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Formación

#397DFF

Liturgia - Atestiguar cómo la luz vence en nosotros las tinieblas

13 de diciembre de 2020
Liturgia
La liturgia de este domingo, llamado ‘Gaudete’ por la antífona de entrada de la Misa (Filipenses 4, 4-5: «Gaudetein Domino» –gócense en el Señor–)

Pone ente nosotros un ingrediente primordial de la vida cristiana: la alegría. El papa Francisco nos lo ha recalcado en su primera exhortación apostólica, que se inicia precisamente con estas palabras: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús». Para la Iglesia, que por estos días viene acogiendo la gracia del Adviento, la proximidad del encuentro con Jesucristo despierta en ella una firme esperanza, aun en medio del dolor del mundo.

En nuestro trabajo de estas semanas de Adviento, hace ocho días la liturgia de la misa orientó nuestra contemplación hacia el desierto como el lugar óptimo para forjar nuestra condición de profetas y así descubrir el camino del Señor; en este domingo los textos nos presentan el modelo de la vocación y misión de profeta realizado en la persona de Juan el Bautista.

En la primera lectura de la misa de hoy (Isaías 61, 1-2a.10-11) el profeta es presentado como portador de buenas noticias –del Evangelio–, al tiempo que se aclara que su misión es el fruto de la presencia del Espíritu de Dios en él. El encuentro con el amor de Dios en la intimidad, en el desierto, impulsa al profeta a anunciar la alegría de la liberación. La toma de conciencia de esta proximidad de Dios es el manantial de la acción evangelizadora (Evangeliigaudium, 8).

El texto de san Pablo que escuchamos en la segunda lectura (1Tesalonicenses 5, 16-24) es otra invitación a la alegría; la alegría unida a la oración y a la acción de gracias son necesarias para que no se apague el Espíritu y con ello que no se extinga en nosotros el don de la profecía. Dicho de otra forma, la alegría, la oración y la acción de gracias son necesarias para mantener la comunión con el Espíritu y así discernir para elegir lo bueno. 

El texto del evangelio está conformado por dos partes tomadas del capítulo primero del evangelio según san Juan (1, 6-8.19-28). La primera parte pertenece al poema con el que el evangelista inicia su escrito, en la segunda tenemos el testimonio del mismo Juan el Bautista.

El poema prólogo del evangelio según San Juan se abre presentando la obra de Dios y del Logos en el mundo en términos de la victoria de la luz sobre las tinieblas, de ahí se pasa a presentar la necesidad de alguien que atestigüe esta victoria, alguien elegido para que diera «testimonio de la luz». Con este propósito Dios envía un hombre llamado Juan, él es el profeta con la misión de proclamar la presencia de la luz en el mundo para que todos los hombres lleguen a la fe.

Esta primera parte del evangelio de la misa de hoy, que la entendemos referida a la vocación del profeta, reafirma también que la vocación surge de la intimidad de Dios: «Surgió un hombre enviado por Dios». De manera similar el evangelio según san Juan dice también del envío del Hijo y del envío del Espíritu Santo. El domingo pasado los textos de la liturgia nos llevaban a comprender que el profeta –el hombre de la sabiduría divina– se acrisola en el desierto, en lo que para la Escritura es la situación de la íntima proximidad de Dios. 

La misión del profeta tiene su origen en Dios mismo y por ello su vocación va tomando forma en la hondura fecunda de la oración. Nosotros, que hemos sido consagrados profetas en el bautismo, necesitamos convencernos de que nuestra vida cristiana no se puede seguir nutriendo solamente de devociones, la nueva evangelización precisa de profetas que en la íntima proximidad de Dios lleguen a comprender su propia existencia como victoria de la luz sobre las tinieblas. Los nuevos evangelizadores serán hombres y mujeres que han llegado a descubrir cómo Dios está realizando su proyecto de salvación en cada ser humano.

La segunda parte del evangelio nos ofrece el testimonio explícito de Juan el Bautista ante los encuestadores enviados por las autoridades religiosas judías, aquí se nos descubre la identidad y misión del profeta. En las preguntas de los encuestadores se reflejan las expectativas de salvación del judaísmo de ese tiempo. Como diríamos hoy, las preguntas ‘parten de la realidad’, así que el testimonio de Juan toca la realidad de las personas de su tiempo.

Después de un inicio negativo –Yo no soy el Mesías, ni Elías ni el profeta anunciado– vienen dos proclamas destacadas como parte del testimonio de Juan. En la primera proclama,Juan advierte: «Yo soy ‘la voz que grita en el desierto’ (…), como dijo el profeta Isaías». Vemos que el Bautista se presenta en continuidad con el pasado del pueblo de Israel y ello avalado por la profecía; la Escritura ha llevado al mismo Juan el Bautista a reconocer su identidad y su misión dentro de la historia de salvación que Dios viene realizando con su pueblo. El Bautista es consciente de que actualiza una promesa y por ello precisamente lanza un segundo anuncio.

La segunda proclama de Juan se refiere a la acción simbólica del bautismo: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». El Bautista manifiesta que este gesto –que se puede entender como rito de purificación y conversión– ambienta la presencia oculta del Mesías. El bautismo de Juan es preparación para la manifestación plena de Dios en Jesucristo, «uno que ustedes no conocen».

La manifestación del Mesías no se logra por especulaciones humanas, es iniciativa de Dios, entonces es necesario seguir la experiencia de Juan el Bautista, esto es, volver al desierto para que en la íntima proximidad de Dios reconozcamos cómo en cada uno de nosotros la luz vence a las tinieblas.

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