El Señor Jesús no cesa de infundir esperanza y ánimo a sus discípulos. Y lo hace con estas parábolas que narra el Evangelio de san Mateo: la de un hombre que sembró buena semilla en su campo; la de un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; la de la levadura que una mujer amasa con tres medidas de harina.
El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, y el campo es el mundo. El Reino que ha comenzado con su vida y con su Palabra. Esa presencia del Reino es por ahora como un germen, como una semilla, como un grano de mostaza, como la levadura introducida en la masa, pero lleva dentro una fuerza transformadora irresistible; ya está presente y crecerá. Así es el Reino de Dios.
Dios obra desde dentro de la masa, en el corazón de los hombres. De esta manera los pone a pensar en su condición humana, en el trigo y en la cizaña que crecerán juntos. Así crecerá su Iglesia. El Reino de Dios necesita para su realización del trabajo y de la acción de sus discípulos, de todos en la Iglesia, pero una acción constante, valiente, paciente, siendo fermento de humanidad en el corazón del mundo.
Nosotros solemos buscar a Dios en lo espectacular y prodigioso, cuando deberíamos hacerlo en lo pequeño e insignificante. Porque Dios está trabajando de manera permanente en el mundo, en el corazón de cada uno de nosotros como seres humanos, hijos suyos.
Jesús no recurre a la idea o metáfora del “cedro” que podría ciertamente hacernos pensar en algo grandioso y poderoso, sino a la semilla de mostaza, que por ser la más pequeña de todas, sugiere la idea, no de una Iglesia poderosa y fuerte, que se impone por la fuerza, sino en una Iglesia que ama y sirve. Así es el Reino de Dios.
Jesús no vino ni viene a nosotros a imponer su poder como sí lo hacía el emperador de Roma, viene a transformar la vida desde nuestro interior de manera callada y muchas veces oculta. Dios cambia y transforma; no se impone, no domina; nos atrae. Por eso mismo no tenemos que soñar ni imaginar cosas extraordinarias, sino estar atentos a lo pequeño, a lo de cada
día. Tenemos que ser humildes, es decir, dejarnos transformar por Jesús, y que la fuerza del Evangelio anime nuestra vida, y así ser fermento de un mundo nuevo, verdaderamente humano.
Toda la actividad de Jesús en la Galilea nada tuvo de espectacular; solo gestos de bondad, de misericordia, de compasión, de justicia. Lo mismo debemos hacer nosotros en el hoy de nuestra patria.
Nos lo dice Jesús en la parábola de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. La levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla por completo. Así sucede con el Reino de Dios.
Es la fe en Dios, es la fuerza del Evangelio la que debe trasformar nuestro estilo de vivir, de trabajar, de amar, de servir, de perdonar. Hacernos crecer en humanidad: eso es lo que Dios quiere. El Reino de Dios es un fermento de humanidad.
¿Y nosotros, somos de verdad un fermento de humanidad?
*Por: Padre Carlos Marin G.
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