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La voz de la Iglesia en la vida política

24 de septiembre de 2026
Imagen:
de referencia.

La afirmación de Jesús: “Dad, pues, al César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21) permite reflexionar sobre la relación entre la Iglesia, el Estado y la vida política. Relación que al dar una mirada en retrospectiva ratifica el valor de conservar una sana separación.

Por esta razón, las palabras de Jesús ofrecen un criterio fundamental para comprender cuál es el lugar de la Iglesia en el mundo político. La Iglesia no puede vivir completamente al margen de la realidad social y política, porque está conformada por personas que participan de la sociedad y que, como ciudadanos, tienen responsabilidades, opiniones y posiciones políticas. El hecho de profesar una fe no convierte al creyente en un ser ajeno a la dimensión política de la existencia humana. Sin embargo, es necesario establecer una diferencia fundamental entre las opciones políticas personales de los creyentes y la misión de la Iglesia como comunidad de fe. 

Es así como un cristiano puede tener determinadas convicciones políticas y participar legítimamente en la vida pública. Mientras a la Iglesia, como institución, en su misión de anunciar el Evangelio y promover la dignidad humana, la justicia y el bien común, corresponde mantenerse al margen de la peligrosa identificación de la realización del proyecto de Jesús con una determinada ideología política.

Lo anterior partiendo de que ningún proyecto político humano puede identificarse completamente con el Reino de Dios. Todas las estructuras humanas son imperfectas y, por ello, pueden contener elementos que promuevan la justicia, pero también aspectos que generen exclusión, desigualdad, violencia o deshumanización.

El Reino de Dios tampoco puede entenderse únicamente como una realidad futura que comenzará después de la muerte. El mensaje de Jesucristo anuncia que el Reino ya está presente y actuando en la historia, aunque todavía no haya alcanzado su plenitud. Es una realidad que comienza a hacerse presente desde ahora y que encontrará su realización definitiva al final de los tiempos.

Por esta razón, la Iglesia vive en una tensión permanente: es una comunidad que pertenece a este mundo, pero que al mismo tiempo está orientada hacia una realidad que la trasciende. Su tarea consiste en hacer presente, en medio de la realidad humana, los valores del Reino de Dios: la justicia, la dignidad, la solidaridad, la verdad, el amor y la defensa de los más vulnerables.

Desde esta perspectiva, su independencia frente a los poderes políticos le permite denunciar aquello que atenta contra la dignidad humana, venga de la corriente política que venga. Al tiempo que es fiel a su función profética, que implica anunciar y denunciar: anunciar la dignidad de toda persona, la fraternidad, la justicia y la esperanza; y denunciar aquellas situaciones de injusticia, violencia, exclusión o vulneración de derechos que contradicen el Evangelio. 

San Juan Pablo II explicó que la denuncia de los males sociales forma parte de la evangelización en el campo social, pero subrayó que debe estar vinculada al anuncio, pues es el Evangelio el que le da su fundamento y sentido. Así, la Iglesia no está llamada a sustituir a la sociedad ni a asumir responsabilidades políticas que corresponden a los ciudadanos, sino a iluminar las realidades sociales desde la fe, formar las conciencias y defender la dignidad humana, especialmente allí donde esta se encuentra amenazada.

En este sentido adquiere especial importancia la imagen del atalaya, evocada por San Gregorio Magno a partir de las palabras del profeta Ezequiel: “Hijo de hombre, te he puesto como atalaya en la casa de Israel”. El atalaya permanece en un lugar elevado para observar lo que ocurre y advertir a quienes están bajo su cuidado cuando aparece algún peligro. De la misma manera, la Iglesia busca observar la realidad con una mirada iluminada por el Evangelio y alzar su voz cuando reconoce aquello que amenaza al ser humano.

"Dar al César lo que es del César” significa, entonces, reconocer el ámbito propio de las responsabilidades civiles y políticas, sin permitir que estas ocupen el lugar que corresponde a Dios. Y “dar a Dios lo que es de Dios” significa reconocer que la dignidad humana, la justicia y la verdad están por encima de cualquier proyecto político o interés particular. Recordar que ninguna autoridad humana puede apropiarse de aquello que pertenece a Dios. 

Su voz puede generar incomodidad, incomprensión e incluso persecución. Sin embargo, esto no debe ser entendido necesariamente como un fracaso. Seguir a Cristo implica también asumir el riesgo de confrontar aquellas realidades que contradicen el proyecto de Dios para la humanidad.

“La Iglesia no es una ONG, sino una historia de amor” (papa Francisco, homilía Domus Sanctae Marthae, 24-04-13) Ella debe ser fiel a su misión espiritual de llevar el amor de Dios a todos, en particular, a los más necesitados.

La verdadera paz, la verdadera justicia y el verdadero desarrollo encuentran su fundamento último en la dignidad de cada persona y, desde la fe cristiana, en el reconocimiento de Cristo como aquel que revela plenamente la verdad sobre el ser humano.

 

 

 

 

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