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Vasos de barro

28 de abril de 2026
Imagen:
de referencia.

Hemos celebrado el domingo anterior la tradicional Fiesta del Buen Pastor, donde el Señor Jesús se nos presenta como aquel que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas. Aquel pastor lleno de amor se refleja, aunque de forma insuficiente, en aquellas personas que cuidan del rebaño de Cristo, que lo alimentan con su Palabra e intentan conducirlo hacía su encuentro. Podemos aquí mencionar diferentes servicios al interior de la comunidad cristiana: el de los catequistas, quienes instruyen a los niños, jóvenes y adultos en la fe; el de los maestros, quienes con su empeño educativo indican el camino a seguir para las nuevas generaciones; el de los padres y madres de familia quienes, con cuidados y esfuerzos, forman a sus hijos para ser creyentes y ciudadanos de bien en medio de una sociedad cada vez más desafiante. 

Desde los tiempos de la primitiva comunidad cristiana se ha asociado la imagen del pastor a los guías espirituales de las comunidades católicas en todo el mundo: el Papa, pastor universal; los obispos, cabeza de sus respectivas diócesis; y los sacerdotes que como cooperadores del ministerio episcopal hacen presencia de Cristo en cada territorio parroquial. Y es sobre todo a los sacerdotes a quienes los fieles espontáneamente identifican con Cristo, único buen pastor de la Iglesia y de cada persona.

Es así como, siguiendo esta antigua tradición, fueron muchas y sentidas las manifestaciones de afecto y agradecimiento del pueblo de Dios a sus sacerdotes el domingo pasado, y muchas las oraciones elevadas para que cada vez más los ministros reflejen los pensamientos y las actitudes del Maestro.

Sin desdeñar el gran valor que otorga el pueblo católico a sus sacerdotes, ellos siguen siendo hombres envueltos en sus propias fragilidades y luchas. En palabras del gran Pablo de Tarso: “llevamos este tesoro en vasos de barro” (2 Co 4,7). Ningún sacerdote, por muchas virtudes que posea, está exento de afrontar crisis, dudas, pecados. Todos los creyentes vivimos la llamada a la santidad montados desde la misma barca: nuestra precaria condición humana. 

El ministro ordenado, gracias a Dios, es un caminante, siempre en búsqueda, necesitado del Señor y de escuchar su voz; en proceso de conversión hacia la plenitud del amor de Dios. Nunca es un superhéroe que está en un nivel superior que sus hermanos en la fe y que tiene el derecho de juzgar, como desde un pedestal, las fragilidades humanas, porque como dirá la carta a los Hebreos respecto al Señor Jesús: “Él mismo está sometido a la fragilidad” (cf. Hb 4,15).

Debido a esta fragilidad, el sacerdote debe ser también cuidado y acompañado, sostenido en medio de las asperezas de un mundo altamente secularizado. De ahí la constante necesidad de la oración por nuestros ministros, de expresarles nuestra cercanía y de tenderles una mano y un oído comprensivo en sus situaciones de vida, sobre todo en los momentos más difíciles. 

La Iglesia como madre que es, viene también preocupándose cada vez más por acompañar de forma más cercana a sus sacerdotes. No solamente en su formación inicial en el seminario sino sobre todo en el crecimiento de su ministerio a lo largo de cada una de las etapas de la vida. 

Nuestra Arquidiócesis de Bogotá ha ido también acrecentando la conciencia del cuidado del presbítero en sus diferentes fases de ministerio y durante los últimos años. Ha ido proponiendo más espacios para que el pastor reciba también las suficientes herramientas para cuidar su persona y servicio. Es aquello que desde el campo psicológico se ha venido llamando el “cuidado del cuidador”.

Las asambleas vicariales, encuentros anuales donde se reúnen diferentes grupos de sacerdotes de varias vicarias episcopales para compartir un tema formativo, intercambiar experiencias de misión y compartir fraternamente, se han ido constituyendo en espacios privilegiados para ejercitar este cuidado del cuidador. 

Ahora que la Arquidiócesis entra en un nuevo ciclo de asambleas por vicarias auguramos que estos espacios sean momentos de auténtica renovación espiritual y personal para que nuestros pastores reemprendan su camino evangelizador, en medio de las luchas y cansancios propios de su misión.

Las dolorosas acusaciones contra clérigos, escuchadas en medios de comunicación en los últimos días, nos hacen reflexionar sobre la necesidad de sostener la misión sacerdotal con la oración del pueblo de Dios, y continuar fortaleciendo los procesos de acompañamiento al ministro ordenado en su fragilidad. 

Así, los presbíteros podrán llegar a ser, en palabras del papa León en la ordenación de sacerdotes el domingo anterior en Roma: “no solo buenos sacerdotes sino también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social”. 


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