Es cierto, Jesús ha criticado duramente los más altos dirigentes judíos. Con sus parábolas los ha herido en carne viva. Ellos reaccionan, urden un complot. La cuestión es delicada porque tiene al mismo tiempo carácter político y fondo religioso, y era para ellos de gran trascendencia.
Jesús recibe elogiosas palabras de saludo; es una trampa bien pensada. Lo podrán acusar de rebelión contra Roma, pero Jesús no cae en ella; más bien, los desenmascara: “Lo que es del César, devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios”. Ellos viven esclavos del sistema, reconocen y defienden la soberanía del emperador.
Jesús sitúa así la cuestión a un nivel mucho más profundo. No pone a Dios y al César al mismo nivel. Afirma la primacía de Dios. Así les descubre su hipocresía. Mostrando la dimensión religioso-política del impuesto y de las monedas que usan: lo que a Él le importa son los derechos de Dios.
Pues bien, devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que solo Él es el Señor. Y si el ser humano es la imagen de Dios, tal como lo recuerda el libro del Génesis sobre Él, sobre el pueblo, no cabe ninguna pretensión de dominio absoluto.
Los fariseos hablan de “pagar” al César, Jesús habla de “devolver” la moneda al César. Devolvédsela y quedaréis libres del dinero; así podréis adorar al Dios verdadero y darle lo que es suyo. El hombre, el ser humano, solo a Dios debe someterse.
Jesús no divide en mitades la vida del ser humano. Una pertenecería a la esfera del César: la material y económica, la otra: la espiritual y religiosa, a la esfera de Dios.
Su mensaje es otro: ningún César, ningún Imperio, puede sacrificar lo que pertenece a Dios. Los pobres, los excluidos, los hambrientos son de Dios, de nadie más. Jesús no vino a la tierra a ponerse al servicio del emperador de Roma, sino a hacer posible la justicia de Dios entre sus hijos e hijas. Todos ellos llevan en sí mismos la imagen de Dios; por eso pertenecen a Dios. Dios está por encima de cualquier César, y éste no puede nunca exigir lo que pertenece a Dios: El ser humano es “imagen de Dios” y su dignidad de hijo de Dios no puede quedar sometida a “ningún César”.
En otras palabras, lo que Jesús hace es proclamar la soberanía de Dios. Por eso agrega: no podemos servir a dos señores. Dar a Dios, Señor del universo, lo que es suyo. Lo canta el Salmo 24. Los pobres son de Dios, los pequeños son sus predilectos, el Reino de Dios les pertenece.
Concluyamos: que a nadie se le ocurra erigirse en un pequeño dios. Que ser buen discípulo de Jesús y el ser buen ciudadano colombiano lo asumamos siempre con humildad, rectitud de conciencia y voluntad firme de trabajar por el Reino de Dios sirviendo a los hermanos.
*Padre Carlos Marín G.
Fuente Disminuir
Fuente






