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Editorial

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La migración imparable    

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Diario la Nación
No solo no cesa, sino que crece cada vez más la realidad de los migrantes en la vida colombiana:

Tanto los que llegan, como los que se van. El hecho más notable ha sido el de los ciudadanos venezolanos que han encontrado en Colombia un primer lugar para huir de la debacle social y económica en que se encuentra su riquísima nación.

Ahora, además, contemplamos la inmensa cantidad de ciudadanos haitianos y cubanos que transitan por el país para seguir su odisea por Centroamérica en busca de los Estados Unidos.

Y, en forma silenciosa, se está dando la migración de no pocos colombianos hacia otras naciones huyendo de la violencia, la inseguridad y la pobreza; también, de un futuro político incierto. El que ciudadanos colombianos hayan comprado otras nacionalidades es también otra forma de migración porque su patria no alcanza a dar paz y sosiego.

No deja de ser una paradoja el que grandes grupos de extranjeros busquen refugio en Colombia mientras muchos colombianos no ven la hora de abandonar su país. Desde fuera se percibe a Colombia como una nación estable, con una economía en funcionamiento, un Estado de derecho más o menos visible, unas instituciones que cumplen medianamente sus tareas. Desde adentro, en cambio, hay continua insatisfacción con el Estado y los gobiernos, con la incapacidad de los mismos para proteger a los ciudadanos, con las dificultades económicas de buena parte de la población, con los conflictos interminables, con la clase política cada vez más decadente y corrupta.

No es fácil, entonces, comprender ni el fenómeno de los inmigrantes y ni el de los emigrantes pues pareciera que cada uno mirara las cosas en forma muy diversa. Pero, en todo caso, esa es la realidad que se impone y que no se puede negar.

Colombia, país de migrantes, ya han dicho algunos. Es un territorio en el cual llegan cada día nuevos grupos humanos y del cual salen otros, aunque en menor cantidad. Nación que ya ha empezado a dar marco jurídico a esta situación con un estatuto que protege temporalmente a quien van llegando o transitando por el país.

En este aspecto, Colombia ha recibido elogios y apoyos internacionales. Su respuesta genera un gran contraste con otros países que, viendo llegar a los inmigrantes, los hacen ahogar en el mar, los azotan desde fuerzas de seguridad acaballadas, les queman sus campamentos, los encierran en jaulas, peor que animales. Si Colombia asimila correctamente toda la población inmigrante encontrará con toda seguridad en ellos una nueva fuerza para su desarrollo y progreso.

Pero lo anterior no debe ocultar el tema de los colombianos que quieren irse de su propio país. Ya son millones los que viven por fuera. ¿Cuántos más faltan? Urge enfrentar con más decisión el tema de la educación superior y del empleo para todos, pues los índices de desocupados e informales es muy alto.

Se requiere facilitar en general la vida de los ciudadanos, pues en su diario transcurrir es pesada, su dinero no alcanza para lo necesario, los sistemas de transporte son indignos, el ascenso social es casi imposible, el futuro no ilusiona gran cosa. Habrá que repetir hasta la saciedad que Colombia sí requiere grandes cambios para que sus hijos no tengan que abandonarla. Cambios, eso sí, en el marco de la libertad, el derecho y la democracia.

Mientras llegan esos nuevos días, desde la Iglesia se sigue atendiendo a los más pobres y los sin tierra, para hacer más llevadera su difícil situación. Pero todos deberían sentirse llamados a mejorar la vida de tantas y tantas personas que han perdido la patria, la familia, la casa, la protección, la paz y deambulan por este territorio en condiciones realmente infrahumanas.

 

 

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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