San Vicente de Paúl: una parroquia que sale al encuentro sembrando esperanza, fe y misericordia

En el barrio 7 de Agosto, donde el movimiento comercial marca el ritmo de las calles y los talleres de autopartes conviven con distintas expresiones de vulnerabilidad, la parroquia San Vicente de Paúl ha convertido la caridad en una pastoral que se encarna en los desafíos de un territorio pujante, pero también marcado por múltiples heridas sociales. Su apuesta: ser una casa de puertas abiertas, que en articulación con comunidades religiosas, fundaciones y programas de la Arquidiócesis de Bogotá, acoge con fe, misericordia y dignidad sin distinción alguna.
Fundada en 1929, la parroquia nació al ritmo de una ciudad que crecía. Su ubicación respondió inicialmente a dos realidades que comenzaban a caracterizar el sector: la llegada de productos del altiplano cundiboyacense que dio origen a la plaza de mercado y el crecimiento de los talleres y negocios relacionados con los vehículos.
Casi un siglo después, la parroquia continúa leyendo las transformaciones del territorio, desde una certeza pastoral: la Iglesia debe estar allí donde están las personas. "En el 2026 la parroquia de San Vicente de Paúl sigue ofreciendo el Evangelio a todos, pero especialmente a los más pobres”, explica el padre Manuel Mora Laguado, quien lleva cinco años al frente de esta comunidad.


Para el sacerdote, el patronazgo de San Vicente de Paúl no es solamente una referencia histórica o devocional. Es el criterio que orienta la acción pastoral: “Las obras de caridad son el centro de nuestra parroquia”.
Leer el territorio para salir al encuentro
La realidad social del sector ha llevado a la parroquia a ampliar las formas tradicionales de presencia pastoral. Desde el servicio de desarrollo y promoción humana acompaña a habitantes de calle, migrantes, familias con necesidades alimentarias, personas con consumos problemáticos y mujeres en contextos de explotación sexual.


La parroquia ha construido una red de aliados que permite brindar acompañamiento humano, espiritual y social, además de procesos de capacitación y búsqueda de alternativas para quienes desean transformar sus condiciones de vida.
“Estamos al servicio de estas realidades, desde lo humano, lo religioso, lo espiritual, lo social y también ofreciendo capacitación para una mejor vida posible, para que haya otra opción para todas estas personas”, señala el padre Manuel.
En ese camino participan, entre otras organizaciones, la Casa Santa Isabel de Hungría de la Arquidiócesis de Bogotá, la Fundación Eudes, las hermanas Adoratrices, las Oblatas, las Hermanas Vicentinas, las hermanas Urgelinas y la Fundación Colmena.
La articulación permite que la parroquia no tenga que responder sola ante situaciones que requieren acompañamientos especializados. También expresa una manera concreta de entender la evangelización: crear vínculos y poner en común capacidades para cuidar la dignidad humana.



Dignificar, acompañar y abrir caminos
Una de las particularidades de esta pastoral es que muchas veces el primer contacto no ocurre dentro del templo.
El grupo Esperanza Viva, por ejemplo, comenzó recorriendo el territorio para conocer a las personas antes de plantear cualquier proceso evangelizador. Marta Lucía Peña Borrero recuerda que el acercamiento comenzó con gestos sencillos. “Había que empezar por conocer, recorrer, no empezar a evangelizar, sino acercarse, simplemente enganchar con el cariño, con la aguapanela, con el pan”, relata.
Ese camino permitió establecer vínculos especialmente con mujeres en contextos de explotación sexual y habitantes de calle, pero también con recicladores y migrantes.
Con las mujeres se desarrolla el taller Escucharte, un espacio en el que, mientras realizan una actividad, pueden hablar de sus historias, dificultades y deseos de salir adelante. “Es muy bonito poderles uno dar un aliento espiritual”, cuenta Marta Lucía.
Con las personas que viven en calle, la experiencia ha tomado otra forma. Una vez al mes se realiza un desayuno, acompañado de la Palabra de Dios y un espacio de acogida. En algunas jornadas participan entre 30 y 40 personas.
“Se sienten que son Iglesia, se sienten amados”, afirma Marta Lucía, quien reconoce también que los procesos de recuperación frente a las adicciones son complejos y están marcados por recaídas.
Por eso, el acompañamiento no termina cuando una persona deja de asistir a una reunión. El contacto continúa durante la semana, incluso mediante llamadas y mensajes de WhatsApp. “Ese ha sido el apostolado del WhatsApp”, explica. “Acompañamos... Se puede decir que a diario tenemos hijos espirituales que nos llaman”.



