Jesús llega a la pequeña aldea de Sicar. Está cansado del camino. Ha caminado por los pueblos anunciando ese mundo mejor que Dios quiere para todos. Necesita descansar y se queda sentado junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer desconocida y sin nombre. Jesús inicia el dialogo con ella: «Dame de beber». Una catequesis de iniciación en la fe en Dios.
Este episodio del encuentro y diálogo del Señor con una mujer samaritana es uno de los más humanos y bellos del 4º. Evangelio. Al entrar en dialogo con ella, Jesús rompe con las normas sociales, leales y rituales de su tiempo. La escena se desarrolla en torno a la cuestión de quién es Jesús y cómo se accede a Él por medio de la fe.
Desde las necesidades de la sed y el hambre, Jesús revela otros dones: el agua viva y el alimento nuevo. El agua es signo y símbolo del don de Dios, de la salvación, del Espíritu. El alimento de Jesús, lo que da vida, es la voluntad del Padre y el cumplimiento de su obra.
Consecuencia de lo anterior es la substitución de un culto vacío y sectario por otro con espíritu y verdad que saciará nuestra sed y que excluye todo particularismo y discriminación. El nuevo templo es Jesús. Para adorar al Padre lo que realmente importa es nuestra actitud, no los lugares. La disputa entre Jerusalén y Samaría como lugar de culto a Dios, carece de importancia; los nuevos cristianos han descubierto ya que Jesús es el Salvador del mundo.
¿Cómo orar con esta escena del encuentro del Señor con una mujer samaritana? Leerla despacio, intentando captar todos los detalles, las palabras, los gestos, actitudes, deseos…
Entrar en el corazón de la mujer samaritana que tanta sed tenía de vida y de felicidad. ¿Qué es lo que más me impresiona de sus actitudes, sentimientos y palabras? ¿Me parezco yo a ella?
Profundizar en las palabras y los gestos de Jesús. Está fatigado, se sienta, tiene sed, pide que le den de beber. Es alguien profundamente humano, cordial delicado y respetuoso con la mujer.
Escuchar y meditar el Evangelio trae siempre consigo una gran sorpresa. El encuentro con el Señor nunca nos deja indiferentes: interroga nuestra vida y nos invita a seguir sus pasos.
Revivamos la escena, identifiquémonos con ella, aprendamos a orar, es decir, a hablar con Jesús. Pidámosle a Él que nos de agua viva, esa que salta hasta la vida eterna. Leamos y meditemos el Evangelio sin afanes. Reavivamos la escena.
P. Carlos Marin G.
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