“La fe se cultiva en la vida cotidiana”

En medio de una sociedad marcada por cambios acelerados, nuevas dinámicas familiares y profundas preguntas sobre el sentido de la vida, la Iglesia en Bogotá decidió detenerse, escuchar y fortalecer su caminar junto a las familias.

Desde muy temprano, el sábado 9 de mayo, los pasillos de la Fundación Universitaria Monserrate (Unimonserrate) comenzaron a llenarse de distintos rostros. Familias, niños, niñas, adolescentes, jóvenes, sacerdotes, religiosos, religiosas, animadores de la evangelización, movimientos apostólicos, comunidades eclesiales y parroquiales, provenientes de las vicarías episcopales territoriales y de parroquias que conforman la Arquidiócesis de Bogotá; así como de las diócesis hermanas de Engativá, Fontibón y Soacha, arribaron, en un ambiente de alegría y fraternidad, para hacer parte del Simposio liderado por la Diaconía para la Esperanza de esta iglesia particular.

Más de 350 personas respondieron a la convocatoria, bajo el lema: “Salir al encuentro: la fe en los nuevos escenarios de la familia”. Una jornada que buscó reconocer los desafíos que hoy viven las familias y descubrir nuevos caminos para anunciar el Evangelio en la vida cotidiana, en sintonía con el Camino Discipular Misionero, en este “tiempo para cultivar la fe”.

La jornada inició entre cantos, abrazos y el servicio silencioso de decenas de voluntarios que desde las seis de la mañana preparaban cada detalle. El ministerio musical 'Tierra Fértil' animó los primeros momentos del encuentro, mientras los asistentes tomaban asiento para la Eucaristía de apertura, presidida por el cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá.
“Las familias están llamadas a ser lugar de una fe viva”
En la monición inicial resonó una convicción que atravesaría toda la jornada:
"Nuestras familias están llamadas a ser lugar de fe viva, no acomodada, sino valiente; encarnada y misionera. Celebramos esta Eucaristía para renovar nuestra identidad: discípulos que caminan, disciernen y salen al encuentro, incluso en medio de las resistencias del mundo actual".

Retomando las lecturas del día, el cardenal Rueda Aparicio invitó a reconocer en las familias “la alegría de la diferencia”, entendiendo que precisamente allí, en medio de las distintas maneras de pensar, sentir y vivir, se construye la riqueza del hogar.
En vísperas del Día de la Madre, el purpurado elevó una oración especial por ellas —las madres —, y destacó su papel como primeras catequistas y sembradoras de fe.
“Me alegra que las familias acompañen en la fe a niños y jóvenes”, expresó durante la homilía.
También recordó que la Arquidiócesis de Bogotá continúa fortaleciendo procesos de iniciación cristiana para adultos no bautizados, invitando a quienes aún no han recibido los sacramentos a acercarse a la formación en la fe.
Dirigiéndose a los jóvenes, inspirado en la exhortación apostólica Christus Vivit, del papa Francisco, les recordó que “Cristo vive, los ama, los llama y los envía”. Y a quienes consideran que las nuevas generaciones están desconectadas o indiferentes, pidió cambiar la mirada: “No hablen mal de los jóvenes. Acompáñenlos, escúchenlos, caminen con ellos”, exhortó.

El cardenal insistió, además, en que el matrimonio también es una vocación y subrayó la necesidad de construir una auténtica cultura del encuentro y del cuidado en el hogar, en la Iglesia, en la comunidad y en cada lugar de acogida.
“El Señor nos llama a todos. Seamos discípulos misioneros valientes”, animó.
Finalmente, encomendó a las familias a la Virgen María: “Ella, que fue llamada y enviada, acompañe la vida de las familias”.

