El viernes 8 de mayo, Fiesta Litúrgica de la súplica a Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, se celebró el primer año de la elección del papa León XIV. El Pontífice conmemoró este primer aniversario visitando el santuario de Pompeya. En la explanada frente a la Iglesia, celebró la eucaristía y pronunció unas conmovedoras palabras de agradecimiento a la Virgen por este aniversario, poniendo bajo su protección su vida y ministerio petrino.
Múltiples podrían ser los temas de análisis sobre este primer año del pontífice norteamericano. Esta conmemoración se ha prestado para escuchar todo tipo de voces que buscan analizar las acciones y palabras del Papa desde el ámbito político, administrativo, histórico o social. Sin embargo, como él mismo lo afirmó en uno de los vuelos recientes al continente africano: «no soy un político, soy un mensajero del Evangelio y un constructor de paz». Es precisamente bajo estos dos aspectos que se debe leer este primer año de pontificado: bajo el prisma de la misión de anunciar el Evangelio y contribuir la superación de los conflictos. Dos tareas indispensables que León ha sabido afrontar con valentía y al mismo tiempo, ponderada prudencia en sus acciones y palabras.
Su primera y prioritaria misión ha sido efectivamente proclamar de nuevo la buena noticia del amor de Dios desde la Cátedra de Pedro. Ha sido la tarea prioritaria de todo Pontífice, desde Simón Pedro, confirmar a sus hermanos en la fe (cf. Lc 22,32). En el caso específico del papa León, esta misión de preceder a la Iglesia en el anuncio de la fe y sostenerla se ha caracterizado por la búsqueda de la unidad para que la buena noticia de Jesús pueda ser más creíble en nuestro contexto multicultural y posmoderno.
El papa León se ha empeñado en reconstruir heridas abiertas y en superar polarizaciones por temas doctrinales y disciplinarios que se fueron profundizando al interior del cuerpo de la Iglesia, sobre todo, durante los últimos años del pontificado de Francisco. Sin entrar en polémicas estériles, el Pontífice ha tenido un oído abierto para escuchar a todos los sectores, ha adoptado una actitud de suma prudencia y delicadeza en sus palabras y ha propiciado espacios de encuentro con representantes de múltiples corrientes eclesiales.
En un mundo que tiende a posiciones irreconciliables y que promueve pugnas que conducen a radicalismos peligrosos, el trabajo artesanal de cuidado de la unidad en la fe y en el amor que el Pontífice viene haciendo, constituye una palabra de profecía tanto dentro como fuera de la Iglesia. La unidad de los discípulos con su Maestro y entre ellos mismos viene pedida por Jesús en su gran oración sacerdotal antes de su pasión (cf. Jn 17,21) para que el mundo pueda creer que las palabras y acciones de los creyentes transmiten la verdad. Es, por tanto, condición indispensable para que el testimonio cristiano tenga validez en nuestra sociedad. Bienvenidas, pues, todas las acciones que el papa León ha realizado en este año para salvaguardar y promocionar la unidad entre todos los creyentes en Cristo. Así ese trabajo sea delicado y silencioso, es indispensable para que la Iglesia realice adecuadamente su misión.
Por otro lado, el Papa se ha empeñado desde los primeros momentos de su pontificado en el balcón de las bendiciones en la Basílica de San Pedro en ser un promotor de la paz. No de una paz que parta de acuerdos frágiles o engañosos entre las partes en conflicto sino de una paz humilde y sincera, de una paz que él ha calificado como “desarmada y desarmante”. Esta paz, que en realidad es la paz que brota de un corazón reconciliado con Dios y con los demás, es la que León ha ido promoviendo con sus gestos y palabras en el escenario internacional.
En un contexto geopolítico donde los tambores de guerra han vuelto a sonar con fuerza y se han hecho sentir con terror tanto en Europa del Este como en África y en Oriente Medio, el Papa se ha mostrado como un apóstol de la reconciliación y un promotor del diálogo, invitando a romper la inacabable espiral de violencia que destruye miles de vidas humanas y quebranta el futuro de los pueblos.
En la figura de León, haciendo una vigilia de oración por la paz en la plaza de San Pedro, llamando a los países a buscar el diálogo, se refleja en nuestras mentes el clamor pasado de grandes pontífices en favor de la paz mundial, como el de Pío XII antes del estallido de la segunda guerra mundial o el de san Juan XXIII, quien intervino para evitar la posible confrontación nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En la voz de León hoy resuena la sabiduría milenaria de la Iglesia en evitar los conflictos bélicos y construir juntos caminos de reconciliación. ¡Nunca más la guerra!, ha sido el mensaje consistente del Papa desde su primera oración del Regina Coeli ante los fieles, pocos días después de su elección.
Oremos para que el ministerio del papa León continúe construyendo caminos de unidad y de paz, para que su empeño tenga eco en los corazones de muchos hombres y mujeres y para que su figura profética siga teniendo la sabiduría y discreción que nuestra Iglesia y nuestra sociedad requiere. Desde estas páginas le deseamos muchos años más de servicio alegre a nuestro querido santo padre León.
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