Otra de las alianzas que ha encontrado un lugar importante en la parroquia es la de las religiosas Adoratrices. Marcela Parra, trabajadora social y laica comprometida de esta comunidad, explica que el acompañamiento está dirigido a mujeres en contextos de explotación sexual y se desarrolla mediante una red de aliados.
La parroquia ofrece el espacio y facilita el encuentro; las Adoratrices aportan procesos de acompañamiento psicosocial, espiritual y de dignificación. “Generamos en ellas empoderamiento, dignificación, de que son mujeres amadas de Dios”, explica Marcela.
Las jornadas incluyen talleres, espacios de espiritualidad, alimentos y celebraciones. Cuando alguna mujer desea avanzar hacia otras alternativas, puede ser remitida a un Centro de Capacitación Laboral, donde encuentra formación técnica y, en algunos casos, apoyo para unidades productivas.
La respuesta, dice Marcela, suele ser cercana y afectuosa. El número de participantes varía: en algunas ocasiones llegan diez o veinte mujeres; durante una novena realizada el año anterior llegaron 45.
“Son tan amadas y tan bienvenidas la una como las 50 mujeres”, afirma.
También hay lugar para los niños, los jóvenes y los mayores
En una zona donde la vivienda ha disminuido progresivamente frente al crecimiento de la actividad comercial, mantener una comunidad infantil y juvenil ha supuesto también un desafío.
El padre Manuel reconoce que la parroquia puede parecer “una isla en medio de un mundo comercial”. Sin embargo, el acompañamiento pastoral, sumado al trabajo de seminaristas del Seminario Mayor de Bogotá, permitió consolidar espacios para niños y jóvenes.
Hoy, además de la catequesis presacramental, existe una pastoral infantil y juvenil que busca ofrecerles un espacio seguro para crecer, formarse y expresar sus proyectos.

Los adultos mayores también encuentran allí una manera de permanecer activos y aportar a otros. El grupo de tejedoras reúne semanalmente a mujeres voluntarias que elaboran prendas y cobijas destinadas a población vulnerable.
María Luisa Urian Castiblanco, profesora de manualidades, explica que cerca de 15 mujeres se reúnen los jueves para tejer.
“Nosotras, como madres, señoras ya adultas, a veces esto nos motiva a estar tranquilas y a estar bien trabajando y haciendo este tejido”, cuenta.
La actividad tiene además una dimensión solidaria: lo producido se entrega a organizaciones que atienden a niños y personas necesitadas.
La parroquia se convierte así en espacio de encuentro, amistad y servicio. “Tejemos, charlamos y la pasamos de desestresante; salimos de la rutina de la casa”, añade María Luisa.

Un espacio de permanente de acogida, consuelo y misericordia
En medio de esta pastoral de calle existe también un lugar silencioso: La capilla del Santísimo. El padre Manuel la describe como un espacio pensado para una “ciudad que pasa” y que necesita detenerse. Abierta desde las 7:00 de la mañana, recibe, según el sacerdote, a más de 300 personas a lo largo del día.

