Laudato si*: salvar la Creación sin manipular al ser humano

En la Laudato si´ el papa Francisco demuestra gran atención por los movimientos ambientalistas, pero explica que no es posible luchar para salvar a las plantas y a los…
La gran apertura manifestada por Francisco en la encíclica «Laudato si’» hacia muchas instancias de los movimientos ambientalistas no es incondicional. Todo lo contrario. En diferentes puntos y páginas específicas del nuevo documento, que vincula estrechamente la cuestión ambiental y ecológica con la cuestión social, Papa Bergoglio deja muy claro que es un sinsentido cuando todos los que consideran que el hombre es el «cáncer» del planeta luchan en contra de la experimentación con animales y de la manipulación genética, pero justifican el aborto y la experimentación con embriones humanos vivos, mostrando un interés enorme, por ejemplo, por las ballenas y no por los migrantes, por los prófugos ni por los que mueren de hambre y de sed.
Las heridas del ambiente natural y del ambiente social, explica el Papa al principio de la encíclica, «se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites».
Francisco critica las teorías sobre la reducción de la natalidad, que tienen gran éxito. «En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de “salud reproductiva”». Retomando el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, Francisco explica que «el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario». De hecho, «culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas. Se pretende legitimar así el modelo distributivo actual, donde una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar, porque el planeta no podría ni siquiera contener los residuos de semejante consumo. Además, sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre».
Una alusión a las teorías de los que consideran que el hombre es la enfermedad del planeta se encuentra en el párrafo con el que Papa Bergoglio presenta las diferentes posiciones al respecto: «En el otro extremo, otros entienden que el ser humano, con cualquiera de sus intervenciones, sólo puede ser una amenaza y perjudicar al ecosistema mundial».
Francisco dice “no” a «igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad». Y observa: «se advierte una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana, y se lleva adelante una lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad entre los seres humanos. Es verdad que debe preocuparnos que otros seres vivos no sean tratados irresponsablemente. Pero especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros».
«No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos. Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada. Esto pone en riesgo el sentido de la lucha por el ambiente».
Por ello, el Papa subtaya que «cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacitad –por poner sólo algunos ejemplos–, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza», porque «todo está conectado».
De hecho, añade, «no se puede proponer una relación con el ambiente aislada de la relación con las demás personas y con Dios. Sería un individualismo romántico disfrazado de belleza ecológica y un asfixiante encierro en la inmanencia».
En un párrafo de la encíclica, Papa Francisco repite el no al aborto, que ya figuraba en la exhortación «Evangelii gaudium»: «Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades».
El Papa también indica que no tiene sentido una defensa intransigente del medio ambiente, que no se comporta de la misma manera cuando se trata de defender a los seres humanos: «Por otra parte, es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente, y con razón reclaman ciertos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana. Se suele justificar que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo. De ese modo, cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica».
Considerando la Creación como un don, con la mirada de la ecología humana, Francisco advierte sobre las teorías que niegan la diferencia sexual: «También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda “cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma”».
«La ecología humana es inseparable de la noción de bien común», explica Francisco, y «el bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También reclama el bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios, aplicando el principio de la subsidiariedad. Entre ellos destaca especialmente la familia, como la célula básica de la sociedad». La familia «es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano».
Como se puede ver, la atención por la vida, por el valor «inalienable» de cada ser humano, es para Francisco una condición imprescindible para un enfoque que respete verdaderamente la naturaleza y el medio ambiente.
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