Pontífice, que no había sido emitido, sostuvieron que se veían obligados a realizar las ordenaciones sin la voluntad del Papa por el bien de la Iglesia (afirmación que, por cierto, raya en lo absurdo), para preservar el depósito de la fe en circunstancias extraordinarias y acusaron a las autoridades eclesiásticas, desde el Vaticano II hasta nuestros días, de estar imbuidas de un espíritu contrario a la fe y obrar contra la Tradición. Una desacertada declaración pública que consideraba en error abierto a toda la jerarquía de la Iglesia desde 1965 hasta hoy, incluyendo por supuesto, a todos los papas desde san Pablo VI hasta León XIV. 

La fuerte respuesta del Vaticano no se hizo esperar. Al día siguiente, mediante un documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe se confirmó la excomunión para los obispos ordenantes y ordenados por haber cometido un acto de naturaleza cismática. Igualmente, los sacerdotes pertenecientes a la Fraternidad San Pío X, así como los laicos adheridos formalmente a ella fueron declarados como cismáticos y excomulgados. 

La división, tan temida por León XIV, había llegado a su consumación definitiva. La nota aclaró también que todo sacramento celebrado por ministros pertenecientes a la Fraternidad es administrado ilícitamente y se exhortó a los fieles católicos a abstenerse de participar en cualquier celebración litúrgica presidida por los sacerdotes de la cismática Fraternidad. Esta importante exhortación debería ser tenida en cuenta por todos los católicos practicantes, sobre todo aquellos que buscan la celebración de la eucaristía en el rito antiguo en latín, para no incurrir en ningún tipo de comportamiento que lastime aún más la comunión eclesial.

Desde el inicio de su pontificado el papa León ha trabajado por fortalecer la unidad de la Iglesia, puesta muchas veces en riesgo por posiciones extremas adoptadas en los últimos años por algunos grupos eclesiales. Su disposición al diálogo y la comprensión para con la Fraternidad quedó más que manifiesta. Ahora queda en manos de la Fraternidad dar el paso hacia la unidad. 

El domingo anterior se dio un primer tímido gesto. Una carta del superior de la Fraternidad al Vaticano solicita la suspensión de los efectos del decreto y la revisión del mismo. Sin embargo, no existe por ahora ningún gesto de arrepentimiento del acto cismático ni ninguna petición de perdón por la oposición abierta a una decisión del Papa. Ojalá dicho paso se pudiera dar en el futuro cercano. Con todo, sin una disposición total a la obediencia para con el sucesor de Pedro y la aceptación de las disposiciones conciliares de acuerdo a la sana tradición de la Iglesia en su plenitud, se hace muy difícil que los seguidores de monseñor Lefebvre vuelvan a la comunión con la Iglesia. Amanecerá y veremos.


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