Santa Sede: la IA es un verdadero progreso si está al servicio de la dignidad humana

«La verdadera medida del progreso no residirá en el grado de sofisticación de las tecnologías emergentes, sino en el hecho de que estén o no al servicio de la persona humana y del bien común». Este es el núcleo de la declaración que la Misión del Observador Permanente de la Santa Sede pronunció ayer, 13 de julio, en la sede de la ONU en Nueva York, durante una reunión del Consejo Económico y Social (ECOSOC) dedicada al tema «Hacerlo mejor: acelerar una acción urgente y transformadora para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el 2030».
Potencial y peligros de la IA
La delegación vaticana, siguiendo la estela de la encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, ha reiterado que la inteligencia artificial «tiene el potencial de acelerar los avances hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible, incluidos aquellos que se están revisando este año». Sin embargo, al mismo tiempo, si esta nueva tecnología llegara a «comprometer la dignidad de la persona humana», por muy «eficiente, rentable o innovadora» que fuera, no sería realmente una forma de «hacerlo mejor», sino que socavaría la propia visión del desarrollo sostenible esbozada en la Agenda 2030, según la cual la persona humana debe estar siempre «en el centro de todo esfuerzo de desarrollo».
El objetivo del desarrollo, según han aclarado los observadores de la Santa Sede, es la «liberación integral de los pueblos del hambre, las enfermedades, el analfabetismo y las privaciones». Un objetivo que solo puede alcanzarse, en el plano económico, mediante «una participación equitativa en los procesos globales»; en el plano social, con la «construcción de sociedades basadas en la solidaridad»; y en el plano político, reforzando «las instituciones democráticas que garantizan la libertad y la paz».
Un crecimiento económico aún disfuncional
Aunque el «crecimiento económico» ha sido «real» y ya ha aportado mucho, permitiendo que miles de millones de personas salgan de la pobreza extrema, sigue estando «marcado por graves disfunciones», como «el aumento de las desigualdades —tanto entre los países como en su interior— y la aparición de nuevas formas de pobreza». Al término de su declaración, la delegación de la Santa Sede en el Palacio de Cristal animó, por tanto, a «combatir estas disfunciones» y a reconocer la «dignidad inviolable de la persona humana», precisamente con el fin de mantener «los compromisos asumidos en materia de desarrollo sostenible».
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