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La bella y necesaria devoción a la Virgen María

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Aleteia

Uno de los grandes tesoros de la fe cristiana es el amor a la Santísima Virgen María. No solo ha sido una devoción a lo largo de los siglos de la vida de la Iglesia, sino que ha perdurado por encima de muchísimas vicisitudes que han tenido los seguidores de Jesucristo a lo largo y ancho del planeta.

Y también por encima de las corrientes que recorren la Iglesia por dentro y que, en ocasiones, podrían dar a entender que era cosa de otro tiempo, pero realmente nunca ha sido así.

Tal vez ninguna realidad en la Iglesia goce de tanto afecto como el amor a la Virgen María, y ninguna devoción ha tenido jamás la protección más decidida que la dada por el pueblo cristiano a la veneración que se le profesa a la madre de Jesucristo y madre de Dios. Realmente la devoción a la Santísima Virgen es parte integral de la vida de la Iglesia y debe serlo también de todo cristiano.

A la raíz de esta bella devoción no hay unos simples sentimientos o gustos personales. En realidad, lo que hay en su base es la comprensión clara del lugar que la madre de Jesús ha ocupado y ocupa en la historia de la salvación.

Desde su elección; pasando por su fiat, un sí vigoroso a la voluntad divina; su entrega total y su acompañamiento hasta la cruz, la resurrección; y después su vida con los apóstoles, todo en ella no hace sino reflejar que había sido escogida con un claro propósito por Dios para una misión única e irremplazable. Es en esta raíz en donde el pueblo cristiano ha visto sin asomo de duda que María es, no solo un gran don de Dios, sino una intercesora, la mejor de todas, para quien busca a Jesús y para quien desea encontrar el modelo más acabado de discipulado cristiano.

De no menor calado son la humildad y la fortaleza que caracterizaron la vida de esta joven mujer que hizo de la voluntad de Dios y de la de su propio Hijo, el mejor modo de vivir su fe hasta la eternidad.

En efecto, fue desde la humildad de reconocerse la servidora del Señor que María pudo entregar toda su vida al servicio de los planes de Dios, para que su Hijo pusiera su morada entre los hombres y mujeres de todos los tiempos. Y con su fortaleza recorrió el camino completo de una misión que, desde sus inicios, estaría marcada por una espada atravesando su corazón de madre y su vida de creyente.

Dos virtudes –humildad y fortaleza- que le permitieron convertirse para el pueblo cristiano en un ejemplo inmejorable de amor a Dios y de respuesta concreta a su llamado.

María es el mejor ejemplo para toda la Iglesia de las enormes y buenas consecuencias que se siguen cuando una persona se entrega de lleno a Dios y realiza a cabalidad la misión recibida. Por eso, la devoción a la Virgen María, fomentada con especial empeño en el mes de mayo en toda la Iglesia, es de la mayor importancia pues acerca con nitidez a los fieles a quien, siendo llena de gracia, también puede interceder por todas las personas que acuden a ella.

El Santo Rosario recoge de manera muy especial, también muy bíblica, todo el amor que en la Iglesia se profesa por María y permite hacer de ella la mejor manera de encontrar a Jesús en los momentos más importantes de su vida en el mundo.

Hacen bien los cristianos fomentando la devoción a la Santísima Virgen María en su vida personal, familiar, parroquial, veredal, y donde quiera y se pueda, pues de esta manera se hacen presente a Jesús, salvador, el único, de toda la humanidad.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
Fuente:
Dirección-El Catolicismo
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