Concluyó el domingo pasado la campaña por la primera vuelta presidencial en nuestro país. Los candidatos Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda fueron elegidos para disputarse la primera magistratura de la nación en tres semanas, el domingo 21 de junio, ya que ninguno de los dos logró obtener la mitad más uno de los votos, que es el requisito constitucional para declarar ganador en la primera vuelta electoral.
Fue una campaña caracterizada por un lenguaje pugnaz, opciones radicales y pocas oportunidades para el debate de ideas y programas. El voto mayoritario de los colombianos terminó decantándose por las dos alternativas políticas más extremas, ratificándose en las urnas la polarización que viene afrontando el país desde hace varios años.
Son numerosos los hechos positivos que arrojó esta jornada electoral. En primer lugar, el crecimiento en la participación, llegando a ser la elección presidencial con mayor número de votantes en la historia reciente de Colombia. Fueron casi 24 de millones de colombianos los que por medio del sufragio manifestaron su voluntad sobre el futuro del país. Por otro lado, y a pesar de las alarmas sobre la posibilidad de fraude, el trabajo de la Registraduría fue eficiente y transparente. Los resultados electorales se conocieron, gracias a un ágil preconteo, en menos de dos horas después del cierre de las urnas. Observadores internacionales como la MOE dieron una buena calificación al trabajo de la Registraduría y destacaron la coordinación entre los distintos entes del Estado y la Fuerza Pública para el éxito de la jornada.
Es necesario también destacar que la gran mayoría de los comicios se dieron en paz, sin grandes perturbaciones en el orden público. Ocurrieron algunas afectaciones en zonas rurales aisladas del país, pero en términos generales la presencia de la fuerza pública en los puntos de votación permitió que la jornada fuera vigilada y se diera en calma. Hay que resaltar igualmente el gran trabajo de los jurados de votación quienes, desde su responsabilidad ciudadana, cumplieron su papel a cabalidad y lo hicieron de forma amable y generosa.
No se pueden tampoco desconocer los lunares de la jornada. El hecho más grave de estas elecciones fue la declaración temprana del presidente de la República desconociendo los resultados arrojados en el preconteo y poniendo en tela de juicio los números que publicó la Registraduría. Esta insólita declaración fue posteriormente apoyada por el candidato del partido de gobierno, aunque en la mañana de este lunes la campaña de este candidato le bajó el tono a las acusaciones presidenciales, sosteniendo que hasta el momento no habían encontrado evidencia de irregularidades en el proceso. Si algún actor político tenía alguna duda sobre los resultados de los comicios esta debió tramitarse por el conducto regular ante las comisiones escrutadoras que avanzan en su discreto trabajo de conteo en todo el país con pruebas que sustentaran las supuestas irregularidades. Nada más perjudicial para la democracia que lanzar un manto de dudas sobre los resultados electorales sin presentar un sustento sobre esas denuncias.
Fue también lamentable el lenguaje agresivo e irrespetuoso que se utilizó a lo largo de toda la campaña, descalificando las propuestas de los rivales y llegando a atacar a su familia o trayectoria con planteamientos carentes de argumentos.
La polarización política que vive el país ha llevado a la crispación de los ánimos y al uso de un lenguaje desmedido que puede fácilmente degenerar en hechos violentos, expresiones de agresividad e insulto de los dos candidatos que se disputarán la presidencia en segunda vuelta.
Para comenzar a sanar las heridas de una sociedad fragmentada se hace necesario que los seguidores de las dos campañas no caigan en la trampa del lenguaje violento y destructor. Como nos invitó el papa León en la pasada Cuaresma: “Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad”.
Respeto hacia el que piensa distinto, sobre todo en el seno de la familia y del trabajo. Solo desde el respeto hacia lo diferente, hacia las instituciones, hacia las decisiones que no compartimos, se podrá cultivar la amistad social que tanto necesita el país.
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