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Editorial

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Ante las locuras de los políticos

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Concepto

Si se mira con cuidado cuáles han sido las medidas que la clase política ha logrado convertir en leyes y también las que pretende que lleguen a serlo, en Colombia, y en general en todo el mundo, está claro que reposan sobre una antropología y una idea del mundo, muy, pero muy lejanas del pensamiento cristiano.

Lo que han hecho los políticos en las últimas décadas es soltar las riendas a los ataques contra la vida en todas las formas posibles: aborto, eutanasia, consumo de drogas alucinógenas, construcción de muros de muerte para los migrantes de los países pobres, condescendencia con el crimen dándoles un ropaje de luchadores políticos, etc. Estos son en realidad los grandes enemigos de la humanidad, más que cualquier contaminación ambiental, capa de ozono rota, mal uso del agua.

En medio de este mundo seguimos presentes los cristianos. Y todos los días nos preguntamos cuál debe ser nuestro papel en este entorno realmente lejano de Dios. A veces se piensa que el ideal es luchar en la plaza pública contra la cultura moderna y sus mil deformaciones que atacan al mismo ser humano. Hoy en día la plaza pública se vive sobre todo en las redes sociales y allí no es fácil ganar espacio. Sin embargo, allí hay poco de escucha y sí mucho de violencia brutal.

La cultura actual de masas ya no es local sino universal. Y es una especie de mar embravecido con olas gigantes que arrasa todo a su paso y hunde hasta la nave más grande y mejor dotada para las tormentas. Cabe, pues, una reflexión profunda para dar respuesta a la pregunta sobre cómo seguir viviendo y siendo significativos en este ambiente tan contrario a los designios de Dios.

El cristianismo no nació ni creció haciéndose enemigo del imperio ni de la cultura. Nació y creció a partir de una persona que llamó a otras pocas “para que estuvieran con Él y para enviarlas a predicar”. La Iglesia tiene hoy una misión que, si bien no se puede llamar de refundación, sí tiene mucho de recuperar la metodología inicial. En palabra de Benedicto XVI, a hacer renacer la fe en el encuentro con esa persona, Jesús, no con unas ideas.

Es muy poco probable que los grandes discursos o enormes documentos de origen eclesiástico lleven a la conversión a muchos, sino que más bien tienden a consolidar a los ya iniciados en los misterios de la Salvación. Pero al pueblo sencillo, a la mujer y al hombre que recorren a diario los caminos de la vida, en medio de gozos y tristezas y que ya son bautizados, se hace necesario invitarlos de nuevo a el reencuentro con la persona y la Palabra de Jesús. Sin este paso inicial, que deje profundas huellas en el alma, serán presas muy fáciles del “león rugiente que busca a quién devorar”.

La tendencia a instaurar leyes cada vez más contrarias al cristianismo es creciente. La violencia y la persecución son cada vez más notables. Vivirán en la fe y también morirán en ella quienes tengan una relación viva con Jesucristo. Quienes tengan la conciencia iluminada por la Palabra de Dios. Quienes sean capaces de reconocer en la Iglesia el sacramento universal de salvación. Quienes perseveren en la fe, pues la perseverancia ha sido enunciada como causa de salvación. Quienes construyan su casa sobre roca y no sobre la arena que ofrece una cultura deshumanizada y casi al ciento por ciento desdivinizada.

La Iglesia que conserva el espíritu apostólico está llamada hoy en día a invitar, como lo hacía Jesús, a que la gente se siente en grupos para anunciarles la Palabra y darles de comer. Los cristianos no podemos seguir esperando que el Estado y los legisladores allanen el camino para construir la ciudad de Dios. El Estado y la cultura actuales son, en general, demoledores del proyecto de Dios. No caben lamentos. Cabe sí, un renovado esfuerzo de toda la Iglesia para anunciar las maravillas de Dios, uno a uno.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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