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Iglesia en salida: el don de Dios que se vuelve abrazo

27 de abril de 2026
Imagen:
de referencia - Centro Ambulatorio Medalla Milagrosa - Habitante de Calle/ Foto OAC.

A un año de la partida del papa Francisco, su llamado a construir una “Iglesia en salida” no solo permanece vigente, sino que se presenta como un desafío urgente. Más que un ejercicio de memoria, la conmemoración invita a encarnar sus enseñanzas en la vida cotidiana: abrir puertas, acortar distancias y hacer de la fe un gesto concreto de cercanía.

Francisco insistió en que la Iglesia está llamada a ser “siempre la casa abierta del Padre”, una comunidad donde nadie encuentre la frialdad de puertas cerradas. 

Lejos de una institución encerrada en sí misma, propuso una Iglesia semejante a una tienda de campaña, capaz de expandirse para acoger a todos, especialmente a quienes han quedado al margen. Esta visión hunde sus raíces en el Evangelio. El encuentro entre Jesús de Nazaret y la samaritana, narrado en el Evangelio de Juan (4,10), revela un Dios que toma la iniciativa, que se acerca sin prejuicios y que pide para poder dar. No es un diálogo del pasado, sino un espejo para el presente: allí se manifiesta el estilo de un Dios que rompe barreras y se hace cercano a quien más lo necesita.

En una cultura donde la indiferencia suele volverse costumbre, este mensaje resulta incómodo y profundamente necesario. La propuesta cristiana no se reduce a ideas o discursos, sino que se traduce en una espiritualidad de la cercanía: salir al encuentro del que está caído, del que quedó al borde del camino, del que ya no espera nada.

La experiencia de fe, en muchos casos, nace de gestos concretos. Un abrazo oportuno, una presencia que sostiene, una mano extendida en el momento justo. 

Es en esos encuentros donde la gracia deja de ser abstracta y se convierte en vida compartida. Así, la Iglesia deja de ser una idea lejana para convertirse en hogar, en comunidad que acoge y sana.

Decir “ya no estás solo” adquiere entonces un significado profundo. Es reconocer que, en el rostro del otro, se hace presente Cristo mismo. La misión no aparece como una tarea adicional, sino como una consecuencia natural de la fe: quien ha experimentado la misericordia no puede guardarla para sí.

Curar heridas, sin embargo, no es un acto inmediato. Requiere tiempo, paciencia y disposición para acompañar procesos. Supone abrir espacios incluso cuando la vida llega desordenada o marcada por el dolor. En ese acto de acogida se produce también una transformación personal: quien acompaña, a su vez, es transformado.

Este camino tiene además una dimensión social ineludible. La fe cristiana no puede desentenderse de la injusticia. La caridad auténtica se expresa en acciones concretas que dignifican la vida, restituyen derechos y ofrecen esperanza. No se trata de ideología, sino de coherencia con el amor que se profesa.

En este recorrido, la tradición cristiana recuerda la presencia constante de María, madre de Jesús, como modelo de disponibilidad y servicio. Su ejemplo invita a hacer espacio, a cuidar lo frágil y a sostener la esperanza incluso en medio de la incertidumbre y del dolor, claro ejemplo: nuestra Señora de los Dolores, quien ante el dolor permanece y acoge en sus brazos a su hijo roto por el pecado del mundo, signo este de la verdadera misión de la Iglesia, acoger, contemplar, abrazar y no juzgar.

En definitiva, el “don de Dios” no es una idea abstracta, sino una realidad que se encarna en la vida cotidiana. Recibirlo implica dejarse transformar y convertirse, a su vez, en signo de cercanía para otros. La pregunta que queda abierta es sencilla, pero exigente: ¿a quién estamos llamados hoy a salir a buscar?

Allí, en ese encuentro concreto, el Evangelio vuelve a hacerse vida, y la Iglesia renueva su rostro: una madre que acoge, cura y envía.

 

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*Por: Padre Juan Felipe Quevedo, párroco en Nuestra Señora de los Dolores - Barrio San Bernardo.

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