Después de que Pedro confesara a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, Jesús da un paso adelante y muestra abiertamente a sus discípulos que su camino como Mesías pasa por el sufrimiento y la muerte antes de llegar a la gloria de la resurrección.
Jesús empieza a hablarles abiertamente de su pasión y de su muerte. Ante este anuncio surge de nuevo la incomprensión por parte de los discípulos: no aceptan que el Mesías tenga que sufrir, y menos morir en una cruz.
Es Pedro el que reacciona. Todavía no comprende plenamente el misterio de Jesús como Mesías, Hijo de Dios y Redentor. Sigue viendo en Él a un Mesías glorioso según las expectativas de su tiempo.
Jesús le responde con aparente dureza: ponte detrás de mí, (es el término griego que emplea san Mateo). Es decir, vuelve a ocupar el puesto de discípulo, sígueme y camina por la senda que mis pasos van marcando. Si la cruz te resulta escandalosa, entiende que toda la vida de mis discípulos va a ser muy parecida a la mía.
Esto mismo nos los dice a todos nosotros: “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (v.24). Negarse a sí mismo, cargar la cruz y seguirlo. En eso consiste ser discípulo.
Negarse a sí mismo es renunciar a vivir para sí mismo y no tener miedo a arriesgarlo todo por Él. Tomar la cruz, es el símbolo del sufrimiento que tenemos que afrontar sus discípulos como unión con Jesús en su muerte y en su resurrección.
Jesús no busca arbitrariamente el sufrimiento, ni para Él ni para los demás, como si éste encerrara algo grato especialmente a Dios. El sufrimiento derivado del cumplimiento de su misión en la tierra, lo asume en actitud de fidelidad al Padre y de entrega de su vida en la cruz. Por eso nos pide una actitud positiva ante las cruces que puedan derivarse de su seguimiento.
Cuando les digo que la vida cristiana no es nada fácil, quiero decirles que la fidelidad al Evangelio de Jesucristo suscita hoy múltiples rechazos, incomprensiones, aislamientos, persecuciones, juicios injustos, hostilidad a la doctrina, a las tradiciones y a los valores eminentemente cristianos.
Les estoy recordando que la vida cristiana es la batalla entre el bien y el mal; entre la ley de Dios y el pecado; entre la sabiduría de Dios y la estulticia de los humanos; entre el proyecto de Dios sobre la vida humana y nuestra ansia de placer y de bienes materiales.
La vida cristiana no es un régimen de conservación, ni la fe un escudo de protección. No podemos sacrificar la fidelidad al Evangelio, la fidelidad a
Jesucristo, el cargar con la cruz y seguirlo en aras de una vida cómoda y fácil, ni de una falsa tranquilidad ante el desconocimiento y violación de la Ley de Dios y el sufrimiento de tantos hermanos. Es la concepción militante de la vida cristiana. Es vivir el Evangelio.
¿Cuál es nuestra actitud con la que como discípulos asumimos las cruces que nacen del seguimiento fiel de Jesús?
*Padre Carlos Marin G.
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