Parroquia Nuestra Señora de las Aguas: cerca de cuatro siglos de historia, fe y cultura, una misión siempre nueva

En medio del bullicio del centro y de los desafíos de la ciudad, la parroquia arquidiocesana Nuestra Señora de las Aguas sigue siendo un refugio para universitarios, comunidad y familias del sector, trabajadores en entidades públicas e instituciones privadas, estudiantes de colegio, turistas, personas en condición de vulnerabilidad, habitantes de calle y personas que, muchas veces sin planearlo, vuelven a encontrarse con la fe.
Frente al templo y por sus puertas pasan todos los días decenas de personas; algunas para participar de la vida de iglesia como comunidad de fe, otros simplemente cruzan la plazoleta rumbo al Eje Ambiental, y algunos visitantes levantan la mirada para fotografiar su hermosa e histórica fachada blanca o avanzan hacia el recinto cultural Artesanías de Colombia, antiguo Real Convento de Santa Clara.
Quienes sienten el llamado de la oración o llevan en su corazón el anhelo de tranquilidad, escucha, silencio, "alguna luz en su camino", entran en silencio, permanecen unos minutos frente al altar; otros se sientan, respiran, lloran, rezan... Algunos llevan años sin confesarse o hacía mucho no cruzaban la puerta de una iglesia. Eso ocurre casi todos los días, cuenta el padre Giovanni Barrani, sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo y párroco en esta parroquia, ubicada en la Carrera 2A #18A-66, Vicaría Episcopal Territorial Inmaculada Concepción.
"Muchas personas entran solamente buscando un lugar de paz. Y desde ahí comienzan conversaciones, encuentros y, muchas veces, una nueva vida de fe", precisa el sacerdote.
Esa escena cotidiana resume el espíritu de una parroquia que ha decidido responder a las dinámicas del centro de Bogotá con una opción pastoral tan sencilla como exigente: mantener las puertas abiertas, priorizando el cuidado y atención pastoral en medio de los riesgos de seguridad presentes en la zona.
Patrimonio vivo de la fe bogotana
Pocas iglesias han acompañado la transformación de la capital como Nuestra Señora de las Aguas. Su historia comenzó en 1644, cuando el sacerdote Juan Cotrina de Valero promovió la construcción de una pequeña ermita para custodiar una imagen de la Virgen del Rosario, en un sector donde descendían numerosos arroyos desde los cerros orientales. De aquellas aguas nació el nombre del barrio y también el del templo.
Tras la muerte de su fundador, la obra fue confiada en 1665 a los dominicos, quienes concluyeron la construcción hacia finales del siglo XVII y levantaron el convento contiguo. La huella de esa presencia permanece hasta hoy.
El retablo mayor conserva la espiritualidad dominicana: Santo Domingo de Guzmán, santas de la Orden y la imagen de Nuestra Señora del Rosario recuerdan el origen evangelizador de este lugar.

Con el paso de los siglos, el antiguo convento también sirvió como hospital y orfanato, antes de convertirse en la actual sede de Artesanías de Colombia.
Es así como mientras la ciudad cambiaba a su alrededor, el templo permanecía.
Fue declarado Monumento Nacional en 1975 y restaurado integralmente en 2003; continúa siendo una de las joyas coloniales mejor conservadas del centro histórico de Bogotá.
Una fachada que cuenta una historia

