El pasado domingo hemos vuelto a escuchar en todas las eucaristías el conocido episodio de Jesús respondiendo astutamente a sus adversarios sobre la conveniencia de pagar tributo al César o no. La pregunta, aunque adornada de una atractiva alabanza de su persona, guardaba en sí un veneno mortal. Si hubiese afirmado la obligatoriedad del tributo se hubiese convertido en enemigo de la multitud, que odiaba a los opresores romanos y a sus inmediatos representantes tributarios, los publicanos. Si negase el pago del impuesto, automáticamente se declararía en oposición política a Roma y cometería un crimen gravísimo contra el imperio, que lo haría blanco de una persecución por parte de las autoridades. La hábil respuesta de Jesús a la pregunta tramposa sigue resonando a lo largo de los siglos y aún hoy es causa de profunda admiración: “Devuélvanle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21, Mc 12,17; Lc 20,25). Cada uno en su lugar y a cada uno lo que le corresponde.
La astuta réplica de Jesús ha moldeado la actitud de generaciones de cristianos a lo largo de la historia frente al poder político: Ni condescendencia absoluta ni total desentendimiento. El creyente, como parte activa del cuerpo social, está obligado por el mismo hecho de su fe a participar de la construcción de la comunidad política. Esto implica, por ejemplo, el pago puntual de los impuestos que corresponden, la toma de posturas definidas en medio del debate político, el deber de ejercer el voto frente a las múltiples propuestas democráticas y, en fin, todo lo que conlleva ser un ciudadano que activamente busca participar en la sociedad.
Por otra parte, el creyente sabe que la suprema autoridad no la controla quien detenta el poder político, sea de la tendencia ideológica que sea. El máximo poder viene de lo alto, de Dios, que es fuente de toda autoridad. Cualquier mandato en este mundo, aunque respetable, es de carácter transitorio y efímero. La conocida frase de Jesús implica reconocer abiertamente la soberanía divina sobre cualquier otro tipo de autoridad temporal. En palabras del gran Pablo de Tarso: “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Flp 3,20). Esta actitud de libertad interior, fruto de la experiencia cristiana, frente a la divinización o absolutización del poder político, ha producido en la historia una pléyade de mártires. Desde las épocas del Imperio Romano hasta el nazismo y el comunismo, hombres y mujeres testigos de la verdad han entregado su vida física por no doblegarse ante el poder divinizado que pretende someterlo todo y controlarlo todo.
El alma cristiana siempre se ha mostrado más noble y luminosa que cualquier tirano, por muy potente que este aparentemente se presente. Las sagradas escrituras están llenas de ejemplos de esta libertad interior: Judit frente a Holofernes, Ester frente a Amán, Daniel frente a Nabucodonosor.
Escuchando de nuevo la propuesta de Jesús, se nos plantea volver a repensar el papel del creyente en la sociedad política actual. No puede ser un rebelde sin causa, un anárquico, un incendiario que se opone a la construcción social. Tampoco un obsecuente adulador del poder, que aprueba todo lo que se le propone sin espíritu crítico o que entrega su conciencia por el sostenimiento de un régimen o un líder político.
El creyente es, ante todo, una persona que ejerce su actitud responsable con la nación, sabiendo que su fidelidad está ante su Señor, que lo ha salvado con su muerte y resurrección y no ante un gobernante ni ante un partido político.
Recientemente escuché a un joven plantear a un obispo en una de las visitas pastorales a las parroquias de la Arquidiócesis una retadora cuestión. Quería saber por qué Colombia, siendo un país tan católico, ha producido tanta violencia, actitud abiertamente contraria al Evangelio. Podrían ser múltiples las respuestas, pero seguramente será necesario que en el futuro tengamos más Jesús y menos política, más reflexión interior y menos discurso ideológico, más espiritualidad y menos pasión.
Que vuelvan a resonar con fuerza en los corazones las estremecedoras palabras de Jesús para que las nuevas generaciones sufran menos violencia y tengan más libertad.
Fuente: Dirección - elcatolicismo.com.co
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