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Editorial

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Pastoral en ambientes conflictivos

Imagen:
Derecho Ecuador
La sociedad colombiana está saturada de conflictos a todo nivel y es muy fácil percibir las tensiones en todas partes.

Queda la sensación de que hay personas, grupos, colectivos, partidos, movimientos, cuya tarea primordial consiste en generar situaciones que hagan que las personas se enfrenten verbal, incluso físicamente, por ideologías.

Se trataría de hacer que una chispa genere una gran explosión para que se den enfrentamientos de dimensiones impredecibles. Esta tensión que hay en todos los ambientes genera preguntas al evangelizador, al agente de pastoral, a toda la Iglesia: ¿Cómo realizar la misión propia en este contexto? ¿Qué puede aportar la Iglesia para que las tensiones se resuelvan favoreciendo a todas las personas y no se creen potenciales escenarios de violencia y muerte?

Una primera respuesta, casi que obvia, es que la Iglesia no puede desentenderse de todo este ambiente, pues la gente que está allí es su misma gente, son bautizados y bautizadas, bien sea como generadores o víctimas de los enfrentamientos. Como quien dice, la Iglesia no puede pasar de agache.

En este sentido, la Iglesia debería presentarse, como suele hacerlo, como una comunidad siempre presente, abierta al diálogo con sus propios miembros y con personas que no hacen parte de ella. Y en esto la Iglesia ha sido muy activa en los últimos años y no le tiene miedo a sentarse con nadie para conversar todo aquello que atañe al bien común, a la amistad social, a la solidaridad, entre todos. Mucho carácter pastoral tiene esta labor de invitar a conversar, a escuchar, a manifestarse racionalmente, siempre en el marco del respeto por todas las personas y por todas las instituciones.

En segundo lugar, el agente de pastoral, el evangelizador, toda la comunidad creyente, deben ser conscientes de que tienen una palabra por decir en medio de los ambientes de tensión y conflicto. En Colombia hay una peligrosa tendencia a invisibilizar a quienes no piensan como los que generan conflicto o a los que no comparten el pensamiento de los grupos dominantes.

En este marco la Iglesia, así como sabe escuchar con paciencia y respeto, pide también la palabra para exponer sus ideas, inspiradas siempre en el Evangelio, para bien de las personas y de las comunidades. Ya San Pablo advertía de lo grave que puede ser no hablar en nombre de Dios y de Jesucristo cuando se debe hacer. A tiempo y a destiempo.

Además, la doctrina social de la Iglesia contiene una reflexión muy seria, ponderada y profunda sobre infinidad de temas sociales y políticos y desde allí también se pueden hacer aportes al diálogo social que tanta falta hace en todo el territorio nacional.

En tercer lugar, en medios tensos y obstinados, la pastoral ha de propugnar por el respeto irrestricto a todas las personas e instituciones. Nunca avalará la Iglesia los actos de violencia, de irrespeto a las creencias de las personas y de las comunidades. Tampoco permitirá que se margine a nadie de los temas que son de interés común. En esto del respeto todos los cristianos están llamados a ser muy claros, de palabra y de obra, para que ninguna persona se sienta autorizada a pisotear a los demás y tampoco para acallar a quien con sentido cívico y de patria pide ser escuchado.

La Iglesia hace bien en acentuar su labor mediadora en una sociedad tensa como la de Colombia. Hace bien tendiendo puentes entre todos para que se encuentren. Actúa correctamente abriendo sus puertas para que entre todo el que quiera en busca de aportar algo para la paz y el desarrollo de la nación.

La labor no es fácil hoy en día, pero hay que seguir haciéndola en la esperanza de que algún día en Colombia todos los ciudadanos y ciudadanas sientan que son igualmente importantes, respetados y valorados. Y que hacen lo mismo con los demás.

 

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
Fuente:

OAC

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