A simple vista, la iglesia impresiona por la luminosidad de su fachada. El blanco intenso resalta entre los edificios del centro y parece dialogar con el verde de Monserrate, que se levanta detrás como un telón natural.
Sin embargo, el padre Giovanni invita a mirar con más atención: "Una de las características más particulares del templo es su asimetría. Se debe a que junto a la iglesia se construyó el convento dominico. Esa diferencia estructural terminó convirtiéndose en una singularidad muy hermosa".
Como ocurre con las personas, también los templos llevan sus cicatrices. Y, en ocasiones, son precisamente esas huellas las que los hacen únicos.
La misión cambió de escenario, no de sentido
La parroquia fue erigida en 1882. Hoy atiende una realidad completamente distinta a la de hace un siglo. Y la comunidad parroquial aprendió que el territorio cambia cada pocas horas.
"Nuestro trabajo es muy variado porque aquí llegan personas muy distintas, de edades y situaciones completamente diferentes", explica el padre Giovanni.
En respuesta a este contexto, la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo desarrolla una intensa labor misionera con estudiantes universitarios, acompaña procesos de formación en un colegio italiano de Bogotá y mantiene una presencia constante entre niños, adolescentes, familias, adultos y enfermos.
Más que esperar a que las personas lleguen, la comunidad sale a buscarlas allí donde viven y estudian.
Evangelizar a los jóvenes desde la amistad
El carisma de la Fraternidad San Carlos, inspirado en la experiencia del movimiento Comunión y Liberación y en la enseñanza del sacerdote italiano Luigi Giussani, encuentra en el mundo universitario uno de sus principales campos de misión. No se trata simplemente de organizar actividades pastorales, se trata de mostrar una experiencia de vida.
"Los jóvenes descubren rápidamente que lo que el mundo propone no alcanza a responder al deseo profundo de su corazón", ante ello, precisa el párroco, "la propuesta pastoral consiste en ofrecer una comunidad donde Cristo deje de ser una idea para convertirse en una presencia concreta: Queremos mostrar una vida de comunión donde Jesús pueda encontrarse en la realidad cotidiana”.
Ese anuncio comienza entre los mismos sacerdotes. Cada mañana dedican varias horas a la oración personal y comunitaria antes de salir a la misión: "Empezamos el día recordando que Dios nos envía al mundo, pero nunca solos: junto a Cristo y junto a los hermanos".
La segunda evangelización
El fruto pastoral que más emociona al párroco quizá no aparece en ninguna estadística, él lo llama "una segunda evangelización". Son personas bautizadas que durante años permanecieron alejadas de la Iglesia y que, casi sin saber por qué, un día deciden volver; a veces basta un momento de silencio, una confesión o una conversación.
"Muchas personas hacía mucho no participaban en la vida de la Iglesia, y un día entran buscando paz y descubren que Dios todavía las estaba esperando".
Por eso, incluso en un sector donde los problemas de seguridad son una realidad cotidiana, la comunidad decidió no cerrar sus puertas: "No queremos que el miedo sea quien tome nuestras decisiones", afirma el sacerdote, precisando que el riesgo de permanecer abiertos nunca será mayor que la posibilidad de que una persona vuelva a encontrarse con Dios.
Diez años sembrando comunidad
Este año la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo celebra una década de presencia en Colombia y en la parroquia Nuestra Señora de las Aguas. El padre Carlo Zardín, sacerdote italiano, hoy capellán de la Universidad Pedagógica Nacional; el padre Andrea Sidoti, responsable de la misión en Colombia, y el padre Giovanni Barrani han sido parte de este camino.
"He encontrado una comunidad que vive la fe"
Hace tres años el padre Giovanni llegó como párroco a Nuestra Señora de las Aguas. Venía a continuar una misión iniciada por la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo una década atrás, pero reconoce que, más que asumir una responsabilidad pastoral, encontró una comunidad que lo acogió como parte de su familia.

"La comunidad parroquial me ha recibido con mucho cariño y con mucha disponibilidad. Ese recibimiento es fruto de la fe del pueblo que he encontrado, pero también del trabajo, de la entrega y del testimonio de los sacerdotes que han servido aquí antes de mi llegada", afirma.
Para el sacerdote, ese ambiente de cercanía ha permitido seguir construyendo una iglesia donde cada persona encuentra un lugar para crecer en la fe y experimentar que el Evangelio se vive siempre en comunidad.
Constatándose esto en la convicción de que el mayor patrimonio de Nuestra Señora de las Aguas no es únicamente sus más de 380 años de historia, ni su arquitectura colonial o su valor cultural. Su riqueza más grande es una comunidad que continúa haciendo visible el Evangelio en medio de la ciudad, con las puertas abiertas y el corazón dispuesto para recibir a quien quiera volver a casa.


El párroco
Nació en Pontevedra (Pisa), Italia, el 14 de abril de 1983, del hogar conformado por Daniele Barrani e Elena Novi.
Realizó estudios de primaria en la escuela privada “María Lugia” en 1997, secundaria en el Liceo público clásico del pino en 2002, filosofía y teología en la Pontificia Universidad Santa Croce de Roma en 2019 a 2023.
Fue ordenado sacerdote el 22 de junio de 2024 por el cardenal San Patrick O´Malley, para el servicio de la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo.
Inicio su servicio pastoral en la Arquidiócesis de Bogotá, como vicario parroquial en Nuestra Señora de las Aguas (2024), párroco en Nuestra Señora de las Aguas (2025), Arcipreste del Arciprestazgo 1.2 (2026).
Amplíe detalles sobre la historia y acción pastoral de esta tradicional parroquia, a continuación:
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