“Cuna de sinodalidad”
Finalizada la eucaristía, monseñor Daniel Delgado Guana, vicario episcopal de Evangelización, en su saludo a los participantes en el Simposio, invitó a comprender la sinodalidad no como un concepto lejano o complejo, sino como una experiencia profundamente humana y cotidiana que nace en la familia.
Con un tono cercano y pedagógico, pidió no tener temor frente a una palabra que hoy ocupa un lugar central en la vida de la Iglesia.
“No le tengamos miedo a la palabra sinodalidad”, manifestó al tiempo que explicó que “la sinodalidad no es un montón de actividades, es una espiritualidad que tiene su lugar natural en la familia”.
Refiriéndose a la enseñanza de la Iglesia sobre la familia como “Iglesia doméstica”, precisó que es en el hogar donde se aprende naturalmente la comunión, la escucha, el diálogo y la participación. “En la familia se da naturalmente la comunión, porque allí confluyen seres humanos”.
Monseñor Delgado destacó que el hogar es el primer espacio donde se vive la fe compartida, donde se aprende a escuchar al otro, a deliberar, a llegar a acuerdos y también a perdonar.
“La familia es el lugar, la cuna del encuentro, del diálogo, de los acuerdos, de los compromisos mutuos, del perdón”.
En esta línea insistió en que la participación no comienza en estructuras o reuniones eclesiales, sino en la vida concreta del hogar: en la manera como padres, hijos, abuelos y quienes comparten el mismo techo construyen relaciones basadas en la escucha y la corresponsabilidad.
“Es el lugar natural de la participación. Allí uno aprende a participar como miembro de la Iglesia (...) La familia es el primer espacio misionero, en el que nace el anuncio de la fe, y desde allí se proyecta hacia la sociedad”, añadió.
"La misión comienza allí, en el núcleo, pero se abre generosamente como testimonio de vida hacia el vecindario y hacia los demás lugares donde se desarrolla la vida”.
“Con unos padres convencidos de su fe comienza la misión hacia los hijos, transmitiendo la fe, orando juntos, yendo al templo juntos”.
Evangelizar también implica arriesgarse
En el segundo momento central del encuentro, el auditorio se convirtió en espacio de reflexión pastoral con la ponencia del padre Ricardo Pulido, encargado de la Diaconía para el Desarrollo Humano Integral, director general del Sistema Educativo Arquidiocesano de Bogotá - SEAB, quien propuso tres claves para comprender hoy la evangelización: búsqueda, riesgo y posibilidad.
La primera, explicó, nace de reconocer que toda persona está en permanente búsqueda. “Evangelizar es salir al encuentro del otro, de sus sueños, de sus deseos, de sus esperanzas”, señaló.
La segunda categoría es el riesgo. Para monseñor Pulido, la Iglesia no puede evangelizar desde la comodidad.
“Salir al encuentro significa ir a espacios donde a veces no somos bien recibidos, donde no entendemos los lenguajes, donde nos sentimos frágiles. Pero hay que arriesgarse”, afirmó.
Y la tercera categoría es: posibilidad. Una evangelización entendida no como un conjunto de normas, sino como una manera concreta de vivir el amor de Cristo: “Siempre habrá posibilidad de construir algo diferente en las personas, en las parejas, en las familias y en la sociedad”.
Más adelante, durante el conversatorio con la hermana Magda Cruz, responsable de la Diaconía para la Esperanza; el padre Johnier Montoya, coordinador del Servicio Arquidiocesano de Evangelización de la Familia; y el padre Juan Miguel Blandón, asesor para la Infancia, adolescencia y juventud de la Diaconía para la Esperanza, se profundizó en los desafíos y posibilidades de la evangelización hoy en la vida de los niños, jóvenes y familias.
Se destacaron tres actitudes fundamentales para acompañar a las familias: acogida, cuidado y anuncio.
“Acoger al otro tal cual es, no como yo quisiera que fuera”, insistió.
Añadió que el anuncio cristiano no se sostiene únicamente con discursos: “El Evangelio se anuncia con la vida”.


