No se los dijo una sola vez, sino tres: “No temáis”. El miedo que traerá consigo la persecución, deberán ser capaces de superarlo gracias a una cálida y vehemente exhortación a la confianza, a no tenermiedo. La verdad es que Jesús se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en la mente y en el corazón de las personas.
Tomemos conciencia de que el Evangelio tiene una fuerza incontenible porque es Palabra de Dios; por eso debemos anunciarlo con convicción, alegría y libertad. Como evangelizadores tendréis una fuerza interior, que nada ni nadie podrá resistir. Si de verdad tenéis confianza en Dios, nadie será capaz de quebrantarla. Será el Padre del cielo el que cuidará de todos los que anuncian la Buena Nueva. Si sabéis dar testimonio de Mí, Yo daré testimonio de vosotros ante Dios Padre.
No basta, pues, con no tener miedo, tenemos que ser valientes en el ejemplo de vida y en la predicación. “Lo que os digo de noche, díganlo a pleno día”. Se los dijo a los Apóstoles, nos lo dice a nosotros. No importa que unas personas, un partido político, o un Gobierno, nos rechacen, nos insulten, nos maltraten, nos condenen.
“No tengáis miedo...tenéis un Padre”, vosotros valéis mucho más que los gorriones que Él cuida. Para Dios cada uno de nosotros es único y a cada uno nos necesita. Cada uno vale mucho más de lo que imagina, y mucho más de lo que otros puedan pensar. Se los dijo al oído para que penetrara bien en su corazón, y nos lo repite hoy a todos los hijos de la Iglesia.
Los cristianos no podemos, pues, caer en la evasión ni en la pasividad, ni en la resignación, ni tampoco en una falsa prudencia en la predicación del Evangelio. El miedo nos hace daño, mucho daño. Tenemos que aprender a vivir y a predicar el Evangelio, el Evangelio, no otra cosa, confiando siempre en Dios, y como auténticos testigos de la fe y del amor de Dios.
Les confieso que a mí me llena de alegría y de confianza el pensar en un Jesús dedicado a liberarnos del miedo, a sus discípulos del poder de Roma y a nosotros, en el hoy de nuestra historia patria, de todas nuestras angustias, dudas y temores al tomar decisiones y asumir responsabilidades. Lo propio de quien cree en Dios no es la cobardía y la resignación, sino la audacia y la creatividad tanto en el anuncio de la Palabra, como en la vivencia de la misma. Con cuánta fuerza hablaba a cada enfermo: “Ten fe, mi Padre no se ha olvidado de ti”.
Hermanos: que el miedo no nos paralice en el compromiso con la Nueva Evangelización, en la diaria predicación, en la defensa de la fe, de la verdad, de la justicia, de la vida, del el valor y dignidad de la persona humana.
En una palabra, demos testimonio de nuestra fe en Dios, esa fe que llena nuestro corazón de fuerza y sabiduría para no eludir los desafíos; trabajemos sin descanso y sin miedo para que en esta patria nuestra reinen por fin el Reino de Dios y su justicia.
*Padre Carlos Marín G.
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