Escuchamos en el Evangelio de San Mateo una referencia simbólica a la Iglesia primitiva acosada ya en el siglo primero por la oposición de los judíos y los fariseos, y también por el poder de la Roma de entonces.
No son solo los fuertes vientos sino la misma barca la que está zarandeada por las olas. Jesús está lejos, está en el monte “orando”; los discípulos se encuentran en serio peligro. Sin Jesús nada pueden hacer. Este es simbolismo con la Iglesia.
La escena tiene lugar de noche, lo mismo que la resurrección del Señor. Él viene a los suyos, pero ellos creen ver un fantasma. Jesús, entonces, afirma su identidad y da el saludo de paz: “Soy yo, no tengáis miedo”. No obstante, Pedro, cabeza de la comunidad eclesial, muestra tener una fe frágil, llena de miedos y vacilaciones.
Lo que hace Jesús es enseñar a sus discípulos a enfrentarse a las tempestades futuras más peligrosas, y a liberarse de sus miedos, de su poca fe. Es una enseñanza dirigida a la comunidad cristiana de todos los tiempos, para que enfrente con valentía, como lo hizo Pedro, sin dudas ni vacilaciones, las dificultades, las persecuciones, la hostilidad de un gobierno que no reconoce a Jesús Hijo de Dios, o lo ignora para el logro de sus propios propósitos.
Jesús nos pide, como a Pedro, que no dudemos, y que como éste lo hizo, nos acerquemos a Él caminando sobre las aguas por más agitadas que estén.
De Pedro tenemos que aprender a gritar y a levantar nuestras manos todos los días con un ¡Sálvanos, Señor! En muchos momentos o circunstancias de la vida, la fe en Dios tiene que volverse un grito, una llamada urgente a Dios.
Pero ese grito tiene que ser fruto de nuestra fe, de nuestra confianza, de nuestra coherencia entre la fe y nuestra vida cotidiana. Que no haya ninguna distancia entre la fe que decimos profesar y lo que somos en realidad.
La fe implica una visión nueva del ser humano, de su vida, de su misión en el mundo y concretamente de sus responsabilidades históricas en el hoy de su propia patria, con mayor razón cuando las olas de la corrupción generalizada y los vientos de una criminalidad desbordada soplan en dirección contraria al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
Los que nos creemos buenos discípulos, imitadores, seguidores de Jesucristo ¿realmente lo somos? Pensémoslo bien, sin prisa, ¿vivimos, trabajamos, servimos como verdaderos discípulos de Jesús? ¿por qué tanta corrupción y la acción de bandas criminales que cometen asesinatos macabros, horrorosos, como el de María Camila Potosí y otros más…?
¿Cómo podemos despertar y hacer crecer entre nosotros la conciencia de humanidad, el respeto mutuo y la cultura ciudadana como fruto maduro de la misma…?
Qué hermosa y urgente tarea. Que hoy en Colombia nuestra fe en Dios se vuelva un grito.
Padre Carlos Marín G.
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