Dentro de pocos días se concluirá el periodo de Gustavo Petro como presidente de la República. Ha llegado pues la hora del cierre de un cuatrienio que propuso un cambio radical de rumbo en el manejo político, social y económico del país.
Con el fin de sus días en la Casa de Nariño, el presidente debe afrontar ahora los balances sobre su gestión. De antemano hay que mencionar que ningún programa de gobierno, por más estructurado que sea, logra cumplir la totalidad de las metas que se ha propuesto. Y es que no se puede desconocer que cualquier emprendimiento humano, incluido el de cualquier gobernante, por más bien ejecutado, se encuentra expuesto a falencias, a inevitables efectos negativos que escapan a cualquier tipo de cálculo; el caso de un periodo presidencial no es la excepción. De ahí que, al afrontar la evaluación de este cuatrienio, deban tenerse en cuenta tanto los aciertos como los errores. Cualquier valoración que no tenga presente estos dos lados de la balanza incurrirá necesariamente en una injusticia histórica.
Vale la pena también mencionar que es extremadamente raro el caso donde los aciertos y los desaciertos se equilibran perfectamente. La balanza, generalmente, se inclina más hacia un lado que hacia el otro, partiendo de esta realidad queremos hacer un llamado desde este espacio para que este balance se haga con la necesaria calma, libre de apasionamientos y aludiendo no a las opiniones sino a los hechos.
Los antiguos griegos solían establecer una útil distinción entre doxa (opinión) y episteme (conocimiento). En el caso del examen de una labor presidencial, con todos sus claros y oscuros, es bueno recordar que esta valoración debe hacerse sobre datos ciertos, hechos, acciones, estadísticas imparciales y no sobre opiniones ni mucho menos filiaciones políticas pasionales. Alcanzar la total neutralidad en este ejercicio de parece, a la luz del polarizado ambiente político que vive el país, una obra titánica, casi utópica. Aun así, es indispensable intentarlo para el bien del país.
En estos días se han venido presentando ya diferentes tipos de apreciaciones sobre el gobierno que se cierra. Un gran número de ellas, hasta el momento, destilan una fuerte dosis de ardor partidista, cargando excesivamente las tintas hacia un lado u otro de la balanza y no permitiendo un análisis sosegado de los datos y del estado general de la nación, cuatro años después de la promesa del cambio.
El propio presidente entregó un balance excesivamente positivo durante el discurso del 20 de julio ante el Congreso, sin dar respuesta a decisiones altamente cuestionables en sectores claves para el país como el de la salud, la seguridad o el energético. Es previsible que un jefe de estado defienda frente a la opinión pública su obra de gobierno hasta el final. Sin embargo, también es deseable y sano que ese mismo jefe de Estado tenga la grandeza de aceptar y reconocer aquellas decisiones o acciones en las que se ha equivocado. Este ejercicio, equilibrado y democráticamente loable, no empequeñece la calidad del gobernante, al contrario, la ennoblece y le da credibilidad.
Ojalá al presidente saliente le quedara espacio en su discurso para este necesario ejercicio de auto-crítica.
Al final, como a cada gobernante será el juicio de la historia el que establezca la calidad de su obra de gobierno. Este juicio lo realizará el estudio de los resultados que irán saliendo a la luz de la mano del tiempo, que hace siempre aparecer el esplendor de la verdad.
También, la palabra de Dios nos invita a esperar con paciencia la sentencia de la historia. “Por sus frutos los conocerán”, decía el Señor Jesús, refiriéndose al discernimiento sobre la calidad de sus discípulos. Igualmente podríamos aplicarlo a esta evaluación de gobierno.
La antigua sabiduría bíblica nos invita al juicio ponderado y tranquilo, cuando nos recuerda que hay un tiempo para cada cosa y para cada acción aquí en la tierra (Qo 3,17). Dejemos entonces que con sabiduría y tiempo aparezca el certero dictamen sobre las obras de un gobierno que deja mucho por discutir.
Fuente Disminuir
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