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La fórmula de la Evangelización

23 de diciembre de 2022
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Aunque se pueda buscar y, en algunos casos, creer tener, lo cierto que ni el mismo Señor la entregó. Hubo mandato de anunciar, consejos para los apóstoles, porque se sugirió la prudencia de las serpientes y la sencillez de las palomas. En san Pablo vinieron el arrojo, se nos enlistan las armas de la luz, pero hasta él mismo experimentó el fracaso del anuncio. En definitiva: nadie tiene la fórmula de la evangelización. Ninguna clave, ninguna frase mágica que abra todos los corazones de todos los tiempos: el kerigma, la Buena Nueva, no se pasma, no se deja acorralar: viene vivida, asumida y luego entregada.

Cada siglo, con sus vicisitudes, ha marcado en la Iglesia un ritmo distinto, empujando a encontrar cauces por los que pueda proponerse, con mayor fuerza, la alegría de la fe. Para eso sí hace falta entrega, creatividad, recursos, pero sobre todo sumisión al Espíritu, que es el que propone e inspira.  Es así como, por ejemplo, los cursillos de cristiandad, las reducciones jesuíticas, las universidades eclesiásticas, los predicadores itinerantes, etc., respondieron a su contexto.

En nuestros días asistimos a una era de deshielos, que nos desafía a volver a proponer la fe a masas descristianizadas. Y alguno puede objetar que la masa sigue siendo cristiana, aunque con una fe incipiente. Ese es precisamente el inconveniente, que tras la masa puede esconderse el intimismo. Además, dar por supuesta la fe nos corta las alas para proponerla y madurarla.

A propósito, hace unos años, el papa Benedicto XVI decía: “la fe es siempre y esencialmente creer junto con los otros. Nadie puede creer por sí solo. Recibimos la fe mediante la escucha …y la escucha es un proceso de estar juntos de manera física y espiritual”. Si bien esta tampoco es la fórmula, nos puede dar luces de cómo vivir la fe hoy, porque en el cómo se vive depende el cómo se propone.

Sinteticemos. La fe tiene un paradigma: la fe como Camino. El pueblo de Israel caminaba – como lo hizo Abraham- y unido fue conociendo a Dios cada vez más íntimamente.

En el camino la fe avanza y se acompaña. ¿cómo sostener el avance y la compañía? ¿cómo proponer, frente a una religión que termina siendo herencia de prácticas, la iglesia como pueblo peregrino que va madurando las certezas del amor de Dios? La respuesta podría estar en las pequeñas comunidades de iniciación cristiana, cualquiera de ellas, pero -hablo de lo que conozco- sobre todo en el catecumenado. Ojo, no me limito a hablar del Camino Neocatecumenal, pero también hay que decir que es una aplicación acorde con lo que la Iglesia consideró prudente ante las mareas de paganos pidiendo el bautismo.

El catecumenado en pequeñas comunidades sintetiza un esfuerzo, condensa una práctica pedagógica de la Iglesia: para llegar a ser cristianos es necesario ser ayudado. Entonces, ¿ante las masas entrando a la Iglesia, catecumenado? ¿Ante las masas saliendo de la iglesia, catecumenado? Si, de modo que la Iglesia adulta vaya introduciendo al hombre - progresivamente, como una inmersión, en lo que ella confiesa de Cristo.

Para poder entender la iniciación cristiana en pequeñas comunidades hace falta superar una concepción triunfal de la evangelización, concentrada en las conversiones súbitas, las asistencias dominicales, aquella que en vez de contar cristianos cuenta bautizados. Es entrar en una visión humilde de nuestros esfuerzos, confrontados aún con el fracaso, y la verdad es que los curas, (no todos por supuesto) estamos poco formados para eso.

No se forman pequeñas comunidades para que en una parroquia resulten catequistas y demás agentes de pastoral. Nace una comunidad que tendrá que ser alimentada en su niñez, con paciencia y discernimiento, porque vienen y necesitan ser formados antes de formar. Al principio no se ve ganancia, todo es inversión.

En pequeñas comunidades la familia deja de ser el Target de una campaña publicitaria-evangelizadora. La transmisión de la fe a los hijos es garantizada por las herramientas que le entrega la Iglesia a los padres: la catequesis antes de ir a la eucaristía, la introducción paulatina a los niños en la liturgia, la dignidad de la vivienda, etc., van garantizando no solo vivir la paternidad como vocación, sino también el que los niños vayan asumiendo las riquezas del Evangelio, porque su ambiente permite que la fe, que ha recibido en el bautismo, sea custodiada y fortificada. No se trata entonces de que la catequesis de primera comunión sea la iniciación cristiana, se trata de que la fe sea el ambiente en el que crezca.

En esta misma línea, puede entenderse la vida como vocación: al matrimonio, al sacerdocio, a la vida consagrada…, quien crece en la escucha de la Palabra, quien entiende su realización como ofrecimiento, puede también disponerse a vivir su vida según los designios de Dios.

En otras palabras, la vocación es la respuesta que debe ir madurando, y la familia cristiana propicia su escucha humilde.

Por último, es necesario centrar la formación por la Palabra de Dios. En ocasiones corremos el riesgo de pautar la formación con recursos demasiado ajenos a la vida de las personas, con cartillas que por su número sepultan, y que en ocasiones nada saben de la vida interna de la comunidad. Es necesario poner en medio de las pequeñas comunidades la antorcha de la Palabra de Dios, con celebraciones litúrgicas en las que los cristianos puedan escuchar la voz del pastor, de modo que vayan alineando su vida, sin violencias, con la voluntad de Dios.

Las comunidades cristianas serán - ¡ya lo han sido para muchos! - como un Templo, allá donde se reúnan, brillarán como un faro que llama y antoja a los extraviados … Sus hijos serán, no el futuro de la Iglesia, pero sí la Iglesia futura. Serán, en últimas, apóstoles, si logran hacer exclamar a quienes los miran: “¡mirad cómo se aman!”

Fuente:
*Por: Pbro. Jesús Arroyave Restrepo, párroco en Santa María Micaela y San Mario - Capellán del Liceo San José
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