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Dos hechos planetarios

13 de abril de 2026
Imagen:
de referencia - Vatican Media.

El pasado viernes la humanidad se unió alrededor del regreso a la tierra de los cuatro astronautas que hicieron parte de la misión espacial Artemis II, que dio la vuelta a la luna y mostró al mundo su cara oculta. Luego del riesgoso amerizaje y de haber recogido a los integrantes de la tripulación y llevarlos a sus evaluaciones médicas, la NASA declaró la misión como un éxito rotundo. 

La expedición marcó un hito en la historia de los viajes espaciales iniciados en el ya lejano abril de 1961 con la puesta en órbita de Yuri Gagarin, el primer ser humano en la historia en ver el planeta desde el espacio. Aunque la carrera espacial en la época de la Guerra Fría fue un campo de competencia entre las dos potencias del momento, la conquista del espacio se ha ido convirtiendo en un objetivo común de la humanidad; una de las poquísimas iniciativas que logran romper divisiones, agrupan a seres humanos disimiles en una sola meta y generan un sentimiento de orgullo y confianza en la capacidad de alcanzar grandes logros como especie. Así lo vivimos la semana pasada con Artemis II. Fueron 10 días emocionantes donde hombres y mujeres de culturas e ideas diversas se unieron en torno a un sueño común que todavía logra cautivar la imaginación de todos: la conquista del espacio. La misión logró dos objetivos nunca antes alcanzados: exponer al mundo el lado oscuro de la luna, nunca visto antes por ojo humano y homenajeado en canciones y poemas tanto modernos como antiguos. Por otro lado, hacer llegar a cuatro seres humanos (tres hombres y una mujer) al punto más lejano de la tierra, al que ninguna persona había llegado antes. 

Todos aplaudimos el titánico esfuerzo tecnológico y humano para alcanzar esta singular proeza y nos hizo soñar con que una humanidad unida si es posible. 

La tecnología puede ponerse al servicio de causas nobles y grandes y no solamente de la destrucción mutua. Por unos pocos días, Artemis II nos acercó al sueño de una humanidad sin divisiones ni conflictos, unida en torno a un propósito de bienestar común.

Así como la misión espacial debió regresar a la tierra, así también la humanidad debió regresar su mirada a los trágicos hechos cotidianos que nos rodean actualmente. La guerra en Irán continua, a pesar de los esfuerzos para instaurar una mesa de diálogo y de un precario cese al fuego entre las partes. En el medio oriente se sigue escuchando el ruido de las armas, ya que el permanente conflicto árabe-israelí se ha extendido al Líbano, donde ya se contabilizan más de 1.700 fallecidos. La guerra en Ucrania no encuentra tampoco una solución definitiva. A pesar de la tregua de Pascua declarada entre Moscú y Kiev, no se logra resolver el conflicto y callar el ruido de las armas. Igualmente, en el continente africano diversas confrontaciones bélicas persisten siendo la más grave la guerra en Sudán, que ya completa varios años causando millones de desplazados y miles de muertos. El panorama mundial en estos frentes no es nada alentador y pareciera no encontrarse una salida ante el desencadenamiento de tanta violencia fratricida.

El papa León, apóstol de la paz, viendo la gravedad de estas situaciones y temiendo el surgimiento de nuevos y más graves conflictos, llamó el pasado sábado en la plaza de San Pedro a una vigilia de oración por la paz mundial. Aunque se convocó primordialmente a creyentes católicos, la invitación también se dirigió a hombres y mujeres de todos los credos y geografías para que desde sus hogares y naciones implorarán el don de la paz para este mundo martirizado por la violencia. 

La voz del papa se levantó contra el rearme mundial y la prepotencia de los dirigentes que, con la lógica del lucro y del poder, pretenden conducir a los pueblos a la destrucción. En aquella tarde romana, el papa clamó con voz firme: “Hermanos y hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones: somos una sola familia que llora, que espera y que se levanta. Nunca más la guerra, aventura sin retorno; nunca más la guerra, espiral de lutos y de violencia”. 

El papa como profeta de la paz en nuestros días fue dura e injustamente criticado por quienes obedecen a la lógica de la violencia y del poder destructor. Sin embargo, sus luminosas palabras siguen resonando en los corazones como un llamado a buscar aquello que nos une, a superar las barreras, a poner empeño en la nunca fácil tarea de ser artífices de unidad. 

Que estos dos hechos planetarios, que nos han convocado alrededor de la técnica y de la oración, infundan en nuestras mentes la esperanza de que la humanidad nueva, traída por Cristo con su resurrección, sí es posible. Que las lógicas de muerte, división y odio no deben ni tendrán la última palabra.     


Dirección - elcatolicismo.com.co

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