“Muchos, ante la presencia de Jesús sacramentado, pueden hacer un momento de oración y recibir el consuelo de su amable misericordia”, afirma.
La capilla representa otra dimensión de la misión parroquial: mientras afuera continúa el movimiento comercial del 7 de Agosto, dentro del templo hay un lugar para el silencio, la oración y el encuentro con Dios.

La alegría del servicio
Después de cinco años de servicio, el padre Manuel reconoce que esta experiencia ha significado una transformación personal.
“Ha sido la más hermosa experiencia de mi vida. Ya cuando estoy próximo a cumplir 30 años de sacerdocio, he vuelto a empezar”, confiesa.
El contacto cotidiano con las realidades de pobreza, exclusión y vulnerabilidad, dice, ha enriquecido su ministerio y lo ha llevado a vivir nuevamente la alegría del servicio.
El desafío ahora es permanecer atentos a un territorio que seguirá cambiando. La cercanía con importantes corredores de movilidad y con sectores que tendrán nuevas transformaciones urbanas plantea nuevas preguntas para la comunidad.
“Tenemos mucho más futuro que pasado”, asegura el párroco. Por eso, el fruto pastoral que identifica no está solamente en el número de grupos o actividades. Está en algo esencial: anunciar a Jesucristo, sembrar esperanza y abrirse a las nuevas realidades.
Estamos llamados a “sembrar a Jesús en los corazones, llamar a la conversión y volver a la esperanza; cultivar la fe y, sobre todo, abrirnos a las nuevas realidades que se nos proponen”, precisa, al tiempo que invita a la comunidad parroquial a continuar participando, “a que sigamos descubriendo en nuestra parroquia una casa y escuela de comunión, de misericordia y de servicio”.
El legado de San Vicente de Paúl inspira una pastoral que sale al encuentro
Este sacerdote católico del siglo XVII que transformó Francia al crear una organización compleja y eficaz para atender las necesidades físicas y espirituales de su tiempo; conocido como el «apóstol de la caridad» y patrono universal de las obras de caridad, sigue inspirando la misión en este territorio de la capital colombiana.
Su ejemplo de entrega a los pobres, los enfermos y quienes atravesaban situaciones de necesidad ilumina la acción pastoral en el 7 de Agosto. Como explica el padre Manuel Mora Laguado, las calles de París que San Vicente recorrió guardan semejanzas con las realidades que hoy encuentra la parroquia en Bogotá: personas vulnerables que requieren una respuesta concreta de la Iglesia. Por eso, su legado se traduce actualmente en una pastoral que sale al encuentro, acompaña y busca abrir caminos de dignificación y esperanza para quienes más lo necesitan
Sobre el párroco
EL padre Manuel Mora Laguado nació en Cúcuta, Norte de Santander. Realizó sus estudios secundarios en el Colegio Sagrado Corazón de Cúcuta (1980-1985); filosofía en la Universidad de la Salle (1986-1991) y Teología en el Seminario Mayor de Bogotá (1994-1997). Fue ordenado Sacerdote el 6 de diciembre de 1997 por monseñor Enrique Sarmiento Angulo, para el servicio de la Arquidiócesis de Bogotá.
Servicios pastorales
Inició su servicio pastoral como vicario parroquial en la parroquia San Sebastián y como delegado de Pastoral Vocacional (1997). Fue miembro de la Comisión Ejecutora de Diaconado Permanente y párroco en San Luis Gozaga (1999); miembro del Consejo del Diaconado Permanente (2003); miembro suplente de monseñor Alberto Ojalvo en la Junta Directiva de la Fundación Nuestra Señora de Fátima (2007); párroco en el Inmaculado Corazón de María (2008); párroco en San Manuel Morales y capellán en el Colegio Pureza de María (2014); capellán en el Colegio Marymount (2015); animador del Equipo de Formación Permanente de la Fe (2016). Es párroco en San Vicente de Paúl desde del 2021.
A continuación, entrevista con el párroco de esta comunidad de puerta abiertas y corazón misionero:
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