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Saber irse también es una forma de amar

8 de julio de 2026
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de referencia.

El Evangelio de hoy, tomado de san Mateo 10, 1-7 da cuenta de un aspecto muy importante que suele pasar desapercibido: Jesús, nuestro Señor, llama, forma, delega autoridad y envía. Él no monopoliza la misión, tampoco concentra todo en su persona, sino que hace algo mucho más difícil, comparte su autoridad. 

“Les dio autoridad”, una frase profundamente reveladora, dado que el Señor Jesús no entregó un simple cargo, sino delegó una misión. Él no buscó la adulación ni la admiración permanente de las personas, sino hombres capacitados para darle continuidad a su obra cuando Él no estuviese presente físicamente; pastores que apacentaran sus ovejas. He aquí una verdad revelada: el líder no concentra poder, sino que lo multiplica en sus colaboradores estableciendo funciones y responsabilidades de acuerdo con sus talentos. El maestro no está capacitando alumnos a perpetuidad, sino que forma nuevos maestros. 

El Señor Jesús sabía que se acercaba la hora de retornar al seno del Padre, y no temía de ello, porque aquel que ha sembrado bien no vive en angustia de dejar sus campos, confía en el proceso, confía en la semilla, confía en quienes ha formado, y, sobre todo, confía en la acción providencial de Dios. Su Santidad el papa Francisco insistió en numerosas ocasiones en esta sabiduría espiritual, hay que saber dar un paso al costado cuando llega el momento, porque es indispensable e imprescindible para la obra de Dios. 

La Iglesia, amparada por Dios nuestro Señor, ha existido durante siglos antes de nosotros, y seguirá existiendo cuando nosotros no estemos aquí. Comprender esta verdad no es sinónimo de detrimento para nuestra responsabilidad e importancia como miembros del cuerpo de Cristo, sino que nos libera de la vana ilusión de creer que el control de todo está en nuestras propias manos. He aquí un aspecto de vital importancia: existe una diferencia enorme entre servir y aferrarse. El servicio deja huellas, el aferrarse deja grietas, servir construye comunidad, aferrarse termina confundiendo la institución con el propio nombre. 

Quizá es esa la razón por la cual el Evangelio resulta incómodo e incomprensible para quienes conciben la autoridad como patrimonio personal. Jesús nunca se atornilló al poder como un caudillo, no necesitaba perpetuarse en el mismo, porque tuvo seguridad en la voluntad del Padre, de allí que resistiera la tentación del diablo en el desierto. Hay personas que se engañan creyendo que ante su ausencia, prácticamente, el mundo dejará de girar. Curiosamente el mundo continúa su marcha natural, y muchas veces las condiciones del mismo mejoran cuando otros reciben la oportunidad de aportar sus dones. 

Esta es una verdad dentro de la Iglesia, en el ámbito familiar, y en la vida pública. Los padres educan precisamente para que un día los hijos puedan seguir el derrotero de la vida solos. Si un hijo necesita perpetuamente la mano de su padre, algo ha quedado inconcluso en la formación de su carácter. Amar, significa también, preparar para la propia ausencia. 

Esto mismo ocurre con los sacerdotes, una parroquia no puede depender de forma exclusiva del carisma de un párroco, después de todo, el mejor pastor no es aquel que hace todo, sino aquel que logra que la comunidad eclesiástica descubra que también ella debe involucrarse como parte de la misión delegada por Dios. La autoridad pastoral es plena y armoniosa cuando logra generar corresponsabilidad y no dependencia. 

Esta también es una lección para quienes ejercen responsabilidades públicas. Gobernar no consiste en encontrar la manera de permanecer indefinidamente en un cargo, sino más bien, consiste en propiciar el fortalecimiento de las entidades institucionales. Una democracia logra su esplendor cuando las personas aceptan que sus roles son temporales, y que el bien común está por encima de sus intereses personales. 

Aquel que no sabe despedirse del poder lo entiende como una posesión, no como lo que en realidad es, una forma de servicio. 

El Señor Jesús nos enseña una lógica diametralmente opuesta al caudillismo: Él llama, forma, envía y confía. Jamás retiene, no compite con sus discípulos, tampoco les teme, sino que su grandeza radica precisamente en compartir su poder soberano con los demás. Tal vez es esta una de las pruebas más difíciles de la humildad cristiana, el alegrarse cuando otros continúan la obra, incluso mejor que nosotros cuando la recibimos. 

El Reino de Dios no depende de una sola persona, sino que depende de un Dios que sigue llamando, enviando y sosteniendo a quienes le responden con humildad y generosidad. Quien comprende esto descubre la grandeza de saber irse, y no la entiende como una derrota o como motivo de vergüenza. Es una de las formas más altas de la fe, porque solo aquel que confía plenamente en Dios puede soltar aquello que un día recibió por gracia providencial para servir, no para poseer. 


*Por: Pbro. Fabi Said Castro, párroco Santísima Trinidad - Arquidiócesis de Bogotá.
Vicerrector administrativo y financiero de la Fundación Universitaria Monserrate -Unimonserrate

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