“Que nadie se sienta excluido”
Uno de los acentos más fuertes del encuentro fue precisamente el acompañamiento cercano a las realidades concretas de las familias.
El padre Johnier explicó que la Iglesia reconoce hoy la urgencia de salir al encuentro de las nuevas realidades familiares.
"Las familias necesitan un mensaje que ilumine su identidad cristiana en medio del mundo”, expresó, agregando que “la Iglesia siempre ha tenido como identidad el cumplimiento de la misión que Cristo le encomendó: Vayan a todo el mundo a predicar el Evangelio, a llevar su mensaje de esperanza. Y destinatarios principales de este anuncio son las familias (…) especialmente en los contextos actuales, con tantos cambios y transformaciones, haciéndose mucho más necesaria una salida más cercana, que recupere la esperanza, que le vuelva a dar a las familias el sentido de la vida”.
Tras referirse a los desafíos actuales como las crisis familiares, las nuevas configuraciones del hogar, el descenso demográfico, la educación y la transmisión de la fe, insistió en que el Evangelio sigue siendo una buena noticia para todos.
“Ninguno se puede sentir excluido. Es un Evangelio que acompaña procesos, que tiene paciencia y misericordia”.
El sacerdote explicó que la Arquidiócesis de Bogotá viene desarrollando un proceso integral de pastoral familiar a través de 14 programas de evangelización dirigidos a jóvenes, novios, matrimonios y familias en distintas circunstancias de vida.
Sobre el encuentro precisó: “Queremos que las familias se vayan con el gozo del Evangelio, con una fe vivida y experimentada en familia”.
Jóvenes que buscan ser escuchados
Mientras los adultos participaban en la ponencia y el conversatorio, los adolescentes y jóvenes vivían espacios propios de reflexión y escucha.
En uno de los salones, varios carteles colgados en las paredes recogían frases que parecían tocar silenciosamente la vida de muchos:
- “A veces mi familia no me entiende”.
- “Creo en Dios, pero no siempre sé cómo vivirlo”.
- “Me cuesta mostrar lo que siento”.
- “Me siento más yo en redes que en la vida real

La actividad, titulada “Dios habita mi realidad”, invitó a adolescentes y jóvenes a reconocer cómo viven la fe en medio de sus emociones, relaciones, redes sociales y proyectos de vida.
Algunos confesaron sentirse más auténticos en redes sociales que en la vida real. Otros hablaron del miedo a equivocarse, de la presión por definir su futuro o de la dificultad para expresar lo que sienten en sus familias.
“Es importante que los jóvenes sientan que la Iglesia también comprende sus luchas”, comentaba una de las animadoras del encuentro mientras observaba a varios adolescentes compartir experiencias en pequeños grupos.

También se dispuso un lugar para los más pequeños con actividades que permitían expresar sus sentimientos y percepciones iniciales ante la vida en familia y la fe. Con plastilina, colores y actividades lúdicas, niños y niñas también fueron acogidos con especial cuidado y atención en este encuentro arquidiocesano.
Anunciar el Evangelio con cercanía, creatividad y ternura
Para la hermana Magda este simposio es fruto de un camino que la Iglesia arquidiocesana viene construyendo desde hace varios años. Y ha sido una maravillosa “oportunidad de encuentro, diálogo, escucha, en la que pudimos reconocer los signos de vida que siguen brotando en nuestras comunidades y, al mismo tiempo, dejarnos interpelar por las preguntas y desafíos de este tiempo”, precisó.
La religiosa subrayó que la Iglesia necesita acompañar hoy a las familias porque es allí donde se forma la sociedad y donde se aprende a amar.
“Muchas familias están fragmentadas porque han perdido el centro. Queremos ayudarlas a volver a Jesús (…) Hoy queremos mirar la realidad no desde el miedo, sino desde la esperanza; no desde la distancia, sino desde la cercanía; no desde respuestas prefabricadas, sino desde la convicción de que cada persona, cada familia, cada, niño, joven, adulto… lleva en el corazón una búsqueda profunda de sentido, de amor y de Dios.”, afirmó.
Y añadió: “La familia sigue siendo esa fuerza propulsora para que la sociedad y la Iglesia sigan caminando en el amor, en la verdad y en la justicia”.
Bendición y envío misionero
Al cierre la jornada distintos signos de fe y hogar fueron compartidos por los niños y jóvenes, al tiempo que las familias compartían un momento final de fraternidad, recibían la bendición y asumían con compromiso su envío misionero.
El simposio fue más que un espacio académico, se constituyó en una experiencia eclesial, atravesada por preguntas profundas, escucha mutua y esperanza compartida.
En medio de tantas transformaciones culturales y sociales, la Iglesia arquidiocesana reafirmó una certeza: la fe sigue encontrando hogar en las familias cuando hay acompañamiento, cercanía y testimonio. Quizás esa fue la imagen más significativa del día: una Iglesia que no espera inmóvil, sino que sale al encuentro.
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