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Jesús sube al cielo, va al Padre

17 de mayo de 2026
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San Mateo, no dice una palabra sobre la Ascensión al cielo. Su Evangelio termina con una escena de despedida en una montaña de Galilea y la promesa del Señor de estar siempre con ellos hasta el fin del mundo.

San Marcos 16: Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

San Lucas 24, 50: Después los sacó hacia cerca de Betania y, alzando las ma-nos, los bendijo, Y sucedió que mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado al cielo.

San Juan 16: Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre, y vosotros estáis tris-tes. Os conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo. Su tristeza se convertirá en alegría y nadie se las podrá quitar.

Los Hechos de los Apóstoles 1: Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos. Una descripción que recuerda las teofanías o manifestaciones de Dios que narra el libro del Éxodo.

Así como ha descendido, ahora Jesús asciende, Jesús se sienta a la diestra del Padre.

Ascensión es el retorno al Padre, es la entrada en la gloria definitiva, es la consumación del sacerdocio de Cristo, es el triunfo universal de Cristo. Re-surrección, exaltación, ascensión, sentarse a la derecha de Dios, expresan la misma realidad: Jesús vive ya en el misterio de Dios.

Jesús se despide de los Apóstoles, los bendice; ellos regresan llenos de gozo a Jerusalén a esperar la promesa del Padre, el Espíritu Santo. Entonces empezará su misión, la ser testigos de la Buena Nueva en toda la tierra.

La Ascensión es el final de una etapa y el comienzo de otra. Se abre un tiempo nuevo, una hora nueva: la de la comunidad cristiana, la hora nuestra, la de la Iglesia, la del anuncio de la Buena Nueva del Evangelio, la de la predicación, la del testimonio de la fe en Jesucristo resucitado, la de la construcción del Reino de Dios en la tierra y en el tiempo. El Reino de Dios queda, por así decirlo, en nues-tras manos.

Terminada la presencia histórica de Jesús, empezamos a vivir el tiempo del Es-píritu. El Espíritu Santo nos dará la luz, el coraje, la sabiduría para continuar en el tiempo la obra de Jesús.

Para esta tarea necesitamos lucidez e inteligencia históricas. El Señor confía en nosotros, sus discípulos; pero esa confianza implica una tarea inmensa; ser testi-gos de la resurrección y verdaderos anunciadores de la Buena Nueva del Evangelio de Jesucristo. El Espíritu Santo será quien ilumine y guíe a la Iglesia, y nos dé a todos la fuerza, la inteligencia, la intrepidez para dar, hoy y mañana, testimonio de Jesucristo.

Celebremos la Ascensión del Señor con nuestro pensamiento y nuestro corazón puestos en el cielo, en la contemplación del rostro de Dios, en ser semejantes a Él. Sí, pero no olvidemos que esa visión la alcanzaremos si mientras estamos en este mundo, en esta patria nuestra, damos testimonio de la justicia de Dios y de su amor por nosotros. Si lo hacemos como ciudadanos, en el amplio mundo de la política, de la economía, de la educación, de la justicia, de la familia.

Contemplar a Cristo glorioso da sentido pleno a nuestra vida y nos estimula a ser testigos con la fuerza que viene de lo alto, es decir, del Espíritu Santo. El poder de Dios se manifestó en Cristo resucitándolo y sentándolo a la derecha del Padre en el cielo.

P. Carlos Marín G

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